A pesar de todas las campañas, y tras un periodo de 16 meses con buenas noticias, los accidentes de tráfico, con sus secuelas de muertes y lesiones gravísimas, a veces de por vida, no se detienen, sino que repuntan un tanto. Las pasadas vacaciones de Semana Santa lo mostraron, así como el puente del Primero de Mayo.
Por eso hay que apoyar, sin ningún tipo de restricción mental, medidas tan imprescindibles como los controles de alcoholemia (si bebes no conduzcas, es una máxima a potenciar) y de drogas, legales e ilegales, los carnets por puntos, la prohibición radical del uso del móvil conduciendo, la limitación del volumen sonoro en las radios y cederrones que se escuchan en el interior de los vehículos, el uso del cinturón de seguridad, también en la ciudad y en los asientos traseros, el uso del casco en las motos y velomotores y, por supuesto, los controles de velocidad aunque, el conductor que es uno, no puede no mostrar su perplejidad ante ciertas limitaciones cuyo cumplimiento suscita más peligros que los que pretenda paliar.
Asimismo, es imprescindible la mejora constante de las infraestructuras viarias, la adecuada señalización, la alternativa de un buen transporte público, sobre todo en las ciudades y en su entorno, sin olvidar al horario nocturno, especialmente el de fin de semana mientras no atajemos la actual deriva española en el trastrueque de los husos horarios, sacar al tren de la desidia actual potenciándolo al máximo, etcétera, etcétera.
Siendo todo esto cierto, hay que añadir, con fuerza, que el tema es más complejo y que hay que introducir otros factores en la reflexión. Aquí voy a mencionar solamente dos, a mi juicio centrales, y que desarrollé en Barcelona hace un par de meses invitado por el Àmbit María Corral y la Fundaciò Abertis para hablar de movilidad responsable.
Piensen en un ciudadano nórdico de clase media, un sueco o un noruego, por ejemplo, desayunándose unas fresas frescas de Huelva. A primera vista este sencillo hecho será visto como un indicador del nivel de vida alcanzado en la sociedad globalizada, de consecuencia lógica y bienvenida del mercado común europeo, de la apertura, sin trabas, del comercio internacional, etcétera. Pero olvidamos que para que esa persona pueda desayunarse las fresas de Huelva habrá hecho falta un camión que atravesara la E5 de punta a cabo, por toda Europa. Son hechos tan sencillos como estos los que a la postre impiden, por ejemplo, que podamos cumplir las decisiones de Kioto, pues hoy en día el primer factor de emisión de gases contaminantes a la atmósfera no es la industria, sea pesada, sea ligera, sino el tráfico rodado. Son también hechos sencillos como este los que explican la acumulación de camiones en nuestras carreteras y autopistas.
PERO NO solamente hay más camiones en la carretera, también hay más coches privados. El coche lo hemos adquirido incentivados por una publicidad legal machacona que puede incluso provenir de los propios poderes públicos cuando nos estimulan, incluso financieramente, para adquirir un vehículo nuevo.
¿Para qué hemos comprado un coche nuevo que, en la mayoría de los casos, puede llegar a 170 o 180 kilómetros a la hora, velocidad prohibida en todas las carreteras españolas si, además, el 60% de la población española, si no más, vivimos en localidades de más de 100.000 habitantes en el que el tráfico se ha convertido en uno de los problemas mayores? ¿Es posible incentivar, al mismo tiempo, la compra de un vehículo para un uso individual o doméstico y requerir a los ciudadanos que utilicen el transporte público para sus desplazamientos?
Muchos taxistas con quienes hablo mucho del tráfico se quejan, por dar un ejemplo, de que las madres organizan atascos cuando van a buscar a sus hijos al colegio, o cuando se desplazan en sus coches al centro de la ciudad a los grandes almacenes. Pero ¿no es para eso para lo que se han creado los coches minis, citys, smarts y no es para ese uso para el que se promociona su compra? E, incluso los coches de grandes cilindradas, por supuesto. Entonces ¿qué se va a decir a los ciudadanos? ¿Que, una vez adquirido un coche, lo guarden bien guardadito en el garaje de casa y utilicen solamente el transporte colectivo? ¿Para qué queremos un vehículo en la ciudad? ¿Solo para escapar de ella la tarde del viernes, introducirnos en atascos y volver, en otros atascos, la tarde del domingo?
DEBAJO DEL nórdico desayunándose sus fresas de Huelva y del ciudadano preso en su coche está la lógica de la sociedad del puro consumo, del mercado, que con la salud y el bienestar son las denominaciones del Dios trinitario de la posmodernidad. Pero seamos claros. Una sociedad marcada por la maximización de ganancias, el éxito social, con el coche como uno de sus iconos principales, por lo que supone de libertad de movimientos y símbolo del nivel social, es una sociedad que camina en directo al atasco vial.
Nunca se mejorarán suficientemente las carreteras cuando la mayoría de los ciudadanos tengamos nuestra vida cotidiana en núcleos urbanos que, por definición, tienen un espacio limitado. Si además queremos preservar, cuando no alcanzar, una cierta calidad de vida en la ciudad, ampliando las zonas peatonales, controlando la emisión de gases tóxicos, etcétera, la limitación de la circulación en vehículos de motor deberá estar cada vez, en mayor medida, controlada y limitada. Así llegaremos a la aporía vial: comprar coches para procurar mantenerlos en los garajes durante los días laborables, y utilizarlos para salir y entrar de las ciudades los fines de semana, puentes, acueductos y vacaciones. Estamos locos.
JAVIER Elzo. Catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto.

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