Debo ser un idiota vocacional, porque, a pesar de todos los escándalos, conductas reprobables, actuaciones insensatas y declaraciones fuera de lugar de los políticos, mantengo una elevada idea acerca de la actividad pública de los que ocupan cargos en las distintas administraciones y órganos legislativos del estado. Debe ser, probablemente, por el terror que me produce la sola invocación del "esto lo arreglo yo", o "los partidos son el cáncer de la democracia", o el "todos los políticos son iguales", o "este estado de corrupción generalizada no puede continuar un minuto más", o tantas y tantas frases como se escuchan a través de los medios, de determinada prensa ardida de justicia y de revancha, de columnistas, tertulianos, editorialistas, y demás voceros del Apocalipsis social, que forman un nutrido rebaño difícil de soportar para quien se toma las cuestiones, por graves que sean, con tranquilidad, mesura y reflexión.

Reconozco que en la España actual, esa actitud civilizada de respeto al adversario y al que no comparte contigo determinadas visiones de la realidad, no es un camino de rosas precisamente. La venalidad, los chanchullos económicos, la manipulación y la mentira, se han incrustado de tal forma en la vida cotidiana de los españoles, que hay que tener la piel muy dura y las convicciones democráticas muy instaladas en el automatismo de nuestro pensamiento, para no tirar la toalla y largarse al valle de Angón a desvanecerse en la naturaleza y oír su incomparable rumor, lejos de alcaldes, concejales, diputados, senadores, portavoces y toda la gama representativa del sistema. Y ya que hablamos de senadores.

Repito que mantengo una elevada idea de los legisladores (será, insisto, por la de la idiocia vocacional, o tal vez por la autoridad moral que, en otros periodos históricos de las jóvenes democracias, implicaba el cargo). Por ello, y aun considerando que el senado, como órgano legislativo de un estado, no ha tenido desde los tiempos de Roma, ni tiene, en las modernas constituciones liberales, otro cometido que no sea frenar, templar o desvirtuar, la función legislativa de los parlamentos democráticos (solo hay que repasar la historia del senado, como institución, para darse cuenta de cuál era su composición -en España, nombrados por el rey con carácter vitalicio y hereditario, hasta la revolución progresista de 1854-, y qué papeles se reservaba en los procesos transformadores del sistema), a pesar de todo, repito, siempre me había parecido, no sé por qué, una institución respetable. Tal vez, porque a los senadores romanos se les exigía, además de la ciudadanía romana, la ingenuidad (que podríamos traducir por limpieza moral) y el alejamiento riguroso de cualquier actividad comercial (o, más modernamente, empresarial), como ejes básicos de su función legisladora.

LA CONSTITUCION republicana de 1931 abolió la institución del senado, porque ésta escapaba de los límites marcados por la democracia representativa. Franco ni siquiera contempló la idea de su restauración. Y en la reforma profunda de los poderes estructurales del estado, durante la transición, el senado volvió a emerger, con sus viejas atribuciones legislativas, muy recortadas, desde luego, por el papel privilegiado del congreso de los diputados.

O sea que, "ingenuidad" y "alejamiento riguroso de cualquier actividad comercial-empresarial". Como dice esa china cabreada que sale en los programas de Eva Hache: "así lo aprendí yo, así me lo enseñaron a mí". Vamos centrándonos en el tema?

Pero, con todo, y al margen de que todo este escándalo montado por el célebre Regino y sus grabaciones agrícolas, está en manos de la justicia ordinaria, por lo que no sería de buen tono emitir juicios condenatorios, a mi hay algo que me resulta particularmente insoportable de este sucio asunto: la oratoria desplegada en las conversaciones presuntamente delictivas de los protagonistas, Sopeña, Muñiz y Regino (cuyos nombres agrupados parecen anunciar una empresa de grúas y tractores, o el trío de un número de payasos del antiguo circo Price). Porque leer las transcripciones de las cintas en las que se expresan (es un decir) estos tres ciudadanos, produce un sentimiento de repugnancia que no depende tanto del fondo -desde luego deprimente, como de la forma. Pero es que alguien, en el mundo de los negocios, intenta que den frutos hablando de esta manera? Pero es que es éste el respeto y la educación que deben presidir las relaciones comerciales o empresariales? Yo pasmo.

COMO coño no va a salir mal una negociación sobre compra-venta de fincas, con semejante incapacidad para expresarse en un castellano más o menos inteligible? Son así todas las conversaciones entre los agentes de la expansión inmobiliaria en Asturias? Es así cómo se hacen los negocios de la construcción? Es necesario salpicar el diálogo de tacos y blasfemias, para llegar a acuerdos económicos entre las partes?

Yo no juzgo al senador Sopeña antes de que se manifiesten los jueces que estudian este asunto. Yo lo juzgo por su paupérrima contribución a la dignificación del castellano. Corren malos tiempos para la lírica.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.