Se podría decir que la vida mata al teatro. Nos hemos pasado tantos años diciendo que debíamos meter la vida en el teatro y resulta que hemos llevado el teatro a la vida. La vida como espectáculo. ¿Acaso no es una escena teatral contemplar a Ayaan Hirsi, la diputada somalí, llorando ante las cámaras después de reconocer que había mentido para lograr la nacionalidad holandesa? Ella es una actriz que está representando su propio papel, y llora de verdad; lo mismo que afirmaba Eleonora Duse: "Yo no represento, yo vivo". Y luego los espectadores, indignados porque esa hermosa negra de dientes muy blancos, a la que más de uno está dispuesto a descogotar como a un conejo, ella, que debía ser toda reconocimiento a los buenos holandeses que le dieron nacionalidad, cobijo y hasta un asiento parlamentario, va y resulta que se lanza contra las facetas más tortuosas del islamismo - la discriminación de la mujer- y les crea problemas a sus vecinos de casa. Y para más inri acaba de reconocer que mintió con tal de lograr la nacionalidad holandesa.
Fíjense si la vida será teatro, y en general bastante malo, que se vuelve a repetir uno de los tópicos de la escena europea de finales del siglo XIX. Los pobres tienen la obligación de ser honrados, los ricos no. Porque no hay rico que no se precie de haber hecho la primera jugada, la trampa que le permitió acumular los millones del despegue. Los pobres no tienen derecho a mentir, que para eso son gente sin otra ambición que la lotería; un pobre que tenga ambiciones menos comunes que la lotería nacional está obligado a mentir con el rigor de un creyente. Que una sociedad, la holandesa o la que sea, se escandalice porque una emigrada mienta para conseguir la legalización de sus papeles es una escena teatral digna de incorporarse al teatro, de Echegaray por ejemplo, ¡O locura o santidad!,que aunque les parezca raro era una obra del gran ingeniero y profesor y ministro que fue don José Echegaray, premio Nobel de literatura.
Una de las aportaciones a la vida como teatro es la incorporación en los últimos años de la judicatura al mundo del espectáculo.
Las gentes de toga, reticentes al principio, fueron vencidas por la ansiedad del mundo teatral. Es raro encontrar jueces y abogados que ante la oportunidad de ser grandes actores hayan renunciado; yo conozco algunos, pero resulta raro. Esta novedad ha obligado a que algunas sentencias puedan interpretarse como auténticos guiones del autor-juez e incluso incitan a que se lean de viva voz, declamados, como se decía en el gremio farandulero. Un ejemplo, la que provocó un párrafo de Antonio Gala sobre los Albertos, Cortina y Alcocer.
A mí no me agrada la prosa afrutada de Gala, pero en este caso su párrafo era impecable: "El Gobierno hizo una obra de caridad denegando el indulto a los Albertos, que ya se habrán echado encima las gabardinas otoñales. Con ellas protegen su capital de 240 millones de euros, conseguidos a fuerza de fraudes sentimentales, amistosos, políticos y económicos". Esto fue publicado el 12 de octubre del 2003 en El Mundo y acaba de verse el recurso de este par de delincuentes de altura, de quienes está probada su categoría de estafadores... sólo que la estafa había prescrito. Pues bien, el juez de la Audiencia Provincial de Madrid ha desestimado el recurso de los Albertos con este inmarcesible argumento: "No existe base alguna para que debamos entender que se ha intentado atacar el buen nombre profesional de los demandantes". ¿Se dan cuenta del detalle? Atacar el buen nombre profesional de los demandantes. Ergo, si el juez considera que los demandantes tienen "buen nombre profesional", en pura lógica él hace, con su afirmación, de garante del buen nombre de dos estafadores profesionales. Porque muy bien podía referirse a su buen nombre como jugadores de golf, o como navegantes, pero lo único probado como fuera de lugar es el profesional, entendiendo como profesión algo que tenga que ver con la honradez. Lo cual nos lleva al punto anterior, la honradez es una propiedad exigible a los pobres o gente del común, y extemporánea cuando se trate de otras magnitudes sociales.
Si ésta es la aportación de la Audiencia Provincial de Madrid, tampoco es manca la de la Audiencia Provincial de Barcelona, por más que me tenga a mí como protagonista. La semana pasada la citada Audiencia barcelonesa ha rechazado el recurso de apelación del bailarín Farruquito, que me acusaba de atentar contra su honor.
En casos como éste la prudencia manda callar y felicitarse porque has ganado, pero el asunto trasciende lo personal. La lectura de la sentencia que desestima el recurso de Farruquito, redactada por el ilustrísimo señor juez don Pablo Llarena Conde, es una provocación a la razón, a la libertad y a la justicia, si se me permite. A la razón, porque denomina "peregrina relativización" a una parte sustancial de la sentencia que me absolvió en su día, con lo que me da la impresión además de que el señor juez no anda muy bien en el conocimiento de la lengua castellana. A la libertad, porque confunde lo políticamente correcto con la expresividad periodística, o por decirlo en el lenguaje alambicado del magistrado, "los adjetivos concluyentes" respecto "al elemento volitivo". Y a la justicia, porque la única razón de supuesto peso que aduce para rechazar el recurso y absolverme es algo tan frágil como "una cierta tolerancia social... que veta que pueda tacharse de criminal a su autor". Es decir, que yo sería un criminal por dedicarle un párrafo a un delincuente múltiple, y si no lo soy es porque la gente ahora se ha relajado mucho y tiene manga ancha... con los periodistas. En otras palabras, que me he librado por los pelos y que de no ser por la rigurosa y valiente defensa de mi abogado don Juan Córdoba, a quien no hago ningún favor incluyéndole en estas líneas, a estas horas el titular hubiera sido: "La Audiencia condena a Gregorio Morán en el caso Farruquito".
El teatro de la vida me ha hecho abandonar la vida del teatro, porque yo hoy quería escribir de Henrik Ibsen, del buen bebedor, del mal carácter, del mujeriego que se enamoró perdidamente a sus 61 años de una joven de 18, Emilie Bardach, a la que cortejó como un adolescente. También del irritable adversario del nacionalismo noruego, del hombre que fue capaz de decir de su patria las palabras más ácidas: "Noruega, un país donde todo es mezquino y se encoje el alma". Un país que él abandonaría a los 36 y en el que no volvería a vivir hasta sus cascados 63. Pero también el hombre que construiría lo que luego serían mitos literarios de Noruega, Peer Gynt,sin ir más lejos.
He vuelto al teatro de Ibsen y me he sentido feliz con su estricta sinceridad, su fuerza, sus personalidades implacables. Se casó con la pacientísima Susannah Thorensen, a la que él describió como "poco bonita, pero inteligente y alegre", y por ella aceptó algo tan infrecuente para su carácter como cambiar una decisión tomada: partidario de la incineración, cambió de opinión cuando ella le exigió una tumba en tierra donde llevarle flores. A él se debe quizá la más audaz de las expresiones sobre la mujer dicha por un varón del siglo XIX: "Una mujer no puede ser auténticamente ella misma en la sociedad actual, que es una sociedad exclusivamente masculina, con leyes escritas por los hombres, con fiscales y jueces que condenan la conducta de la mujer desde un punto de vista masculino". Es lógico que fuera el creador de ese personaje capital en la historia del teatro, que es Nora en Casa de muñecas;recuerdo que en los años del cólera el final siempre estaba censurado y había que arreglarlo.
No obstante ser grandes y audaces sus personajes femeninos, el que prefiero es el del único hombre cabal, absolutamente cabal, en la dilatada obra de Ibsen. El doctor Stockman de Un enemigo del pueblo.La historia de un profesor que se convierte en apestado enemigo de la sociedad al descubrir que el agua del balneario, que atrae a los turistas y a los dineros, está contaminada. Una obra demoledora y de un actualidad completa; el valor aglutinador que tiene la mentira cuando se convierte en negocio. Impone esta obra que cuestiona la democracia, las mayorías, las instituciones, la familia... en fin todo eso que forma hoy parte del teatro de la vida.
Ibsen fue grande y se le admiró por la violencia de las situaciones y la sensibilidad de sus personajes; no recuerdo de ningún otro autor teatral que incluya entre los rasgos de un personaje el color de sus ojos. Como poeta fue notable y en verso condensó el drama del escritor sin camelo: "Vivir es pelear con brujos en la cordial y mental bóveda. Crear es conservar la espada de Damocles sobre uno mismo".

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