Sabido es que en Madrid se conduce mucho peor que aquí, en Barcelona.Lo habrán oído toda la vida, pero se trata de una realidad innegable.Tienen mayor parque automovilístico, una ciudad enrevesadamente más complicada para circular y, encima, parece que la sangre ya la llevan caliente desde antes de introducirse en sus vehículos.
Como al final todo termina por ser un caos de mil diablos y atascos tipo el de Michael Douglas en Un día de furia, pues eso, que cada cual va a lo suyo. Miren, a mí a veces yendo en taxi por Madrid me da la sensación de estar rodeado de Takumas Satos.¿Recuerdan aquel piloto japonés de Fórmula 1 que prácticamente en la totalidad de las carreras del pasado año montaba unos ciscos de impresión? Pues ése... Su especialidad era liarla en la misma salida, oséase, en la primera curva.
Si Madrid pudiera simbolizarse, por lo tanto, como una urbe con más de medio millón de Takumas Satos de malas pulgas, siempre con prisa y, por lo general, con un morro que se lo pisan, Barcelona es, como no podía ser menos, lo que está a las antípodas. Aquí, en nuestras calles (excepción hecha de las motos: todos/as con complejo de Dani Pedrosa), lo que predomina es el muermins, variedad automovilística de conducir ya no con seny o prudencia, sino medio alelado. A ese respecto, y de entre las numerosas muestras de tal actitud que nos hace conducir acaso no cual Budas relajados sino más bien con un adecuado punto de atemperamiento, hay una que personalmente me ataca los nervios. Para mí son los callos a la madrileña de la conducción en Barcelona. Algunos andaluces, con su peculiar gracejo, lo llaman la tramitencia, es decir, los intermitentes.
A lo que voy: es frecuente ir detrás de un auto que circula muy, muy lento. Por el cristal trasero ves la jeta del conductor/a que da signos de andar buscando algo, a menudo un sitio para aparcar. Incluso cuando lo encuentran, de tramitencia nada de nada, con lo que sus sufridos seguidores sufren más de lo que sería recomendable. Proque en realidad dar al intermitente cuesta bien poco. Una fracción de segundo y el auto que viene detrás ya puede maniobrar como guste, por ejemplo adelantando al que circula más lento. Me tiraría a la yugular de esos conductores capaces de llevarte a diez por hora por medio Paseo Marítimo de Castelldefels, que parecen ir embobados mirándolo todo y sin la tramitencia dada. Porque, al menos, cuando hay tramitencia, hay esperanza de que concluya pronto ese juego de imitar a los caracoles cojos.
Ni me puedo imaginar la histeria que invadiría a un ciudadano madrileño, en ese sentido, conduciendo por ciertas calles de Barcelona. Pensaría que no tenemos sangre sino horchata. Y bueno, aquí el ritmillo es otro, eso resulta claro. La opción entre estar en las 500 Millas de Indianápolis hasta que el atasco te paralice y ese semiparalís medio borregil o zen, ya no lo sé, que nos caracteriza, me quedo con lo segundo. Aunque la paciencia se haga añicos.

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