PONGAMOS que hablo de una ciudad enorme y acogedora, una urbe mestiza y abierta donde hormiguean casi cuatro millones de habitantes sin sentirse forasteros. Pongamos que hablo de una capital inmensa, agitada y productiva con el mayor crecimiento económico de España. Pongamos que hablo de un gigantesco caos cotidiano de tráfico y de la mejor red de transportes públicos de Europa. Pongamos que hablo de un lugar donde a nadie se le pregunta por su origen y cuyos ciudadanos nacen donde les da la gana. Pongamos que hablo de un territorio donde el nacionalismo es un absurdo con el que a veces se agrede sin fundamento a unos habitantes que sólo quieren sentirse hijos de la libertad. Pongamos que hablo de un sitio donde se habla de España con grandeza y orgullo. Pongamos que hablo de una patria sin banderas separadoras ni fronteras interiores, de un país sin exclusiones ni esencialismos.

Pongamos que hablo de una casta dirigente que tiende a creerse el ombligo del mundo. Pongamos que hablo de miles de tipos dedicados al ejercicio diario de la conspiración y la endogamia. Pongamos que hablo de la sede de un Gobierno que cada vez manda menos en una nación desarticulada y centrífuga. Pongamos que hablo de una corte monárquica con un corazón republicano. Pongamos que hablo de la cuna del caducado mito centralista. Pongamos que hablo de un río de dinero que cambia de manos con una facilidad asombrosa. Pongamos que hablo de capitalismo financiero, de asaltos de empresas, de lucha encarnizada y feroz por el poder en todas sus facetas. Pongamos que hablo de una enorme trituradora de ambiciones y anhelos, de una máquina de picar reputaciones y famas, de un sumidero de pasiones, de un colector de pretensiones y codicias.

Pongamos que hablo de un millón de extranjeros que cada mañana buscan su porvenir en las tripas de un laberinto humano. Pongamos que hablo de una clase media azacaneada en su instinto de supervivencia. Pongamos que hablo de los comercios más lujosos y los restaurantes más caros. Pongamos que hablo de una vida nocturna frenética que busca el placer como si al alba fuera a acabarse el universo. Pongamos que hablo de una intensa actividad cultural y un fuerte pálpito político. Pongamos que hablo de un aeropuerto gigante y una población flotante que llega cada mañana con el quehacer urgente de comerse el mundo a dentelladas. Pongamos que hablo de suburbios agitados en los que ladran los perros del delito y la droga. Pongamos que hablo de rascacielos de cristal donde trajinan los amos de la Bolsa y la vida. Pongamos que hablo de colmenas de funcionarios y de hospitales saturados, de ejércitos silenciosos de seres que nunca saldrán en los periódicos. Pongamos que hablo de una vasta ciudad poliédrica, heterogénea, híbrida, cosmopolita, abigarrada, dispar, compleja...y feliz.

Pongamos que hablo de un universo urbano invadido por el virus de la libertad. Pongamos, pues, que hoy es el día de San Isidro y, por tanto... sí, pongamos que estoy hablando de Madrid.