La semana arranca en Oviedo y concluye rumbo a Gijón. En el camino, la azarosa vida de un hombre que volvió a Sama

Entre dos mundos

Jueves, 11 de mayo

La historia de Voló

El desván de nuestro imaginario colectivo está lleno, fatalmente, de historias de vencidos y vencedores de la guerra civil. Siempre he dicho que para explicar lo que sucedió con cierta exactitud tan sólo habría que circunscribirse a un barrio, a un pueblo, a una familia en aquellos años ingratos para ver cómo el conflicto general reaparece, con una saña inusitada, en lo íntimo de la experiencia cotidiana. Estos días, le he estado dando vueltas a una historia que me llegó, como todo lo que merece la pena, desde varias fuentes. Es la historia de Voló, un militante comunista muy activo desde la revolución de 1934. Mánfer de la Llera, el padre de Ramón d'Andrés, me la contó en Bimenes hace unos años, poco tiempo antes de morir. Xacobe Bastida, que era pariente suyo, me la solía contar con lágrimas en los ojos. Es una historia con todos los ingredientes de la épica y de la tragedia digna de un griego. A Voló (o Boló, que ahora no me acuerdo) le llamaban así porque «daba el salto» continuamente: quiero decir que se pasaba a la clandestinidad y se dedicaba -durante días, meses o años- a las labores de la insurgencia política. Estuvo en Sama, en 1934, y dirigió la operación del asalto al cuartel de la Guardia Civil. Su hermana estaba casada con un oficial de aquella plaza. Los obreros insurgentes rodearon el cuartel y exigieron al mando que se rindiesen inmediatamente. La otra opción posible era la de la sangre y el fuego. El mando no se quiso rendir y los insurgentes les enviaron un ultimátum nervioso: que saliesen las mujeres y los niños. Todas salen, con sus hijos, excepto la hermana de Voló que ha decidido quedarse con su marido.

A todos los hombres les llega en algún momento el día del gran sí o del gran no. Voló hizo, con el corazón estragado, lo que su conciencia le dictaba: era necesario para que amaneciese un alba roja sobre el mundo incendiar las tinieblas. Después, ya se sabe: la república tambaleante y una guerra en la que florecieron, en todas las cunetas, los espinos del rencor. Años de fuga y de represión: a Voló se lo llevaron a San Marcos, en León, donde dormía al sereno bajo la mirada helada de las estrellas. Toda su vida mantuvo en su espalda las marcas de las losas del patio donde dormía por castigo. Trenes que atraviesan la meseta y una España que tiritaba de miedo y de miseria. Esposado, acompañado por un camarada, ve una oportunidad: una parada fortuita del tren, los vigilantes que están distraídos fumando un cigarrillo, y los dos compañeros que saltan en la noche. Disparos. Voló vio cómo su amigo caía bajo el fuego de la fuerza.

El lento camino hacia la frontera, escondiéndose en las cabañas que acaso sus mayores habían construido. Años de exilio en París, en Moscú: otra vez la guerra. A finales de los 60, el Partido le ordena que vuelva a Sama e informe de la situación de las fuerzas anti-franquistas. Acepta temiendo no tanto ser reconocido, y ajusticiado, sino comprometer a alguien querido. Un hombre de 60 años se apea en la estación de Sama y una mañana de primavera le pone al mundo una diadema de juventud. Comienza a caminar por las calles hace treinta años abandonadas y, sentado al sol, lo ve: a su compañero, aquel que se había fugado con él del tren y que creía muerto. Está en una silla de ruedas, medio tapado, pero bien se ve que le han tenido que amputar una pierna y un brazo. Pasa junto a él sin decir nada, emocionado, recordando los disparos de aquella noche. No quiere decirle nada para no comprometerle pero piensa en el abrazo, en la alegría súbita, en el relámpago de emoción sacudiéndoles los hombros. Pasa junto a él y camina unos metros. El amigo levanta la cabeza y dice:

-Coño, Voló, ¿nun saludes?

Y Voló, sintiendo que en su pecho renace la lucha, dice:

-¿Voi saludate, ho! ¿Si te falta la mitá!

Viernes, 12 de mayo

La novela la he escrito yo

Jon Kortazar, el otro día, hablando del libro de Xuan Cándano sobre 'El Pacto de Santoña', me decía que deberíamos contar, para el mundo, estas memorias atragantadas. «Lo que deberíais hacer ahora», me comentaba, «es poner por escrito todas esas historias asturianas sobre la guerra civil. Hay ahí material para mil novelas. No dejéis que otros cuenten vuestra historia. Es muy humano: si ellos la cuentan, ellos serán los héroes». Me río un poco con la reflexión de mi amigo y recuerdo algo que una vez contó Ray Loriga. Había escrito una novela casi autobiográfica en la que relataba una escena de infancia: un partido de fútbol en el que metía seis goles. Un antiguo conocido, que había jugado en el equipo rival, le recordó en la presentación del libro que él también había jugado aquella tarde aquel partido y que los goles los había metido él. «Sí», aceptó Loriga, «pero la novela la he escrito yo».

Sábado, 13 de mayo

El mundo vale lo que vale una canción

Las historias, para que tengan cierto peso, deben ser simples. Lo más simple posibles: he venido a ver en el Campoamor este homenaje a Queen, 'We will rock you'. La nostalgia de la adolescencia tiene estas cosas: uno se encuentra de repente pensando en un mundo áspero en el que todo está perdido y en el que sólo uno mismo tiene el secreto para salvar el mundo. Es, como digo, de una simplicidad absoluta.

Domingo, 14 de mayo

Memoria de las sagas irlandesas

Snorri Sturluson, nos cuenta Borges, incorporó en las sagas islandesas una nueva técnica: la reflexión -aparentemente distante, claramente banal- en una situación de dolor. Pongamos el caso del rey Harald, recogido en el Edda Mayor: tras una vida en la que fue traidor y traicionado, muere en la batalla apuñalado por su hermano. La escena preludia casi un cuadro mitológico y parece que todo está pensado para que ese momento brille como un diamante de rara perfección sobre el anillo de la historia. Harald, antes de expirar, dice: «Ahora las liebres estarán saltando en Ydalir, el famoso Valle de los Tejos». Ahí acaba el episodio.

Pienso en la historia de Voló, pienso en la vida. W. H. Auden, en su poema 'Musée de Beaux Arts' nos dice que los antiguos maestros, si hablaban del sufrimiento, nunca se confundían. «En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo todo da la espalda / sosegadamente al desastre; es posible que el labrador / hubiera oído la caída al agua, el grito desvalido, / pero para él no era un fracaso importante; el sol brillaba / como era su deber sobre las piernas blancas que desaparecían en las verdes / aguas; y el caro y exquisito barco que debía de haber visto / algo asombroso, un chico cayendo del cielo, / tenía que llegar a alguna parte y tranquilamente siguió su rumbo».

Lunes, 15 de mayo

La nieve y otras circunstancias

Me paso la mañana recolectado viejos artículos publicados en 'Les Noticies'. He de preparar un libro que se titulará, finalmente, 'La nieve y otres circunstancies'; elimino todos los de tema político -cuando no sé de qué hablar, hablo de política- y rescato aquellos más confesionales (que resultan ser, como César González-Ruano apuntaba, los que más interés puedan tener para los lectores). Diez años: el próximo jueves, en el Filarmónica, celebramos estos años no siempre fáciles, a contrapelo, en los que nos fuimos haciendo con nuestros aciertos y nuestros errores. He de escoger, entre más de cuatrocientos artículos, cien que se sigan sosteniendo, y mientras lo hago una melancolía densa se va agolpando en mi pecho. Tengo bastante buena memoria. Recuerdo, con bastante exactitud, lo que sucedía a mi alrededor mientras los escribía en la redacción del periódico: a Ramón Lluís Bande preguntándome por un sinónimo, a José Luis Piquero leyendo taciturno una página recién impresa o a Beatriz Viado dándole vueltas a un titular. Ahora entra Alberto Suárez e imita, con sorna, a una señorita que no ha querido poner no sé qué anuncio. Edu y Facuriella se ríen mientras José, el Nenu de Grao, recoge de la impresora cientos de facturas que hay que revisar. Los días eran intensos y al fardel de la noche siempre acabábamos echando un nuevo verbo irregular que habíamos aprendido a declinar.

Martes, 16 de mayo

La libertad del hombre sin móvil

Me quedo sin teléfono móvil: he perdido el cargador. Llevo así dos días y siento una felicidad inmensa. Las verdaderas vacaciones no son esas en las que no te sientes atado a una rutina; son aquellas en las que nadie te puede envolver en una rutina ajena.

Ramón d'Andrés me regala, sin embargo, una agenda: y yo miro ese libro lleno de días por venir con desconfianza y desasosiego. Creo que sé dónde he dejado el cargador: pero durante unos días seguirá durmiendo, con mi obligación, en ese rincón oscuro.

Miércoles, 17 de mayo

Fin de una historia

Estamos hechos de azar y necesidad: la próxima semana, por razones íntimas, me mudo a Xixón. He vivido en Uvieo más de treinta años. Hoy mismo he acabado el cuento de Voló: no ha quedado mal. Cierro los ojos. Como en las películas, debería nuestra vida llevar incorporada una banda sonora que nos explique. Ahora sonaría, tal vez el Canon de Pachebel: algo así como ir corriendo, un poco triste, hacia una felicidad inmensa.