Aunque algunos portavoces del Opus Dei como el catalán Marc Carroggio Guerin --uno de los jefes de prensa de la Obra en el Vaticano y hermano del cineasta José Luis Guerin-- han demostrado un loable fair play al juzgar la película basada en El Código Da Vinci, otras voces de Roma la han rechazado violentamente con dos críticas que, a mi juicio, son las más débiles que se podrían hacer, tanto contra el libro como contra el filme: que todas las teorías deL escritor Dan Brown son falsas y suponen un ataque del Gobierno de Estados Unidos al Papado por su postura contraria a la guerra de Irak.
Lo primero es casi un pleonasmo, pues ya se sabe que lo que escribe Brown se basa en datos no demasiado fiables (las referencias a Andorra ya dejan claro que las fuentes que maneja no son lo que se dice de primera mano), ¡pero solo se trata de una ficción literaria!; si nos ponemos críticos, los Evangelios canónicos tampoco son un prodigio de coherencia y rigor histórico. Y la idea de una represalia del Gabinete de George Bush contra la Santa Sede resulta un poco delirante: últimamente hemos visto obispos protestando en manifestaciones, pero ninguno que yo sepa empuñaba pancartas de "no a la guerra".
A cambio, el Vaticano sí podría haber protestado hace tiempo de la progresiva desaparición de cualquier simpatía por el catolicismo en las películas de Hollywood, que contrasta con el notable fervor de que hacía gala en otros tiempos. En el cine americano clásico, cuando salía un sacerdote siempre era católico: pensemos en Spencer Tracy como el esforzado padre Flanagan, redentor de pilletes en Forja de hombres, Bing Crosby como cura-crooner de aterciopelada voz en Siguiendo mi camino o Debbie Reynolds como la dicharachera hermana Sonrisa en Dominique, o en los epics de exaltación cristológica tipo La túnica sagrada, Quo Vadis, Ben-Hur, que, por cierto, estaban producidos por judíos.
EN LA actualidad, la presencia de algún ministro de Roma en el cine se asocia casi siempre a un personaje negativo (a veces de forma muy sutil pero clara, como en Mystic river), e incluso las superproducciones históricas, que antes solían eludir cualquier punto conflictivo, también tiran a dar contra los representantes de la Iglesia oficial a costa de caer en rotundos anacronismos (El rey Arturo, El Reino de los cielos).
La explicación de este cambio no es difícil de entender si consideramos tres puntos. Por un lado, hay que recordar que los aspectos morales y religiosos del cine americano estuvieron controlados entre 1930 y 1966 por el llamado Código de Producción --o Codigo Hays, en honor al que fuera durante muchos años presidente de la patronal del cine--, un manual de autocensura destinado a calmar a los colectivos más puritanos y que las productoras se comprometían a cumplir. El código fue un invento de los católicos, que a través de la Legión de la Decencia se implicaron a fondo en la salvaguarda de la moral en las películas. Lo redactó un jesuita, el padre Lord, y el encargado de vigilar su cumplimiento estricto era un católico laico, Joseph Breen. El relajamiento de costumbres ocurrido en los años 60 llevó a su desaparición.
Por otra parte, los judíos, que desde que existe Hollywood eran los impulsores de la producción, durante muchos años estuvieron metidos en su armario particular, camuflando sus orígenes y mezclándose con los gentiles, pero cuando el Gobierno norteamericano empezó a cambiar su opinión sobre el Estado de Israel a raíz de la Guerra de los seis días, los personajes positivos de las películas empezaron a ser los judíos y desaparecieron las hagiografías cristianas, hasta el punto de que la reciente Pasión de Mel Gibson fue vista casi como un acto de resistencia y alabada solo por una minoría.
EL TERCER punto es que la Iglesia de Roma, a raíz del Concilio Vaticano II, favoreció una actitud menos intransigente y exclusivista con los medios a fin de romper un poco la imagen negativa que los más progresistas de sus propios fieles criticaban.
Por todo esto, las críticas a la Iglesia de Roma no tienen únicamente un componente reivindicativo, sino que, además, gozan de plena impunidad, ya que los grupos más integristas tienen la consigna de no demostrarlo explícitamente, lo que les dificulta sobremanera las posturas obstruccionistas. Y lo más importante es que cualquier cineasta puede expresar mensajes anticristianos sin temer por su vida, algo que no es tan seguro cuando se habla de otras confesiones (¿recuerdan el caso de Theo van Gogh?).
En resumen: bienvenidos sean los mensajes revisionistas sobre la concepción vaticana del mundo, pero sin olvidar que la intolerancia, el autoritarismo y la falta de sentido del humor no son, desgraciadamente, exclusiva de una determinada religión.
RAFAEL De España. Profesor de la Universitat de Barcelona y director adjunto del Centre Film-Historia del Parc Científic de Barcelona.

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