Te metes en los mullidos, bien perfumados salones del hotel Palace, y hay tal multitud que de inmediato piensas: la jodiste, Barrimore, ya te has vuelto a equivocar, caballo loco que últimamente no sabe ni por dónde pisa; semejante hueste y en tal sitio sólo puede obedecer a que anda por aquí Ana Botella presentando otro libro de cuentos.

Pero no. Después de ciento catorce codazos, echas un vistazo a la sala y esto es otra cosa. Hay mucha gente mayor revestida de esa dignidad que dan las caras sufridas y la ropa modesta y limpia. También corbatas –pocas– y gente joven con cierta tendencia al machadiano desaliño indumentario. Ni rastro de los armanis o los diores con que se enjaezan los y las fans de Anita Botella Grimm. Esa gran escritora, ya saben ustedes.

Casi piso, entre codazo y codazo, a Antonio Gutiérrez, el que fuera secretario general de las urdacianas “Ce Ce ¡oh, oh!”, o sea Comisiones Obreras. El gran Pepe Morales, al que casi no he vuelto a ver desde que compartimos más penas que alegrías en Diario16, me ve bracear como un agente de movilidad urbana (pero sin silbato) en medio del gentío, se lanza a rescatarme, me tira de las bridas y me hace sitio junto a la adorable Inés Sabanés, que no se acuerda mucho de mí pero que igualmente me atiza dos besos como dos pianos. Pronto advierto que, por allí diseminado, está todo el equipo del semanario Tiempo, desde su director –ese impagable obsequio de la Misericordia divina que se llama Jesús Maraña– hasta el último en llegar, el insultantemente joven y brillante Luis Calvo. En la mesa presidencial, además de la responsable de la editorial, están Gaspar Llamazares, de Izquierda Unida; la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega; el periodista Carlos Fonseca y una muchachita extraordinariamente hermosa, una chiquilla pequeña de pelo corto y blanco, de ojos vivarachos y dotada de una sonrisa que despide luz y que no han logrado doblegar ni una vida durísima ni los ochenta y tantos años que lleva a la espalda esta mujer. Se llama Rosario Sánchez Mora. Miguel Hernández la bautizó para siempre, hace casi setenta años, con un poema como una llamarada: Rosario dinamitera. Así se ha llamado desde entonces.

El suntuoso salón anabotéllico del hotel Palace está hasta la bandera para la presentación del libro que se llama precisamente así, Rosario dinamitera, que publica Temas de Hoy. Carlos Fonseca, uno de los mejores periodistas que he conocido en mi vida –él no me tiene mucho afecto y probablemente no le falta razón; yo a él sí–, ha escrito la historia y el testimonio de esta chiquilla que, a los diecisiete años, se alistó como miliciana para combatir a las tropas de Franco que intentaban tomar Madrid. Un cartucho de dinamita se le llevó la mano derecha. Luego, tras la guerra, vino la condena a muerte en una burla de juicio, luego la prisión y después una vida tan suave como pueda serlo un alambre de espino.

Gaspar Llamazares habló el primero. Muy bien: las mujeres republicanas, denostadas por la propaganda franquista con una saña espantosa; la herencia de la República, la recuperación de la memoria histórica, esas cosas tan ciertas y que tan necesario es recordar. El problema de Gaspar es que padece de incontinencia verbal. En fase aguda. Lo que más le gusta en el mundo a este hombre es escucharse. Veinte minutos de repeticiones argumentales no son unas sentidas palabras, son un sermón semanasantero con su glosa. Si a este hombre le dejaran dar rienda suelta, a su gusto y sin reloj, a su pasión verborrágica, Fidel Castro se quedaría en un tipo conciso, parco y lacónico. Menos mal que ahí está Pepe Morales (sufridor en casa) para ponerle presa a esa inundación… El pobre, a mi lado, las pasaba canutas. Murmuraba: “Por Dios, ¡que no lea el poema! ¡Que al menos se acuerde de que no tiene que leer el poema!”

La vicepresidenta De la Vega tiene otro don, éste mucho más benéfico para el público: es perfectamente capaz de aprenderse lo que tiene escrito en los folios y de decirlo con otras palabras, sin mirar apenas un papel. Contó la historia de doña Rosario, la emocionó; recordó sus populares arengas por la radio de entonces y felicitó a Fonseca por volver a verle en semejante trance: ella misma fue quien presentó, no hace tanto, el libro del sobre las ya célebres “Trece Rosas” –también en Temas de Hoy: trece mujeres fusiladas al término de la guerra por el negro delito de ser mujeres y no ser franquistas– con que Fonseca alcanzó un éxito increíble de críticas y ventas el año pasado.

Doña Rosario, muy nerviosa, sonriendo siempre, hizo por fin lo que el oceánico Llamazares estuvo a punto de hacer, pero se acordó a tiempo de que no debía: leer el poema. Dijo: “Miguel Hernández me hizo esta poesía, que a mí me parece preciosa y que les voy a leer…” Y empezó: “Rosario dinamitera, / sobre tu mano bonita / celaba la dinamita / sus atributos de fiera”… Me quedé de piedra. Dios mío, ¡qué voz! ¡Qué dominio del verso! ¡Qué pausas, qué entonación, qué maravilla! ¡Como si en su vida hubiese hecho otra cosa esta mujer! Fue una descarga eléctrica. El público escuchó en absoluto silencio las cuatro estrofas, aquel prodigio de lectura, aquellos versos de cariño y pólvora leídos con una ternura y una sabiduría inauditas, y luego estalló como un cañonazo en una ovación que duró casi minuto y medio. Mucha gente se puso en pie. Doña Rosario era, en aquel solo instante, la encarnación de todas las mujeres que sufrieron, que fueron humilladas y encarceladas y torturadas, que padecieron persecución por culpa de lo que entonces se llamaba justicia y era todo lo contrario. Doña Rosario, chiquilla guapa de casi noventa años, nos miraba a todos y parpadeaba, quizá algo abrumada pero sobre todo feliz, contenta como un pajarito, y recibía aquel aplauso de minuto y medio como pago a toda una vida dedicada a no partirse y a no doblarse.

Pero antes había hablado Carlitos Fonseca. A este tipo alto y de aspecto severo que esconde –me consta– un corazón muy grande, le pasaba algo en la voz. Qué raro. Al principio pensé que era por lo desairado de la situación: cuando, en la presentación de un libro, eres el autor, te hacen la mismísima puñeta, porque te toca hablar al final y a ver qué dices que no hayan dicho ya los anteriores. Sólo te suele quedar el poco brillante recurso de dar las gracias a todo bicho viviente, lo cual no suele tener el menor interés, o de leer algo que traigas escrito de casa, solución todavía peor porque, sin la menor duda, vas a repetir lo que los otros han contado ya.

Carlos, que tenía la voz extraña, optó por lo de las gracias. Se las dio al público, presente allí por cientos aun a riesgo de perderse la inminente batalla de Austerlitz (el partido entre el Barcelona y el Arsenal, que empezaba una hora más tarde); a doña Rosario, por el tesoro de sus testimonios; a quienes siguen creyendo que la historia es lo que se puede demostrar que pasó y no lo que, con toda frescura, se inventan algunos “historiadores” sinvergüenzas que modifican peneuvísticamente el pasado hasta hacerlo coincidir con sus intenciones (estoy convencido de que Carlos estaba pensando en Pío Moa, pero no dio nombres). Y a…

Ahí, sí. Ahí se le quebró la voz a Carlos Fonseca. Este chaval serio, con una voz de barítono-bajo acostumbrada a no dejarse acoquinar por policías, por golpistas, por etarras o por mafiosos de cualquier especie (es uno de los mejores periodistas españoles en esa clase de información; siempre me ha hecho mucha gracia ver con qué frescura llama “maricón”, por teléfono, a cualquier preboste del Ministerio del Interior, que seguramente se queda de una pieza), empezó a tragar saliva y a hacer pausas de náufrago para poder seguir hablando.

“Alguien que no está aquí hoy… Es mi padre. Murió hace seis meses, cuando yo estaba terminando de escribir esto…” Una pausa más, esta larguísima, y a muy duras penas volvió a sonar, nada más que un segundo, la voz metálica de Carlos Fonseca, ya empapada de una emoción que de ninguna manera quería mostrar ante todos. Se ahogaba. No pudo murmurar más que una frase que apenas se oyó: “Este libro es para él”.

Jo… lines. Tragamos saliva todos, desde la vicepresidenta hasta los camareros que ya acechaban con los canapés. Eso no se lo esperaba nadie. Fue fulminante: los libros allí dispuestos por la gente de Temas de Hoy volaron en dos minutos. Estoy convencido de que Carlos se perdió el partido del Barça: la cola para que doña Rosario Dinamitera y Carlos Fonseca firmasen ejemplares se salía del salón.

Carlitos: te lo digo yo, que sí lo vi: ganó el Barcelona por dos a uno, chaval. Pero eso, la batalla de Austerlitz librada en París, es asunto de muy menor importancia comparado con tu libro, con el tsunami de esfuerzo, pasión y nobleza de alma con que has inundado esas páginas de Rosario dinamitera que, antes que estar escritas con hermosura –que la tienen; qué bien escribes, jodío–, son, antes que nada y por encima de todo, útiles. Útiles para que la verdad no se pierda ni se pervierta ni se transgreda. Útiles para que la memoria no se desmorone ni se contamine con las demagogias de los “historiadores” canallas. Útiles para que “los nombres no se pierdan en la historia”, como escribía, horas antes de morir, una de tus “trece rosas”. Útiles para que quienes vengan detrás de nosotros puedan enterarse de qué fue lo que en realidad pasó. Y no lo olviden.

Has escrito no sólo un gran libro, Carlos Fonseca. Has escrito un libro vehemente, liberadoramente útil.

Gracias.