Alfonso Guerra sostiene que los referendos los carga el diablo, pero si además a alguien se le ocurre convertirlos en plebiscito, entonces es que alguno está decidido a contratar directamente a Belcebú de granadero. Pasqual Maragall, que vive sin vivir en él desde que Zapatero le puso los cuernos con Artur Mas, se agarra al referéndum del Estatut como el clavo ardiendo para repetir en el Govern. Si la participación en la consulta es aceptable y gana el sí por una amplia mayoría, Maragall sacará pecho y se sentirá con argumentos para volver a ser el cabeza de lista.
El PSC deja hacer, aun con el coste de que Zapatero mire de forma aviesa a su ministro de Industria, que tampoco pasa sus mejores días. El partido no tiene un candidato alternativo con suficiente tirón electoral y tampoco entiende por qué debe cambiar sus alianzas por el hecho de que el presidente del Gobierno, y la cúpula en general del PSOE, sientan alergia ante la presencia del nieto del poeta.
Así que, a medida que pasan los días, los barones del PSC empiezan a decir con boca más o menos pequeña que podría reeditarse el tripartito, "aunque sobre otras bases", según aclaración del propio Maragall. Los ciudadanos asistimos a todos estos juegos malabares no como si tuviéramos silla de pista en el Cirque du Soleil (en sus carpas nunca se cae nada, ni nadie), sino como si ocupáramos una silla de tijera en un circo para principiantes, donde se intentan repetir los equilibrios por más que caigan las funambulistas.
Algunos piensan que lo más cabal hubiera sido continuar con el mismo Govern hasta la aprobación del Estatut y anunciar elecciones anticipadas, al tiempo que Maragall explicaba que no se presentaba a la reelección. Entre los que auspiciaban esta solución figuraba nada menos que Zapatero. Con estos presupuestos, la campaña del no sería menos exacerbada, Maragall pasaría a la historia como el president del Estatut y habría la posibilidad de ensayar otros gobiernos.
La foto del fin de semana de Pasqual Maragall con su equipo semejaba la imagen de las inauguraciones de nuevas sedes de Marina D´Or, donde el personal aparece estupefacto ante tanta exhibición de presunto futuro. El president declaraba después que retrasaría las elecciones al máximo, por más que la sensación general sea de estar bajo mínimos. Una idea tan sorprendente como cuando soltó que después del Estatut en su relación con Zapatero sonará la música celestial. Así que Maragall no debe creer que los referendos los cargue el diablo, sino que son la batuta del coro de arcángeles.
Será el efecto del sol de Marina d´Or en el Pati dels Tarongers.

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