El Estatut de Catalunya promulgado en 1979 no sólo era el texto legal más favorable que haya tenido Catalunya en la época moderna, sino que se mantuvo a lo largo de 25 años con la misma dirección política, lo que tampoco había ocurrido nunca y que permitió progresos que hoy parecen irreversibles. Pero en política nada es eterno, con el paso de los años la renovación resultaba inevitable y alguien pensó que, al mismo tiempo que se renovaban los dirigentes, se podía renovar también el marco legal y proponer un nuevo Estatut más ambicioso, propuesta que en un principio pareció esplendida pero que ha terminado en punta.

El nuevo Estatut es indiscutiblemente mejor, atribuye más competencias, pero en cambio la gestión de su aprobación ha destruido la unidad entre los catalanes, o mejor dicho, entre los partidos que los representan, cuando la unidad es el único argumento con el que se puede reclamar un mayor ámbito de autonomía. Y no sólo se ha roto la unidad, sino que se ha perdido el aire de responsabilidad que permitía hablar del oasis catalán para caer en un escenario que más que de drama ha sido de comedia de enredos o de vodevil. A lo que habrá que añadir todavía la confusión que acompaña al referéndum, que inevitablemente debilitará la fuerza del nuevo Estatut y quizás incluso salpique lo que parecía definitivo del anterior...

Pero, una vez dicho todo esto, hay que añadir inmediatamente que sería puro masoquismo creer que la realidad de los problemas de Catalunya y de sus perspectivas se reducen a los enredos del tripartito y de su liquidación o a las ambivalencias del referéndum sobre el Estatut. Alguien tiene que recordar que la sociedad catalana tiene problemas mucho más graves y alguien ha de decir muy alto que la sociedad catalana está en condiciones de afrontarlos y de mirar el futuro con optimismo.

Empecemos por los problemas que más directamente nos afectan. Vivimos en una sociedad neocapitalista, lanzada a la ganancia y al lujo que pretende compensar sus diferencias sociales escandalosas con un sistema de Seguridad Social que todavía funciona razonablemente bien, pero que está claramente amenazado a medida que disminuye el número de personas activas y aumenta el de dependientes. Y ello a su vez ocurre en el marco de un proceso de globalización que tiene múltiples consecuencias, empezando por la deslocalización industrial. A lo que se añade una emigración cada vez más numerosa y que puede abocarnos a una fractura social y a oleadas de chovinismo. Y una crisis energética, un terreno en el que Catalunya es especialmente débil y en el que es urgente tomar medidas. Y como telón de fondo, enfrentamientos ideológicos y religiosos de ámbito planetario. Es evidente que más aún que actuaciones de Gobierno lo que hace falta es replantearnos a la altura de nuestro tiempo los objetivos del proyecto político que Catalunya alumbró a finales del siglo XIX.

Pero el que sea necesario una reformulación no significa que las perspectivas sean negativas. Frente a los catastrofismos y a la nostalgia de soluciones tan radicales como improbables, opino que Catalunya está en un momento dinámico de su historia con un futuro cuajado de posibilidades. Para constatarlo, podemos empezar por recordar el pasado. Catalunya afirmó su identidad política a finales del siglo XIX, al mismo tiempo que se industrializaba con la industria textil en primera línea y con Manchester y Lyon como puntos de referencia a los que imitar y a los que claramente hemos sobrepasado. Por aquellos días el puerto de Barcelona intentaba ponerse a la altura de Marsella y de Génova, mientras hoy el complejo aeroportuario de Barcelona les ha superado ampliamente. Hoy Catalunya es un polo de desarrollo de la investigación médica y de la industria farmacéutica, igual como lo es de la informática y las nuevas tecnologías.

Como no soy economista ni técnico en desarrollo, no insistiré en estos temas y me limitaré al terreno que conozco bien porque es el mío: el universitario. Fui alumno de la Universitat de Barcelona en los años de su autonomía antes de la guerra; fueron años brillantes por lo que tenían de esperanza en una nueva época que empezaba, pero que de hecho fue brevísima. La pura verdad es que la Universitat de Barcelona de la primera mitad del siglo XX, comparada con una universidad alemana o francesa, era una universidad de segundo orden y siguió siéndolo durante muchos años, y cuando en 1966 me reincorporé a ella, esta vez como catedrático, la comparación seguía siendo abrumadora, de modo que cuando inicié la enseñanza de la Psicología en la universidad iba a París para inspirarme en los que a la sazón eran los grandes maestros de la psicología en Francia, e iba a Ginebra en busca de la enseñanza y del apoyo del maestro Piaget y de su escuela. Hoy la psicología que se investiga y que se enseña en las universidades catalanas es tan buena o mejor que la que se hace en París o en Ginebra. Y lo dicho para la psicología se puede repetir para otras facultades. La facultad de Medicina de la UBno sólo es un gran centro de enseñanza, sino que tiene una actividad científica importante y su hospital Clínic es un centro de referencia, y si es cierto que hay centros médicos en el mundo con más premios Nobel en su plantilla y con más trasplantes en su haber, también es cierto que prácticamente todos los trasplantes que se hacen en el Clínic son a cargo de la Seguridad Social, lo que es impensable en otros lugares. Que un mismo centro sea a la vez excelente en la enseñanza, en la investigación y en la asistencia social es algo ciertamente singular.

Escribo este comentario cuando hace mucho tiempo que he traspasado los umbrales de la vejez, pero escandalizado por una sociedad que no parece ofrecer a los jóvenes otra alternativa a la política de campanario y zancadilla que el alirón colectivo del fútbol o el desmadre del botellón. Cierto que nuestra sociedad es muy dura y que los problemas que tenemos son muy difíciles de resolver, pero también es cierto que estamos es un lugar excepcionalmente situado para abordarlos y con capacidad para hacerlo de manera que debemos aprovechar la ocasión. Porque hoy más que nunca, por encima de anécdotas pasajeras, para decirlo con palabras del poeta, todo está por hacer y todo es posible.

MIQUEL SIGUAN, catedrático emérito de la UB

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