El presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Ricardo Blázquez, no ha tenido mejor ocurrencia que desear que ETA pida perdón por sus crímenes y que sus víctimas se ofrezcan a perdonar y ha faltado tiempo para que varios colectivos salten a su yugular para exigir su mitrada cabeza en bandeja de alpaca. No se entiende qué terrible ofensa ha podido cometer el tal Blázquez, como le llamara inicialmente Arzalluz, por tratar de recitar el Padrenuestro en el proceso de pacificación en Euskadi. Pero ha sido entonar el “...así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” y se ha liado gorda.

Es evidente que los virulentos ataques contra el obispo de Bilbao trascienden, en realidad, de lo que han sido sus palabras, bastante prudentes por otra parte. Obviamente, se puede estar en contra de que la Iglesia abogue por el perdón, pero eso es tanto como reclamar una rectificación pública de los Evangelios y reconvenir por masoquista esa estúpida manía de Jesucristo de poner la otra mejilla. Lo que se critica de manera preventiva es el papel que algunos prelados pueden desempeñar en esta etapa, sobre todo si de ellos se presume que vendieron su alma al nacionalismo vasco, tal es el caso de Blázquez, natural de Villanueva del Campillo, provincia de Ávila.

A estas alturas, apenas iniciado el alto el fuego de ETA, se antoja impredecible el final del proceso. Sin embargo, algunos de estos foros –integrados en muchos casos por quienes más han sufrido el acoso del terrorismo y con más coraje han enfrentado la incomprensión nacionalista- ya han decidido oponerse, en el entendimiento de que cualquier otra cosa que no sea la rendición incondicional, la entrega de las armas y el cumplimiento íntegro de las penas resultaría inaceptable. Escuchar a Blázquez hablar de reconciliación ha debido de parecerles una irritante herejía.

Tomada la decisión de recorrer el camino, aun a riesgo de que no conduzca a ninguna parte, cabría esperar de la Iglesia una colaboración trascendental, no ya de mediación en la negociación con ETA sino como un referente moral con el que todos pudieran identificarse de manera indiscutible. Para conseguir esa posición privilegiada tendría que ser capaz de vencer antes la desconfianza que ha generado en una sociedad como la vasca, profundamente dividida, cuyas dos mitades reclaman adhesiones inquebrantables. Y eso exigiría poco menos que un milagro.

Conviene decir que el comportamiento de la Iglesia en Euskadi no ha diferido en exceso de lo que ha sido su manual de conducta en otros territorios. Cada una de las partes de la Iglesia tiende a ser ‘nacionalista’. Lo es la vasca tanto como pueda serlo la catalana, o entendida más ampliamente, lo es la española, la croata, la polaca o la francesa. Quizás sea la consecuencia de ese mandato originario de predicar en la lenguas vernáculas para extender la doctrina hasta los últimos confines. O su tendencia a asimilarse con el poder establecido. O ambos motivos a la vez. Añádase una situación excepcional de violencia terrorista, enmascarada como movimiento de liberación nacional, y el resultado será el de una curia esquizofrénica que trata de representar a todos al mismo tiempo: a los gobernantes, a los gobernados, a los terroristas –que no dejan de ser a sus ojos ovejas descarriadas- y a las víctimas.

Lo decía recientemente el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, en una conferencia organizada por el Secretariado Social Diocesano. “No sería seguidora de Jesús una Iglesia que no ungiera con su aceite y desinfectara con el vino las heridas de todas las víctimas. No lo sería tampoco si discriminara a unas víctimas en aras de otras. La Iglesia ha de estar dispuesta a quedar mal ante muchos para atender a todos”. Uriarte exponía además un singular catálogo de víctimas: las inocentes y las que no lo son, las mortales y las que han conservado la vida, las provocadas por el terrorismo y las generadas por los abusos de las fuerzas del orden. “Todas ellas necesita ser atendidas de manera diferenciada y proporcionada”. Previamente había avanzado una definición de ‘víctima’: “Aquellos seres humanos que han tenido la experiencia personal o familiar de un sentimiento hondo, grave e irreversible, provocado por la violencia desatada en la confrontación destructiva que hemos venido padeciendo, con independencia del signo u origen de esta violencia”. Democrático saco el de Uriarte. Caben todos.

Nadie reprochará a la Iglesia que actúe como la factoría del perdón que es, o la censurará por prestar confort espiritual a diestro y siniestro. Pero sus eminencias entenderán que la equiparación entre el asesinado con bomba lapa y el fallecido en un enfrentamiento a tiros con la Guardia Civil cause perplejidad y enojo. A la Iglesia vasca se le ha pedido, y con razón, que elija, que censure conductas, que expida certificaciones morales, que abandone esa equidistancia que causa alivio y dolor al mismo tiempo, que se moje de una puñetera vez. ¿Se puede ser a la vez la Iglesia de los pobres y de los ricos, la Iglesia de los oprimidos y de los opresores?

Esa actitud de la filial vasca, tan aplaudida por el nacionalismo, fue rápidamente contrarrestada por la sede central de la multinacional católica en Madrid. Se ha llegado así a una suerte de posiciones pastorales a la carta para que todos estén contentos. Uno se puede sentir identificado con Uriarte; otro con Rouco; unos como Blázquez, pueden manifestarse en contra de la Ley de Partidos; otros, como Cañizares, a favor. Que cada uno opte por lo que más le convenga.

Este maquiavelismo de sotana ha podido resultar muy eficaz a la institución para mantenerse viva durante dos mil años pero, como se comprenderá, es contraproducente en situaciones como la presente. Ante el previsible dolor que algunas renuncias habrán de causar en las víctimas del terrorismo, hubiera sido de gran ayuda contar con la complicidad ética de la Iglesia. Los más necesitados de su consuelo no aceptarán que se ponga una vela a Dios y otra al diablo. Aunque la mano sea distinta.

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