El mundo está cambiando. Parece una perogrullada, ya que, de un modo o de otro, el mundo siempre está cambiando. Pero ahora parece que empezamos tímidamente a dirigirnos hacia una democracia más real de la que hemos tenido hasta ahora, tanto a nivel local como global. Estos dos últimos años algunos hemos asistido con entusiasmo y sin miedo a la frenética actividad política que se ha desarrollado en Cataluña y desde luego también desde el gobierno central, al frente del cual, el señor Zapatero da la impresión de ser un auténtico demócrata, astuto y buen jugador de sus cartas, pero siempre con el respeto y las reglas del juego en la mano. Unas reglas mucho más flexibles de lo que nuestra democracia había dado de sí hasta ahora, viciada por el necesario y forzoso reciclaje a la democracia de aquéllos que aún no han entendido de qué se trata. La experiencia del tripartito en Cataluña ha sido, por lo tanto, gozosa. Su disolución es una lástima, porque por primera vez, los políticos se veían forzados al diálogo, a considerar necesariamente las opiniones de los otros sin poder hacer de su capa un sayo. La democracia consiste en eso, aunque a algunos no les guste. Como no ha gustado la decisión que tomó el presidente de Bolivia -con todo el derecho, puesto que se trata de un país soberano y de los propios recursos- al nacionalizar los hidrocarburos.
Los países del que se llamó primer mundo, se definen como defensores de la democracia. En realidad, a los países ricos, no les interesa que la democracia se popularice, como no les interesó a los atenienses pudientes que su simulacro de democracia se hiciera extensiva ni a las mujeres ni los esclavos. Da la impresión de que la democracia ha sido la mejor opción hasta que los pobres la han hecho suya y en nombre de sus derechos democráticos ya no permiten que se les expolie, exigiéndoseles además que se muestren agradecidos.Hace bien el primer mundo en temblar. Si la democracia se extiende, no habrá más remedio que escuchar y reconocer las legítimas reivindicaciones y condiciones de MERCOSUR, por poner un ejemplo, y de tantos otros.
El primer mundo tendrá que aceptar que ya no puede seguir manteniendo con el resto de los habitantes del planeta la actitud que ha tenido hasta ahora, a caballo entre el paternalismo y el colonialismo.Siempre hemos sabido que el neoliberalismo feroz de los últimos tiempos tenía los días contados -muchos o pocos- pero contados, porque era insostenible. Hay que celebrar que, al parecer y de momento, no vaya a acabar en un cataclismo. El primer mundo debería entregarse a un período de reflexión sobre sus estrategias y objetivos si no queremos hundirnos todos, pero no son ellos quienes sabrán reconducir las cosas. Las claves las tienen todas esas personas, que ya existen, que son cada vez menos anónimas y están preparadísimas para la propuesta de alternativas, porque llevan años tomándoselo en serio y gestando el cambio, porque creen firmemente en los principios democráticos y en los derechos humanos.Desde este primer mundo, presuntamente tan democrático, corremos el peligro de ignorar la situación, de seguir imponiendo nuestros criterios neoliberales a costa del medio ambiente, del derecho laboral, de los derechos y el bienestar de la ciudadanía. Ojalá los que aún tienen la sartén por el mango se den cuenta de la gran oportunidad que se les ofrece de contribuir a la construcción de un mundo distinto, quizás algo más justo, en lugar de recurrir a artimañas perversas para no tener que renunciar a su codicia.La pelota está también en su tejado.

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