El timo de la estampita, de Cristina Peri Rossi en El Mundo de Cataluña
A quienes nos gusta la filatelia como coleccionismo, coto vedado y lenguaje cifrado (saber qué es el valor facial de un sello, o una filigrana de dos coronas, o un error muy valioso) nos da pena el engaño que más de una vez se ha practicado con el coleccionismo trucado en inversión.
Dudo de que en algún otro país se de la mezcla de ignorancia, ingenuidad y afán de lucro como para que se monte una estafa de la magnitud de Afinsa. Una mezcla demasiado frecuente en (¿cómo llamarla? ¿País? Temo ofender susceptibilidades nacionalistas.¿Germen federado? Ay, si me lo toman por una semilla. ¿Comunidad de naciones? ¿Y si me lo confunden con las Naciones Unidas? ¿Conjunto de narcisismos? Consecuencia, todavía, del franquismo: afán de lucro más ingenuidad e ignorancia. A pesar de que todo el mundo sabe que nadie da duros por cuatro pesetas y de que es muy difícil hacerse rico trabajando, el timo de la estampita practicado con el ahorrro filatélico no es la primera vez que asalta a los pequeños inversores.
Un amigo muy escéptico dice que él tiene un método infalible para que no le esquilmen sus ahorros ni los bancos, ni las caixas, ni los vendedores de estampitas: no tener ahorros. Porque cuando la gente tiene algunos ahorros comienza a preocuparse por hacerlos crecer. Como si se les disparara el gen del lucro. Ya sé que el gen del lucro todavía no se ha descubierto, pero es porque no han investigado en este conglomerado de grandes, pequeñas y medianas naciones que es España.
El timo de los sellos es muy sencillo. Usted suscribe un contrato por el cual entrega euros y le devuelven sellos de correos. Un montón de sellos nuevos, sin usar, con goma atrás, pero de escaso valor filatélico, o sobrevalorados hasta en un mil por ciento.Los puede tener en casa para completarlos como si fueran monedas en la hucha o los puede dejar depositados en la compañía. Ésta se compromete a recomprárselos cuando usted quiera más un interés entre el seis o el siete por ciento, mucho más de lo que le dan Botín o la Caixa, que no dan sellos, sino tenedores y cuchillos.Pero hete aquí que para poder seguir dándole sellos de escaso valor real (no espere que le den el sello del primer viaje del Generalísimo a Canarias, que cuesta casi medio millón de pelas) hay que seguir haciendo nuevos contratos de manera indefinida.Y la pirámide tiene un tope.
El día en que deja de crecer, el edificio se desmorona. Y el ingenuo inversor descubre que los sellos que le han dado tienen muy poco valor, son papel impreso y nada más, hasta posiblemente falsificado. J.P. Galbraith lo contó mucho mejor a propósito de la especulación con los bulbos de tulipán en Holanda. Pero como casi todos los genios, acaba de morir sin que nadie le haya hecho mucho caso.
No son buenos tiempos para los críticos del capitalismo; son buenos para los timadores: dinero fácil a expensas de la ingenuidad y del afán de lucro. Nunca hubo, ni siquiera en los Estados Unidos, un capitalismo popular.
