Lo que tiene España es cierta fragilidad. El señor Zapatero trata de martillear un poco el calzado viejo y se le viene abajo toda la arquitectura del zapato.
Ya están saliendo por ahí críticas ambiguas sobre los viajes/virajes de los Príncipes de Asturias con motivo de los famosos Premios.Había gente que aceptaba estos Premios aunque no se los diesen a ellos ni a una sobrina suya, y ahora todo el mundo protesta de todo. En una palabra, que los Premios de Asturias, que hay quien define como el Nobel español, tuvieron su etapa gloriosa y ahora, de pronto, están entrando en su etapa menesterosa porque hay algunos ovetenses y otros menos, que quisieran premiar a sus favoritos del deporte o la ciencia, mejor que a las señoritas de portada, aunque sean gloriosas en su especie e incluso en la especie humana, que tiene más mérito.

Pero no se apresuren ustedes, no se entreguen a marujear con eso de que el mayor dolor es el bien ajeno, porque ya lo había dicho Gracián y le quedó bordado, como todo lo que hacía y decía.La cosa es que no quieren premiar con su dinero ni con el del Banco de España a las grandes figuras del año o de la Historia que vivimos. Buscábamos la democracia y la democracia hemos encontrado.Porque para estos protestatarios sin freno es antidemocrático darle el sobre a una chai de portada, mayormente cuando las portadas sólo sirven para envolver la pescadilla. Dicen estos lectores que ya están hartos de envolver pescadillas y el que quiera pescadilla que se compre una chai.

Así las cosas, ocurre que los Príncipes de Asturias van perdiendo adeptos a medida que se conceden. Yo, desde aquí, los concedo todos como si me los hubieran dado a mí, que a lo mejor sí. Cuando Adolfo Suárez y yo nos dimos el sonoro abrazo en el bar el gentío se volvía de espaldas como no queriendo ver aquello. Uno estaba allí casi de recadero junto a personajes como Julián Marías o Lázaro Carreter, pero a ninguno de los dos se le empolvó ni desempolvó la espalda con la gloriosa brisa del desierto de cielo que acababan de atravesar.

Si el descontento prospera, si sube la marea el distinguido público plausible empezará a decir que Doña Letizia se ha revestido como para su boda, pero a ella no le daban ningún premio, y al Príncipe ya se lo dan todos los años. Lo cierto es que aquí vivíamos mejor de barullo, haciendo estatuas a Romanones, con puro y todo, y no ahora, que nos dan el Príncipe de Asturias a cualquiera y no digamos el Cervantes, porque según los donantes caprichosos y melosos, en portada queda mejor un anciano en bolas o una señorita del Calderón, que es más que el Campoamor, también a su aire.

¿Se trata de destacar a los mejores del mundo, a los Montanelli y a las Bergman, o de beatificar a los verdaderamente grandes, como Pau Casals, con una historia artística y política como Picasso? Aquí molesta siempre la verdad y en el avión de ida todos parecíamos falsos premiados por el resentimiento de los ángeles que nos miraban desde el purgatorio. Porque en el Príncipe de Asturias empiezas a puntuar desde el avión, por si se cae.