La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

15 Mayo 2006

Escuchen a sus señoras, de Enrique Murillo en El Mundo de Cataluña

Algunas de las cosas que han pasado durante el largo proceso estatutario me han acabado la paciencia. Como me decía Josep M. Castellet cuando le entrevisté en enero para este diario, si se sabía de antemano que no había cambios radicales posibles, ¿por qué se empeñaron en hacer un nuevo Estatut? Sabían que no era posible sin cambiar la Constitución. Sabían que lo importante no era un debate de esencias patrias, sino la recuperación de las inversiones del Estado al nivel del PIB catalán, el control de aeropuertos y ferrocarriles, y pocas cosas importantes más. Sabían que en la oposición habían lanzado la idea del nuevo Estatut como táctica política para desgastar a Pujol y Aznar.
Cuando, para propia sorpresa, consiguieron formar gobierno, también sabían que era mejor desdecirse, pasar un poco de vergüenza ante CiU y el PP, y dejarlo correr. Pero los del tripartito iniciaron la campaña electoral de las próximas legislativas autonómicas el día mismo en que Maragall entró en el Palau de la Generalitat y Carod tomó el tren de Perpignan, mientras Saura peleaba por la cartera de Relaciones Institucionales, la que daba la manija del tema estatutario. Todo ha sido puro tacticismo, yo soy más guapo y más catalanista que tú, y ésa es la lógica que rigió la redacción del texto, y la lógica que finalmente ha conducido a la elaboración de un Estatut malejo y la destrucción del tripartito.

¿Qué pensar de un presidente que por seguir siendo presidente aceptaba que los partidos coaligados le nombraran el gobierno a cachitos? ¿Qué pensar de un partido que nombra conseller al sospechoso de corrupción, y que invita a su militancia a destruir lo que algunos hombres tan valiosos como Puigcercós habían construido en Madrid? ¿Qué decir del comparsa o cumparsista, el sonriente representante de la clase obrera y el ecologismo militante? Me han acabado todos los cuartos. Hasta tal punto que: 1º, decidí que del referéndum iba a pasar. 2º, que el pragmatismo de Mas y su astucia a la hora del pacto con Zapatero me parecían más prácticos y solventes que todo el supuesto izquierdismo de aquellos a quienes yo voté. Y 3º, que el día del referéndum, que votara su abuela.

Hasta que hablé con mi mujer. Escuchen a sus señoras, queridos lectores. Al hilo de un telediario, ella, que pasa generalmente de política, dijo como quien no quiere la cosa que iba a votar sí en el referéndum. De repente me di cuenta de que esto hay que pensarlo muy seriamente. Que por mucho que los chapuceros del tripartito hayan hundido la izquierda para unos cuantos años, a lo mejor es cierto lo que dice ella. Que por malo que sea el nuevo Estatut, es el que hay, y es marginalmente mejor que el de antes, y que viene con el aval bancario del pacto Mas-Zapatero.

Ya saben que yo no me meto mucho en política. Hoy entenderán por qué. Es que no entiendo. Pero procuro escuchar a la gente templada, como mi señora. Que pasa de política mucho, pero dice que al referéndum hay que ir, y que hay que votar que sí. Me lo voy a tener que pensar.

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