Las cintas del «caso Sopeña» se suman a las de Zaplana, o a las de los populares en Gijón, lo que convierte a este partido en el más grabado de la democracia.
Qué nos van a contar en Gijón de lo mucho que revuelve la actualidad el manejo de grabaciones secretas? ¿Qué nos van a decir sobre ese imán que el Partido Popular parece tener con las cintas magnetofónicas o las registradoras digitales, aunque, en honor a la verdad, hay que reconocer que no es un privilegio en exclusiva?
Total, que aquí estábamos la mar de intrigados con las grabaciones de la Casa Blanca -no las de Nixon, sino las de la plaza del Parchís-, pero nos ha venido encima un tornado de cintas procedentes de Oviedo, acerca del senador y edil popular Javier Sopeña, que, a su vez, parecen haber revuelto las fonotecas ocultas dedicadas a la política oscura.
Hay que anotar, no obstante, y para que no haya equívocos, que, a diferencia de las del PP de Gijón, las grabaciones que ahora revolotean por todas partes pertenecen a una tipología concreta, amasada a base de comisiones urbanísticas o financiación de los partidos, es decir, las dos grandes lepras del mundo político contemporáneo.
Pues bien, sucedió que recién conocidas las grabaciones que conciernen a Sopeña, el PSOE ha empezado a rebuscar en sus baúles aquellas que registraron la voz de Eduardo Zaplana, portavoz en el Congreso del grupo parlamentario del PP y magnífica incorporación -es un decir- por parte de José María Aznar al núcleo fuerte del partido.
No sabemos si a Zaplana le acabarán sacando otra vez las cintas del «caso Naseiro», del que se cumplen 18 años y en el que un entonces joven y ambicioso abogado que llegaría a presidente de la Generalitat valenciana pronunciaba frases más que comprometedoras.
A Zaplana no le han recordado todavía el «caso Naseiro», pero sí el «caso Terra Mítica», en el que se ve involucrado este personaje mediante grabaciones que le relacionaban con el cobro de comisiones ilegales, gracias al inflado de facturas.
Pero han salido más cintas en los últimos días. En el Ayuntamiento de Orihuela, Alicante, un concejal socialista ha dimitido en vista del contenido de unas grabaciones realizadas por un empresario y en las que sale muy mal parada la adjudicación del servicio de recogida de basuras de la localidad, y el papel en todo ello del grupo municipal del PP, que gobierna el Ayuntamiento.
Pero seríamos injustos si consideráramos que sólo el PP es una perita en dulce para sacarle los colores mediante grabaciones.
El lío de las cintas de Sopeña nos recuerda otras grabaciones de pistón acaecidas en Asturias. En 2001, la FSA-PSOE llevó al fiscal -como acaba de suceder ahora- unas cintas que implicaban en un posible escándalo de comisiones por la instalación de un hipermercado al entonces portavoz socialista del Ayuntamiento de Langreo, José Laudelino Campelo, y al presidente del PP en el mismo municipio, Javier Suárez Álvarez-Amandi. El registro de las conversaciones había corrido a cargo del empresario Pedro Piñera, representante de una promotora urbanística, y de Juan Pedro Iriazábal, hombre visible de una firma comercial. Supuestamente, Campelo pedía gruesas comisiones para allanar junto al PP el camino de aquel proyecto.
Adviértase que la pauta de comportamiento del PSOE entonces -dejar pelos en la gatera con el sacrificio de un peón propio, Campelo, para afear al PP-, se repite ahora en el «caso Sopeña», ya que el senador popular ha maniobrado de tal forma que acusa al autor de las grabaciones -el intermediario Regino Canteli- de trazar un plan con el PSOE para desatascar ciertas licencias que le atañen en Laviana, Ayuntamiento socialista, a cambio de las cintas.
De paso, figura en los registros el nombre de Serafín Abilio Martínez, empresario y presidente de la Confederación Asturiana de la Construcción, circunstancia cuyas consecuencias todavía no han sido exploradas.
Pues bien, para que nadie sienta envidia de lo mucho que se graba por el mundo, en Gijón seguimos pendientes del CD que el edil Emilio Noval remitió a la jefatura madrileña del PP para demandar amparo frente a las gruesas palabras grabadas en reuniones internas del partido y en las que el sector de Pilar Fernández Pardo acusaba al propio Noval y a las otras tres concejalas díscolas -Lucía Ezquerra, Luisa Peláez y Vanesa Álvarez- de pasar información al PSOE en el Ayuntamiento, o de ser «células cancerígenas» dentro del partido.
Éstas y otras vicisitudes convierten al PP en el partido más grabado de la democracia española, aunque también es cierto que hasta le fecha ninguna grabación ha servido para conmover a ninguna formación política. Sólo han conmovido a la opinión pública.

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