Nunca le he preguntado cómo llegó a sus libros (hasta hoy nada fáciles de conseguir), a mí me costó -algo después- poner a buscar a varios amigos. Pero sé que en un viaje a Colombia en 1997, Paco Brines -a punto de ser recibido en la Academia- quiso conocer a Raúl Gómez Jattin, un poeta a menudo deslumbrante, refinado, primitivo y exquisitamente bárbaro. Nuestro común amigo allá, Alvarado Tenorio, llevó a Paco a Cartagena de Indias, donde vivía el poeta tenido por homosexual, drogadicto y loco. Pero sólo llegaron a tiempo del velorio. Jattin acababa de morir arrollado por un coche en una autopista. Otros dirían que se arrojó para suicidarse. Ahora Pre-Textos republica en España la antología que hizo de su obra lírica, en México, Carlos Monsiváis, Amanecer en el Valle del Sinú. Qué pena que la labor no se haya hecho aquí, donde Gómez Jattin cuenta con un minoritario y selecto clan de incondicionales. (Yo lo incluí en mi antología Amores iguales de La Esfera de los Libros).
Hay que festejar a este gran poeta del trópico -de abuela libanesa- en el que se mezcla de modo personal, la influencia imposible de Cavafis con la del colombiano Porfirio Barba Jacob. Un poeta de la vida airada, culto, de bellísima dicción, puro -pese a lo que los puritanos llamarían sus vicios- y de una limpidez honda propia del mejor clasicismo. La poesía de Gómez Jattin (1945-1997) abunda en medallones que retratan personajes de la calle, recuerdos o escenas de amor o erotismo y poemas históricos, concebidos como estampas o retratos, además de los finales poemas del loco que ha sufrido en exceso
¡Qué maravillosos y políticamente incorrectos tantos poemas de santa lujuria! Cito el comienzo de Un probable Constantino Cavafis a los 19: «Esta noche asistirá a tres ceremonias peligrosas/ El amor entre hombres/ Fumar marihuana/ Y escribir poemas». ¿Será el mismo Ambiguo y atormentado sexo de mi ángel? Jattin -que era un primitivo- recuerda con dulce amor y libido cómo los muchachillos del pueblo -Cereté- follaban con cabras o vacas o gallinas y compara sus calidades con las de chiquitas y mujeronas algo calientes y evidentemente fáciles. Es todo tan limpio en ese sano arrecho que cualquier comentario ensuciaría tan prístina patena. El amor lo traerá luego el primo que de mayor olvida esos ardores, o los consejos al hijo de una amiga, desde el poeta lúbrico: Tienes ahí bajo la piel/ una loca angustia de ser violado con dulzura.Como oí una vez decir a un cura -condenando, pobre- nada en estos poemas, algunos hermosísimos, está vetado o velado, aunque jamás se pierda el arte y su piedra de alquimia...
Raúl Gómez Jattin -con belleza de palabras- nos devuelve a un paganismo, que sólo en el daño ve culpa. El mal es no hacer el bien (y por eso hay tanta gente de orden malvada) pero el sexo ejercido en mutua libertad y el afán de devorar la vida como un fruto rezumante y jugoso, todo ello es pura bendición del Dios desconocido. Pero como nuestra sociedad, menos libre de lo que proclama, lo quiere todo atado y medido, ¿qué hará el pagano, sino llorar su tedio junto a la autopista? Gómez Jattin no fue un vicioso. Fue un santo loco antiguo.

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