El Foro Económico Mundial, famoso por sus anuales reuniones en Davos, Suiza, ha celebrado estos últimos tres días una cumbre sobre Oriente Medio en el Mar Rojo. El presidente anfitrión Hosni Mubarak la inauguró quejándose de lo que él considera injerencias de Estados Unidos en los asuntos internos de Egipto: protestar la reciente detención de manifestantes por la independencia judicial y promover la democracia de estilo occidental. Según Mubarak, la democracia tiene que venir desde dentro de la región.
Totalmente de acuerdo, pero la política del gobierno se cuida muy mucho de permitir una evolución democrática en la sociedad egipcia. El más poblado de los países árabes mantiene el estado de emergencia desde hace 25 años, no ha permitido elecciones libres, y ha represaliado a los jueces que expusieron el fraude cometido en las elecciones legislativas del pasado diciembre.
A pesar de la actitud de las autoridades, Egipto es demasiado importante para la estabilidad regional como para recortar la generosa asistencia de Occidente. Estados Unidos le da unos 1.300 millones de dólares al año en ayuda militar, y 600 en ayuda económica. La Unión Europea tiene un acuerdo de asociación con Egipto y, a través del programa MEDA de asistencia a la ribera mediterránea, le ha otorgado 1.000 millones de euros en los últimos diez años.
Jordania es otra autocracia árabe receptora de ayudas millonarias como premio a su acuerdo de paz con Israel. El pequeño reino hachemita recibe unos 500 millones de dólares anuales de Estados Unidos y mantiene asimismo un acuerdo de asociación con la UE –lo que en teoría incluye un diálogo político y respeto por los derechos humanos y la democracia.
En el S. XXI, en el mundo árabe Iraq tiene lo más cercano a una democracia -impuesta por el ocupante y lastrada por absurdos niveles de violencia- y también Palestina, donde se celebraron elecciones libres pero las ganó Hamas, un partido que considera la matanza terrorista de civiles como un legítimo acto de defensa propia.
La Unión Europea y Estados Unidos han cortado la ayuda al gobierno palestino mientras Hamas no se atenga a los principios de no violencia, reconocimiento de Israel y aceptación de los acuerdos previos suscritos por la Autoridad Palestina, incluyendo la Hoja de Ruta. Mientras, la ciudadanía palestina vive una situación desesperada y en la prensa se publican acusaciones a Occidente de hipocresía, de apoyar la democracia sólo cuando produce los resultados “correctos”. Llevan parte de razón.
El gran dilema de quienes apoyan la evolución democrática del mundo árabe es como conseguir que ésta perdure más allá de las primeras elecciones. Como en el frustrado intento de Argelia en 1991, la oposición está dominada por opciones fundamentalistas enemigas de la democracia. Evidentemente eso no significa que las dictaduras represoras como el brutal régimen argelino de los ’90 o el egipcio sean mejores. Pero son razonablemente estables, y por tanto preferibles para Occidente aun al precio de dejar en la estacada a los disidentes políticos.
Según el politólogo Giovanni Sartori, el Islam es culturalmente un sistema teocrático que lo engloba todo, mientras que no puede haber democracia sin separación de Iglesia y Estado. Tal separación ocurrió en Europa desde 1600. Las sociedades árabes estarán preparadas para la democracia en cuanto internalicen que la esfera laica y la espiritual son dos ámbitos autónomos.
El proceso de Barcelona de partenariado euromediterráneo iniciado en 1995 es una estrategia a largo plazo de la Unión Europea para mantener el diálogo político y la cooperación, y así promover la paz y estabilidad, y condiciones favorables a la democracia: libertades fundamentales, el Estado de Derecho, y el desarrollo económico e institucional.
Occidente tiene un interés obvio en la democratización de Oriente Medio. La alianza de civilizaciones sería mucho más fácil. Pero en una cosa el dictador egipcio tiene razón, y es que la democracia árabe llegará como logro y producto de la propia sociedad.
Erika Casajoana. Consultora política.

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