Asalto al Banco Central, de Roger Jiménez en El Mundo de Cataluña
Tres meses después del 23-F, un grupo armado mantuvo a 200 rehenes retenidos en la sede bancaria de plaza de Catalunya / Los delincuentes fingieron ser guardias civiles que pedían la liberación del teniente coronel Tejero.
Cuando el país todavía no se había recuperado del sobresalto del 23-F, tres meses después se vio de nuevo sacudido por otro golpe de escena, esta vez con el centro de gravedad en Barcelona, del que se habló también en todo el mundo. En la mañana del 23 de mayo, 20 hombres armados de metralletas, pistolas y explosivos penetraron en la sede que tenía entonces el Banco Central en la plaza de Catalunya y mantuvieron como rehenes durante 36 interminables horas a los dos centenares de personas, entre empleados y clientes, que se encontraban en las instalaciones. Un confuso episodio que dejó muchas incógnitas en el aire y que ni el gobierno Calvo Sotelo ni los siguientes pudieron o quisieron aclarar en el cuarto de siglo transcurrido.
Las campanillas de los servicios de agencias se dispararon a las 9.10 de aquel luminoso sábado. Los primeros flases daban a entender que se trataba de un simple atraco, pero pronto se pudieron conocer detalles que apuntaban a un suceso con trasfondo bastante más complejo. Los asaltantes se repartieron estratégicamente por las instalaciones, actuaron con precisión y disciplina casi marcial a las órdenes de uno, el que llevaba la voz cantante, quien dijo a los rehenes -y a las autoridades- que eran guardias civiles y que, a cambio de la vida de los rehenes, pedían la liberación del teniente coronel Tejero y del coronel San Martín, además de otros militares implicados en el 23-F. Todos debían ser trasladados en un avión a Argentina, país que se encontraba entonces bajo la dictadura de una junta militar y que se anticipó a declarar que rechazaría a los «terroristas» autores del ataque al banco. A su vez, San Martín y Tejero desautorizaron la operación en una declaración notarial en la que afirmaban que si eran conducidos fuera, regresarían inmediatamente a su patria.
Atracadores, terroristas, delincuentes comunes a sueldo, desestabilizadores, «anarquistas, chorizos y macarras» (así los calificó después el ministro del Interior, Juan José Rosón), guardias civiles conectados con la extrema derecha Todas las hipótesis aparecían y se disolvían mientras se mantenía acordonada la zona y se establecía una unidad operativa al otro lado de la plaza de Catalunya, en la sede del Banco de Bilbao. Las agencias de noticias angloamericanas contribuyeron al desconcierto cuando se refirieron al Spanish Central Bank, lo que fue interpretado como un asalto al Banco de España.
Hubo movimiento durante todo el día. Llegaron los GEOS, la unidad policial de élite al mando de un comandante que distribuyó a sus hombres entre lugares estratégicos de la calle y las azoteas vecinas al edificio del banco. En las primeras 12 horas fueron liberados 50 rehenes, y entre las personas que entraron en las oficinas del Central para hablar con los asaltantes se encontraba el delegado del Gobierno, Juan Rovira Tarazona, convencido de que se encontraba ante un 23-F bis. Así lo demostró la transcripción de una cinta grabada por una emisora de radio en la que conversaba telefónicamente con el jefe del grupo, un «águila», según diría más tarde Tarazona. El director de la Guardia Civil, general Aramburu Topete, desmintió que se encontrara ningún miembro del cuerpo armado entre los asaltantes.
En ocasiones, salía del banco uno de ellos encapuchado y encañonando al cajero para recoger viandas y bebidas. Momentos dramáticos se vivieron a primeras horas de la mañana del domingo, después de una tensa vigilia, cuando los asaltantes tirotearon una tanqueta desde donde los GEOS les conminaban a la rendición. También dispararon contra un equipo de reporteros de televisión que había tomado posiciones en una terraza de la calle Pelai.
A las diez de la noche del domingo, 24 de mayo, después de infructuosas negociaciones, los GEOS decidieron poner fin a aquella descabellada aventura y penetraron en el banco. Hubo un tiroteo en el tejado en el que perdió la vida un asaltante. Los casi 100 rehenes que quedaban en el interior salieron a la carrera cuando vieron las puertas abiertas en unas escenas sanfermineras que captaron en directo las cámaras de televisión. Un empleado resultó herido de bala en una pierna y diez asaltantes fueron detenidos. Otros pudieron escabullirse hasta las vecinas bocas del metro confundidos entre los rehenes. El 23-M había durado 36 horas y 50 minutos, pero dejó secuelas.: 36 de las personas que habían vivido aquel calvario recibieron asistencia psiquiátrica, aunque el Banco Central abrió sus puertas el lunes, como si nada hubiera ocurrido, por decisión del presidente de la entidad, Alfonso Escámez.
En los días siguientes la policía detuvo a tres conocidos activistas de la ultraderecha, entre ellos el conocido subastero Alberto Royuela, por su presunta vinculación con el episodio, pero salieron en libertad sin cargos. Uno de los asaltantes detenidos reveló la construcción de un túnel en la calle Casanova próximo a la Diagonal, donde el siguiente domingo, 30 de mayo, iba a celebrarse el desfile del Día de las Fuerzas Armadas. Una versión policial precisó que el grupo había recibido dinero de un desconocido en Perpiñán. Otra pista que se perdió en el dédalo de las investigaciones.
Durante el juicio del 23-F, el defensor de uno de los 33 encausados preguntó al general Aramburu Topete si la Guardia Civil tuvo alguna relación con al asalto al Banco Central. Aramburu, tras un minuto y medio de silencio, respondió: «Creo que no» (el día del asalto lo había negado rotundamente). Al final de la vista, el defensor militar, coronel Carlos de Meer de Rivera, dijo a un periodista que había formulado aquella pregunta al director de la Guardia Civil porque se sospechó que «el asalto al banco lo organizó la Guardia Civil para conseguir los papeles del 23-F, que creían guardados en una caja de seguridad a nombre de la esposa (inglesa) de Gil Sánchez Valiente, el capitán del Ejército que aquella noche salió del Congreso de los Diputados con un maletín donde presuntamente se encontraban los decretos que debían entrar en vigor tras el golpe de Estado. «El hombre del maletín», como sería después conocido el oficial se convirtió en una pequeña leyenda. Primero se escondió en Londres, después estuvo en Florida , y años después reapareció en España para participar, previo cobro, en el programa La máquina de la verdad, que conducía el periodista Julián Lago.
