Aun estando inmersos en una cultura moderna, que todo lo mide y valora por pautas cronológicas, hay siempre una legítima inquietud polémica cuando se evoca una figura memorable a golpe de calendario; no obstante, no creo que se pueda, en principio, desdeñar este recurso conmemorativo, no sólo en ausencia de un protocolo mejor, sino porque la perspectiva cronológica no está siempre exenta de significación. A este respecto, hay que recordar que, cuando falleció Picasso, aún en vida de Franco, la España oficial había limitado su interés por el, sin duda, español más universal, adquiriendo tres cuadros suyos para ser expuestos en la Feria Internacional de Nueva York celebrada unos pocos años antes. No es ciertamente un bagaje como para producir satisfacción, fuera cual fuera la motivación política de su trasfondo, pero este desinterés cobró una naturaleza insoportable desde que se culminó la transición política española, al poco de cuyo feliz cumplimiento, en 1981, se trasladó a España y al Museo del Prado el Guernica, siguiendo la voluntad del artista, que lo pintó, en 1937, a instancias del encargo que le hizo la Segunda República para ser exhibido en el pabellón español de la Feria de París de 1937. Al resultar vencedor Franco en la Guerra Civil, el cuadro estuvo dando vueltas por todo el mundo como memoria viva de los vencidos y sufragio de sus necesidades materiales, hasta que, en 1958, se depositó, en vista de su alarmante deterioro, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, desde donde hizo su postrer viaje hasta España, si bien, como es sabido, volvió a moverse, en 1992, para reubicarse en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.

Durante este cuarto de siglo de permanencia en nuestro país, ha cambiado mucho la situación de Picasso en España y no sólo por la reintegración del Guernica y su amplísimo legado a nuestro patrimonio público. Hay que resaltar la apertura, además del museo municipal que promovió Jaume Sabartés en Barcelona, de otros dos museos monográficos dedicados al artista en España, el testimonial de Buitrago de Lozoya, donación del que fuera peluquero de Picasso, natural de esta villa de la sierra madrileña, y el familiar de Málaga, formado con los fondos donados por Christine y Bernard Ruiz Picasso, la nuera y el nieto del artista. Por otra parte, tampoco son desdeñables otras incorporaciones patrimoniales, públicas y privadas, de obras de Picasso, como las que ingresaron a través del Museo Thyssen-Bornemisza. Por último, aunque no con carácter permanente, tampoco se puede obviar el número elevado de exposiciones temporales dedicadas al pintor en nuestro país durante este último cuarto de siglo.

De todas formas, aun siendo este esfuerzo importante, no creo que España haya saldado la deuda contraída con Picasso. Por un decreto firmado por el entonces presidente de la República española, Manuel Azaña, con fecha del 19 de septiembre de 1936, Pablo Picasso fue nombrado director del Museo del Prado, cargo en el que permaneció honoríficamente hasta el final de la Guerra Civil, y del que, como le gustaba bromear al artista, jamás fue desposeído oficialmente. A este gesto, que aceptó Picasso de buen grado, se le añadió el del encargo republicano del mural para el pabellón español de París, y otros muchos, de menor resonancia, pero de no menos enjundia, que se prodigaron los años sucesivos, como, por ejemplo, el que el artista mantuviese el pasaporte español hasta su muerte, a pesar de que fue invitado en varias ocasiones a cambiar de nacionalidad.

También me parece importante dar a conocer el dato de que fue Jorge Semprún, cuando era ministro de Cultura en el Gobierno de Felipe González, quien propuso hacer una muestra enfrentando el Guernica, en su emplazamiento del Casón, con Los fusilamientos de la Moncloa, de Francisco de Goya. El proyecto no prosperó al cesar poco después Semprún como ministro de Cultura, pero, tres lustros después, éste será el contenido de lo que se exhiba en el Reina Sofía, donde estarán cara a cara estos dos cuadros extraordinarios, junto al Fusilamiento de Maximiliano, de Manet, y, entre otros, tres estremecedoras telas de Picasso: El osario, del MOMA; la Matanza de Corea, del Museo Picasso de París, y Los españoles muertos por Francia, donado por Mitterrand a España y conservado en el Museo Reina Sofía. Este conjunto forma la reunión más asombrosa, desde el punto de vista ético y estético, que hoy pueda darse, no sólo en relación con las obras maestras de la épica contemporánea, sino de la celebración elegíaca de la victoria moral de los inocentes vencidos.

Respecto a lo que se podrá contemplar en las salas del Museo del Prado, donde Picasso se formó copiando cuadros en su juventud y cuyos fondos le sirvieron de inspiración constante a lo largo de su dilatada vida, hay que señalar que suman 40 obras, realizadas por el artista entre 1903 y 1969, y, por tanto, que representan una cuidada selección antológica de todas sus principales etapas. Hay que contemplar esta muestra como una retrospectiva, aunque sin perder el hilo conductor que la articula, que no es otro que la estrecha y muy dinámica relación del artista español con los maestros antiguos, con especial atención a los conservados en el Museo del Prado y, muy en particular, de El Greco, Velázquez y Goya. Sin descender a detalles, se puede afirmar que se trata del mejor conjunto de obras de Picasso jamás exhibido en España que proceden de los a su vez mejores museos europeos y americanos. En cualquier caso, lo extraordinario de esta cita no es sólo la importancia en sí de esta muestra dedicada a Picasso, sino que es la primera que le reintegra a la historia del arte en el sentido más pleno y lo enraíza en la muy peculiar tradición española. De esta manera, y por fin, Picasso dejará de ser, como hasta hace poco se podía leer en las cartelas a pie de obra en la mayor parte de los museos extranjeros, “un pintor francés, nacido en España”, para convertirse definitivamente en “un pintor español, que vivió en Francia”.