Ustedes no los ven, pero están ahí, rondan por las calles, escuchan nuestras quejas y delirios en cubículos semioscuros de nuestra ciudad. Son como usted y como yo, y por eso pasan desapercibidos. Se dedican a una cosa que, según ha proclamado de manera oficial la prensa en estos días, no existe. No los ven ustedes, digo, pero esta ciudad, Barcelona, está bien surtida de ellos. Me refiero a los hijos predilectos de Freud, los que todavía practican una forma de terapia peculiar, convencidos de que los males del alma tienen que ver con el alma antes que con el cuerpo. Unos cuantos barceloneses siguen creyendo que es así. Y por lo tanto vivimos en una de las capitales mundiales de la cosa, por detrás de París y de Buenos Aires, y sin duda de Nueva York, donde hay clientes tan preclaros como Woody Allen, pero bien colocados en el cuarto lugar del ránking mundial.
El 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, ha servido curiosamente para certificar la defunción del invento. Una lectura atenta de la prensa, que siempre celebra con pasión los aniversarios, ha servido para comprobar que a veces los que escribimos en los diarios no nos enteramos de nada. Porque lo que se ha dicho en la mayoría de los medios de gran difusión es que de aquello ya no queda nada.

Pues bien, lamento no compartir esa opinión. Por mucho que hayan dicho los expertos consultados por la prensa e invitados a escribir la necrológica, los hijos predilectos de Freud siguen estando ahí. Lo que pasa es que ustedes no los ven, ni esos comentaristas tampoco, a juzgar por lo que han ido escribiendo. Pero están ahí, rondan por las calles y siguen escuchando nuestras voces en el silencio de sus consultas, no todas ellas dotadas del famoso sofá. Y no sólo hay algunos que practican ese extraño ritual de la escucha silenciosa, la intervención espaciada, sino que además hay muchos que están aprendiendo el oficio, con lo que la continuidad de la cosa parece garantizada en Barcelona.

Entre estos últimos, por cierto, se ha creado una leyenda urbana de padre y muy señor mío. A saber, se cita a Freud no a partir de sus textos, sino del personaje Freud inventado por el novelista italiano Giovanni Papini en su novela Gog, famosa en los tiempos del prefascismo y que tuvo cierta repercusión en la desolada España franquista. Pues bien, resulta que ciertos aprendices de la cosa andan por ahí citando palabras entrecomilladas que el médico vienés no pronunció jamás, aunque Papini las pusiera en labios de su personaje.

Escuelas psicoanalíticas, por cierto, hay muchas, y como en toda familia que se precie, la prole de los hijos de Freud anda sistemáticamente a la greña. Están los ortodoxos, como el ya anciano Doctor Bové de la avenida Diagonal. Y los junguianos, que son una rama desgajada del tronco principal cuando la cosa apenas empezaba. Están, por supuesto, los lacanianos.

Estos tenían al principio, todos ellos, acento argentino. Oscar Massota llegó el primero, y enseguida le siguieron Marcelo Ramírez, Arturo Roldán, Milcíades Soto , todos con el aliento de Videla en el cogote. Algunos ya fallecieron, otros siguen practicando el extraño ritual. Por cierto, muchos de ellos, aunque siguen hablando una jerga incomprensible llamada lacanés, lo hacen ya con acento inconfundiblemente catalán.