"¿Aprueba usted el Estatut aunque lo considere insatisfactorio?". Ay, si la democracia fuera creativa, si pudiera hacerse una pregunta de este estilo..., no dudo que el Parlament la votaría por unanimidad. Tampoco dudo que el sí sería abrumador, el no insignificante y la abstención alta, pero por falta de aliciente sobre el resultado.

De ahí un par o tres de constataciones. Lejos de estar dividida, como podrían indicar las urnas, la sociedad catalana tiene una actitud bastante homogénea hacia el Estatut. El sentir muy mayoritario concuerda en una frase como la primera de este artículo. Observo incluso mayor unanimidad a la ahora de considerar que las culpas de las insuficiencias son nuestras, que lo hemos llevado mal, vaya -en Madrid muy bien-, y que son muy escasas las esperanzas de que lo hagamos mejor en un futuro más o menos cercano.

Dicho esto, y a modo de paréntesis no consolador, añadiré por mi cuenta que más chiripitifláutico ha sido lo de Italia, con un primer ministro no homologable que se cambió la ley para ganar y hubiera ganado de no haberla cambiado. Eso sí es colosal, señores. A tanto, seguro que no llegamos por mucho que nos entrenemos. Más vergonzoso que lo nuestro es lo de Francia, con el presidente y su favorito acusados de conchabarse para espiar y difamar al rival y compañero, a ver si así se lo sacaban de encima para siempre. Tampoco llegaremos a tanto. Como la Generalitat no dispone de servicios secretos, no puede sucumbir como los demás a la tentación de usarlos al antojo y conveniencia del que manda. Tan bajo como en Francia, nuestros políticos no pueden caer. Ni son tan hábiles como los italianos, capaces de rizar el rizo hasta noquearse con el boomerang que han lanzado. Alivio pues de quienes tienden a considerarnos campeones del ridículo. En todo caso, no podemos competir con los dos primeros. No está nada mal para un país tan pequeño y bien avenido, pero en este podio no pasamos, como mucho, de ser los terceros (sin contar lo que no sabemos de países menos importantes).

Mal traduciendo del francés, volvamos a nuestros borregos. Veo, aunque tal vez interpreto mal, y entonces ya me disculparán, que la campaña por el no ha encontrado un argumento a la italiana en la presión sobre Maragall para que anuncie su retirada de la política. Por si no les ha llegado, se llama al president para que anuncie que no se volverá a presentar, so pena de convertir el referéndum en un plebiscito sobre su continuidad. Cuanto más abultado el sí, mejor para Maragall, cierto. Pero como este anuncio el president no lo hará, entonces quienes le piden que dimita están, en el fondo, propugnando el no convergente. Ahora bien, si resultara que Maragall anuncia que plega, entonces el único beneficiario del sí pasaría a ser Artur Mas, con lo que no pocos que votarían sí a Maragall o al tripartito pasarían a votar no para que se fueran juntos al retiro y se reequilibraran así las posibilidades de los dos grandes partidos. O los dos con cabeza, o los dos descabezados, ¿no?

Para tranquilizar a los amigos que me tildan de arúspice -oficio más distinguido e influyente entre los romanos que el de analista político entre nosotros-, una explicación de mi actitud. Si estuviera a buenas con Júpiter Capitolino, le insistiría para que el no fuera todo lo abultado posible sin llegar a poner en peligro el sí. Todos los que desean mayor autogobierno y control sobre la propia caja del concedido en el Estatut de la Moncloa estarán de acuerdo conmigo en que un sí abultado cerraría la puerta a nuevas reivindicaciones por una larga temporada. Si ganara el no, un desastre. Un sí pero no, en cambio, traduciría muy bien la actitud mayoritaria de la sociedad catalana y no cerraría el proceso, sino que lo dejaría abierto. Con Maragall, con Mas, con los dos o con quien fuera, ya importaría bastante menos. Si el sí pero no es la realidad, ya podemos interpretarlo, con independencia de porcentajes.