EN la mañana del próximo día 7 de junio, la holandesa Nelly Kroes, comisaria europea de la Competencia, subirá a su despacho de la planta 10 del edificio Berlaymont, de Bruselas, y optará por una de las dos decisiones posibles que caben en el tema Mittal- Arcelor. O bien da por bueno el 'dossier' que declara la opa autorizada según las normas europeas de protección de la competencia o bien abre una investigación en profundidad que podría alargar la decisión final hasta cinco meses más. El veredicto final no cerrará aún la lucha por la supremacía en el sector siderúrgico mundial.
Originalmente, la Comisión Europea debería haber tomado la decisión el pasado viernes, 19 de mayo. No es un secreto que la comisaria Kroes se ha tomado este tiempo suplementario para analizar el plan de desinversiones si triunfa la opa y su impacto sobre la competencia en el sector del acero europeo.
¿Desinversiones? Sí. Las habría, porque habría solapamiento de actividades. Es decir, que la fusión obligada de las dos empresas haría imposible mantener todas las plantas bajo propiedad del nuevo consorcio. Las plantas serían vendidas a otros propietarios, y los trabajadores, si es viable su mantenimiento, pasarían a producir para otras empresas que ya no serían Arcelor. Para lo bueno y para lo malo.
Las desinversiones, tema normal en el mundo de las opas industriales, son los efectos colaterales, a menudo olvidados cuando se producen las grandes decisiones financieras. Desinvertir quiere decir que, según las normas europeas de la competencia, dos hornos altos cercanos o dos trenes de laminado en frío en el mismo país no pueden estar bajo el mismo paraguas empresarial. Desinvertir tampoco quiere decir cerrar y despedir a los trabajadores redundantes. Significa simplemente que si Bruselas dice sí y los accionistas aceptan la opa, no todos los trabajadores de Arcelor seguirán en la empresa fusionada. Su planta será comprada en libre mercado por alguna otra empresa competidora bajo sus propias condiciones laborales y estratégicas. Para lo bueno y para lo malo.
Significativo es, de todas maneras, que después de tantos meses de ruido con la opa y tanto plan industrial de Mittal, aparezca ahora el plan de desinversiones y que la Comisión Europea pida un tiempo muerto para volver a analizar el tema. Eso demuestra que este dossier es más enrevesado de lo que parece y que estaban bien fundadas las reservas e incluso la desconfianza de algunos. Si la opa triunfa, los efectos en cadena sobre plantas de producción, plantillas y economías regionales serán trascendentes. Bien se merece el asunto una nueva reflexión: ¿Le hacía falta al sector esta fusión?, ¿qué gana la Unión Europea con ella?
La estrategia de defensa por parte de Arcelor se fundamenta en términos estrictamente económicos, de libertad de mercado y de respeto a los derechos de los accionistas. Al margen de esa defensa, brillantemente encabezada por el español Gonzalo Urquijo, quedan las consideraciones que hacemos los políticos sobre la necesidad de un sector auténticamente europeo del acero, la defensa de nuestras economías regionales y la protección, que no proteccionismo, de los trabajadores.
Más allá de esto, a los políticos europeos nos incumbe el grave problema de encontrar un modo europeo de defender nuestras empresas punteras y nuestro sistema de protección y derechos sociales ante la previsible ola de opas hostiles procedentes de países como China o India, donde se están generando unos excedentes de capital inmensos a base de producir barato sin los costes sociales europeos. ¿Hasta dónde puede mantener Europa esta batalla tan desigual sin poner en riesgo nuestro futuro?
Las condiciones de la opa están ya aprobadas en Francia, Luxemburgo y Bélgica. Lo hizo Estados Unidos y la Comisión Nacional del Mercado de Valores español lo hará en breve. La Bolsa de Madrid ya suspendió la cotización de Arcelor.
La empresa europea plantea a sus accionistas la recompra de acciones hasta los 150 millones de títulos, (hay casi 640 millones de ellos en el mercado). Así, el 41% del capital social estaría fuera del mercado y el margen de maniobra de Mittal se reduciría considerablemente. Irreprochable maniobra desde cualquier análisis que se haga. Más aún, los propios trabajadores de Arcelor podrían convertirse en accionistas de su propia compañía en unas condiciones privilegiadas. El capitalismo popular sigue teniendo atractivo y es una solución para identificar a los trabajadores con sus empresas. Por cierto, esto no pasaría nunca con los trabajadores de Mittal salvo que dejase de ser una empresa esencialmente familiar.
Pero, al final, los accionistas decidirán, como debe ser en una economía de mercado que funcione. Y dentro de la Unión Europea así se funciona.
De momento, razón teníamos, Mittal asume dos realidades. Primero, que no era buena tarjeta de presentación concentrar en su propia familia el 98% de los derechos de voto. Renuncia a las llamadas acciones de clase B y acepta que cada acción dé derecho a un voto, (hasta ahora eran diez votos por título!). Segundo, que su oferta inicial era escandalosamente escasa. Acaba de elevarla hasta los 25.000 millones de euros, es decir, 6.000 millones más que la anterior, aceptando tener menos del 50% de control total sobre el grupo fusionado y ofreciendo sustancialmente más por cada título. Eso no hubiera sido posible sin la correcta estrategia defensiva de la empresa europea.
Esos dos hechos demuestran que las estrategias de opa hostiles no llegan a buen puerto en la UE. Recordemos el fracaso espectacular de la estrategia original de la opa sobre Endesa.
Ahora queda la negociación. Los accionistas de Arcelor optarán entre las tres principales posibilidades: conservar sus títulos dejando la operación en el limbo, aceptar la opa vendiendo sus acciones a Mittal o vender sus títulos a Arcelor como habíamos escrito al comienzo del artículo. Tres opciones arriesgadas que los accionistas deben valorar, tanto en su vertiente financiera como en la previsible rentabilidad futura de la empresa actual y del consorcio resultante de una hipotética aceptación de la opa.
En resumen, sigue la puja por la joya del acero europeo. Unos, preferimos grandes empresas europeas, con estrategia europea y modelo laboral europeo. Otros prefieren otra cosa distinta. Los accionistas observan la subasta. Ellos deciden, Europa espera.
SALVADOR GARRIGA POLLEDO. EURODIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR.

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