Aquellos ahora lejanos años sesenta vuelven casi continuamente a mi memoria cuando me enfrento a escribir ante el espejo del ordenador. Ahora recuerdo que la primavera ovetense traía las hojas al Campo de San Francisco mientras las librerías poblaban sus escaparates con aquellos monocolores manuales que contenían ejercicios para preparar las reválidas del Bachillerato.

Para afrontar el examen de francés de la prueba de sexto, mi libro incluía numerosos fragmentos desordenados de la gran novela de Victor Hugo con que titulo este texto y cuya traducción llamó tanto mi atención, que aquellas vacaciones de verano me empapé profundamente de cuanto libro llevaba su firma.

Claro que mi preferido siempre ha sido la narración de la vida de Jean Valjean, aquel buen y modesto jardinero que delinquió robando un pan para acallar los lloros de sus sobrinos huérfanos y que, tras huir de un penal, la vida le convierte primero en ladrón asesino y luego en un hombre bondadoso que ha de cambiar varias veces de personalidad para escapar de la implacable persecución a que le somete el inspector Javert, representante de la injusta justicia de las leyes.

Personajes como los retratados en «Los miserables» afloran día a día en cualquier parte. Individuos malvados como aquella mujer de Therardier el posadero, que azotaba y maltrataba a la pobre Cosette, la cenicienta huérfana a la que Valjean consagra su vida de fugitivo pues así se lo prometió a la madre, prostituta por más señas. Azelma y Eponina, un remedo de hermanastras de cuento infantil, hijas de la mesonera, malcriadas entre algodones que despreciaban e inducían con sus mentiras las palizas y los castigos propinados a Cosette, están a la orden del día. ¡Mentiras y miserias, mentirosos y miserables!

Y hablando de mentiras y falsedades, los últimos tiempos son pródigos en noticias y debates que tienen mucho que ver con la forma de entender la gestión de nuestro patrimonio natural y en los que se mezclan extrañamente la paja con el grano. La polémica surgió en los medios de comunicación y, seguramente, de forma premeditada: «En Asturias hay suficientes osos como para poder explotarlos como reclamo turístico». La pelota la puso en el tejado el presidente de la Fundación Oso Pardo y, aunque ya me pronuncié por otros medios en contra de esta posibilidad, voy a insistir en mi negativa, pues abrir esta espita sería el principio del fin. Mientras los osos cantábricos estén en peligro de extinción, cualquier molestia puede dar al traste con un futuro que ahora, tras muchos años de trabajo colectivo, esfuerzos e incomprensiones, se presume algo más halagüeño. Sí a la explotación cultural del territorio ursino, pero dejemos a los osos, a las osas y a sus esbardos en paz.

Lo malo es que este debate se ha llenado de fuego racheado y, como se decía antes en la calle, algunos aprovecharon para «meter peseta». Desde Somiedo nos llegó el sí condicionado en forma de «a medio plazo» de su máxima autoridad municipal. ¿Es posible que desde el mascarón de proa de la conservación en Asturias nunca se oiga nada en pro de la misma?

¿Qué pasaría, señor regidor, si un osete somedano molestase a un turista? Seguramente nada grave: el bicho sería juzgado sumarísimamente y, probablemente, condenado a la expulsión, pues nada más pecaminoso que poner chinitas en el camino de aquellos que traen riqueza al concejo. Bueno, esto sólo si la ley que se le aplicó a aquel último mohicano habitante de los bosques de Mumián, de recordado nombre «Picoteru», de sexo macho y de raza tetraónida, sigue vigente.

Por cierto, si este famoso urogallo que alcanzó el cenit de su éxito después de muerto (¿o se dice agarrotado?), estuvo sus últimos días rodeado de mentiras, engaños y rufianería, ahora nos enteramos que en ese mismo territorio ha aparecido el cadáver de un oso adulto en avanzado estado de descomposición. La gravedad de la noticia se ve incrementada porque el hecho que ve la luz se ha producido hace unos siete meses, en noviembre del año pasado, y los responsables de la gestión de nuestro medio natural, algunas ONG, ciertos investigadores, determinados individuos de profesión guarda, munícipes, ¿periodistas? etcétera, han ocultado este asunto. ¿Debemos confiar los ciudadanos en quienes se callan hechos tan graves?

Tras la muerte (¿o fallecimiento laceado?), también rodeada de mentiras y miserias, del oso «Cuervo» (allá por 1998, pero que ha de estar siempre presente para no cometer los mismos errores), existe en la sociedad asturiana una especie de acuerdo tácito de transparencia informativa en lo referente a nuestros recursos naturales, cuya vulneración reiterada ha de ser contestada con una retirada de confianza. Yo ya me atrevo a preguntar ¿cuántos osos más han aparecido muertos, cuántos urogallos, cuantos lobos, É? ¿Es esta ocultación parte de la estrategia para la explotación turística anunciada? ¿La negativa «a priori» de la viceconsejería del ramo en «turistizar» los osos tiene que ver con la revelación intencionada de la aparición de este cadáver en Somiedo?

¿Podremos confiar los asturianos en políticos que -escondidos tras unas siglas de honradez- son capaces de mentir compulsivamente trasladando en el tiempo la solución a los problemas cada vez que se les pregunta por ellos? (Muniellos, Fuentes del Narcea, El Espartal, Picos de Europa,Éson también buenos ejemplos). ¿Debemos confiar en quien no tiene reparos hasta en vulnerar leyes, intentar torticeramente cambiar otras y engañar a ciudadanos para colocar a sus colegas, despreciando a sus propios trabajadores? ¿Nos merece alguna consideración quien persigue e intenta humillar a sus subordinados? ¿Y quien les niega la libertad de expresión? ¿Y quien los delata a escondidas? Jean Valjean nunca se sintió libre porque estaba perseguido.

En fin, miserias y miserables que sólo pueden ser combatidos con la unión, la verdad y la libertad, pues como dice Víctor Hugo, en el peligro el puerco espín se eriza, el escarabajo se finge muerto y la guardia veterana forma el cuadro.

Víctor M. Vázquez es académico numerario del Real Instituto de Estudios Asturianos.