NO dudó ni un instante en contestar que sí cuando la encuestadora le preguntó si creía en la posibilidad de que el alto el fuego alcance a convertirse en definitivo. La siguiente pregunta estaba relacionada con su estado de ánimo; escuchó la lista de respuestas que le ofrecían, calibró el significado de las palabras allí incluidas y respondió que contemplaba el proceso con profunda desesperanza y gran abatimiento. Algo aturdida, la muchacha le dijo que esa expresión no figuraba en ningún casillero del cuestionario, y sugirió que acaso se estaba confundiendo y quisiera decir que con mucha esperanza. Pero él insistió: mire, entiéndame bien, le he dicho que ponga que estoy muy desesperanzado. La chica le volvió a leer el abanico de alternativas del formulario: escepticismo, dudas, esperanza, optimismo. A través de la relación de opciones comprobó que para los redactores del sondeo era del todo descartable que alguien pudiese sentirse desalentado ante un presunto abandono de ETA.

La entrevistadora, que era versada y pertinaz, tiró de manual. Escuche, le decía, si usted cree que ETA puede realmente dejar las armas, la siguiente respuesta debe ser que se halla optimista o esperanzado. Es lo lógico. Entonces estalló. Se le vino de golpe el torrente de ideas y sentimientos que llevaba dos meses acumulando en las entrañas, y se los espetó sin resuello a aquella voz desconocida que le interpelaba sin otro objetivo que el de ganarse el estipendio por cada cuestionario relleno.

Pues no. Será lo lógico en la lógica de quienes hayan diseñado esa encuesta, pero en la mía, desde luego, no. Y le voy a decir a usted la razón de mi desesperanza: porque creo que en vez de rendirse ETA se va a rendir el Estado. Porque pienso que si los terroristas pueden dejar las armas es porque ya no les van a hacer falta para lograr sus propósitos. Porque me desalienta ver cómo los fiscales se ablandan ante los portavoces del terror. Porque me desespera que se trate como demócratas humanistas a quienes hasta ayer eran cómplices de los asesinos. Porque temo que las víctimas acaben orilladas en un naufragio moral que celebre el advenimiento de una injusticia. Porque me duele que toda esa gente sin escrúpulos que ha celebrado nuestro dolor vaya a sentarse en los ayuntamientos y en las cámaras parlamentarias sin haber pedido siquiera perdón. Porque yo creo que en esta historia hay buenos y malos y siento que esto que algunos llaman paz va a ser más bien una derrota de los buenos. Porque me parece que el fin no justifica los medios y porque me siento engañado por haber creído en que no habría ningún precio político a cambio de que se acabe la violencia.

Cuando acabó se hizo un silencio al otro lado de la línea del teléfono. Después de un titubeo oyó a la encuestadora preguntarle con cierta confusión si debía rellenar la casilla de «no sabe, no contesta». Se sentía desahogado y quiso colgar, pero la chica había sido muy educada. No, señorita, dijo al fin; en todo caso ponga que sé, vaya si sé, pero no contesto.