Después de unos suspiros republicanos de Zapatero, un espontáneo de boquilla en el ruedo ibérico, en el palacio de la Zarzuela se ha encendido la luz ámbar —que no roja— y tras una pausa prudente la Casa Real se ha puesto las pilas y han salido a por todas las oportunidades de baños de multitudes diciéndoles a los monárquicos asustados, que le han dado tres cuartos al pregonero y que se temían lo peor, ¡el principio del fin!, eso de ¡quién dijo miedo! Y al frente del contraataque mediático y de opinión pública, como no podía ser de otra manera, ¡el Rey!
Si se descuida Fisichella en la parrilla de salida de Montmeló, el monarca la quita el sitio, se monta en el bólido azul de la Renault y le echa una carrera al monstruo Alonso, con el que compartió las mieles de la jornada y del triunfo hasta lo más alto del podio, en donde se temió que los pilotos, botellón de cava en mano, fueran a por Maragall o Montilla en la presencia del Rey.
Días antes fueron los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Leticia, los que al ritmo de las palmas sevillanas se lanzaron al césped holandés para celebrar la Copa de la UEFA con el Sevilla campeón y centenario en un baño de multitudes y de euforia en el que la princesa perdió un tacón de cristal y un tanto la timidez, porque ha pasado de hablar un poco demasiado con la prensa —para reñirle a Peñafiel— a un mutis delicado, como si la doña estuviera todo el día tomando el té.
Nos faltó, en Roma, Doña Cristina y el empresario avispado de Urdangarín tocandole las palmas en Roma al joven Nadal, hispano gladiador mallorquín que hizo morder el polvo rojo del circo romano a la impresionante máquina de relojería suiza, Federer.
Pero hecho el paréntesis —a lo mejor los adivinos de palacio no creyeron en Nadal—, y con motivo de San Isidro, regresó a los ruedos el Rey. Al coso de las Ventas a recibir los brindis, los aplausos, el afecto general de los chulos y chulaponas de Madrid en esa, la misma, plaza donde el ahora tan recordado y debatido Manuel Azaña dio un histórico mitin. El Rey en barrera —los aguadores del sediento monstruo de Seseña en el callejón— y la infanta Doña Elena, la futura reina según los elenistas y los promotores de la ley de la igualdad de la mujer, tan elegante, castiza, guapetona y acompañada en un palco por el siempre gentil don Jaime de Marichalar, mientras en su casa el pequeño Froilán corría a patadas y balonazos a los escoltas.
Y prepárense para el gran desfile de sangre azul y roja en el palco presidencial de la Copa de Europa, el miércoles en París, donde Zapatero tiene prometida su presencia, a igual que la tropa de la política catalana, todos contra Tierry Henry. ¿Dónde están los abajo firmantes republicanos del panfletillo amparado por los rojillos de El País, que todavía no saben que si República no es igual a democracia todo lo demás mejor sería dejarlo donde está? ¿A cuento de qué tantos aspavientos dramáticos en ABC? Pero ¿no veis lo tranquilo y sonriente que está el Rey?
No pasa nada, ni España se rompe en Cataluña, ni Ternera será lehendakari en Vitoria, ni cae la monarquía, ni Zapatero sabe dónde va, ni Rajoy las ve venir. Hace, eso sí, mucho calor, se acerca el Mundial de fútbol alemán —otra vez de viaje la familia real— y luego el referéndum flácido de Cataluña, el entierro de Maragall y, ¡por fin, la playa! Y otra vez la familia real en pleno ¡a navegar! ¿Y no hará nadie una escapadita a Valencia para hacer una foto en las previas de la Copa del América? A ver, a ver, si Doña Leticia se acerca a la playa de la Malvarrosa y toma un poquito el sol para llegar más morena al palacio de Marivent.

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