Importante episodio, de los que dejan huella, en la política española. La casa patas arriba en la calle Génova y hasta en Ferraz. El dicho según el cual perro no come carne de perro, es decir, que la clase política, con bien ganada fama de endogámica, no tira piedras contra su propio tejado, que no se pone la zancadilla, que no es posible imaginar a un peso pesado del PSOE tratando de acabar con la carrera política de uno del PP y viceversa, toda esa letanía de sobreentendidos sobre el compadreo, cuando no la simple corrupción, de la política, estalló el viernes en mil pedazos cuando la cadena SER, quién si no, comenzó a difundir la especie de que dos diputados del PSPV habían presentado una denuncia contra Eduardo Zaplana, al que acusan de haberse forrado con las obras de Terra Mítica, en suspensión de pagos desde hace tiempo.
De inmediato el portavoz del Gobierno, Moraleda, dispuesto a hacer horas extras, comenzó a enviar mensajes de sms advirtiendo a la cuadra de periodistas amigos, mayormente pesoes, de la buena nueva. Un Zaplana indignado le recriminaba por móvil su actitud (“ha sido un error”), al tiempo que llamaba a Zapatero (que no se le puso) y a Pepiño Blanco (que sí). A Zaplana le acababa de caer encima el diluvio universal que tanta gente, durante tanto tiempo, le andaba augurando. ¿Final de su carrera política, precisamente en el momento en que en los ambientes del aznarismo militante se empieza a barajar su nombre como sustituto de Mariano Rajoy? ¿Casualidad?
Es verdad que la iniciativa de los dos diputados socialistas valencianos tiene un aspecto pésimo, tanto que espero que den con sus huesos en la cárcel si llegara a demostrarse que se trata de una denuncia falsa. Este país se ha puesto demasiado crispado e irrespirable como para que operaciones de esta clase queden impunes. El propio Zaplana abría ayer la primera página de un diario nacional asegurando que “siempre que se queda sin argumentos, el PSOE intenta destruir a las personas”.
Es verdad también que la situación de Zapatero, apenas semanas después de su ascensión de los cielos con motivo del alto el fuego de ETA, no puede ser más comprometida: En el frente de la política interior, esa bomba de relojería que es el Estatuto catalán le ha estallado en las manos, llevándose por delante al tripartito, al propio Maragall y ya veremos si también al PSC. Alguacil alguacilazo. En lo que al frente vasco respecta, la banda le dio ayer un bofetón en pleno rostro: ”ETA no va a aceptar mansamente el actual marco sin ningún cambio político”. Para ir abriendo boca. Y en la política exterior, sobran los comentarios después del espectáculo Evo Morales. Difícil encontrar un hombre más rebasado por los acontecimientos, más superado por la importancia de los retos asumidos.
Es verdad todo eso, pero si pusiéramos aquí punto final al ‘asunto Zaplana’ no seríamos honestos con nosotros mismos o bien estaríamos pagando favores del pasado o haciendo favores con intención de cobrárnoslos en un próximo futuro, que es lo que hace más de un ilustre plumilla hispano. Desde aquí hemos dicho ya más de una vez que si el PP pretende recuperar el poder está obligado a renovar sus mensajes y a licenciar a algunos de sus mensajeros, particularmente a los señores Zaplana y Acebes, estrechamente ligados a la era Aznar, convertidos en la cara y la voz de la derrota del 14-M y todo lo que ello supuso para la derecha democrática española, que no es exactamente la que representa el señor Aznar.
Para nadie es un secreto que Eduardo Zaplana es una figura cuestionada, por motivos que sería prolijo relatar aquí, en amplios sectores del propio PP. Lo que sí es un secreto para mucha gente que vota derecha es la operación que parece estar en marcha tendente a sustituir a Mariano Rajoy por el propio Zaplana, no se sabe si antes o después de un presumible descalabro electoral en 2008. Es una locura que patrocina, naturalmente, franquito Aznar, una especie de Florentino Pérez de la política que se arrepintió de haber nombrado sucesor a Rajoy cinco minutos después de haberlo hecho. Dicen que en su infinita soberbia ha llegado a plantear la cuestión a Rodrigo Rato, y que éste le ha respondido con un lacónico “apoyaré a Rajoy hasta el instante mismo en que el propio Rajoy decida retirarse”, una respuesta de altura, de ser cierta.
De modo que así están las cosas. La derecha dura quiere guerra. Los barras bravas del PP quieren una oposición bronca y aguerrida a lo Pujalte. Resulta que Rajoy no parece dispuesto a matar por el poder. Resulta que Rajoy es un tipo normal, inteligente, gran parlamentario, buena gente, pero no está dispuesto a matar por el poder, y por eso precisamente, porque no es un enfermo del poder, quieren acabar con él desde las filas del propio PP. Tal es el punto de locura colectiva al que hemos llegado. Y a esa operación parece haberse apuntado el señor Zaplana, o eso dicen en medios enterados del propio PP.
Por desgracia para Rajoy, ya es tarde para hacer los cambios que, dando un manotazo en la mesa, tenía que haber realizado en su momento en la cúpula del partido. “Ahora es demasiado tarde, princesa”, que decía la canción, de modo que tal vez sea cierto que el PP sólo podrá ganar las próximas generales si Zapatero las pierde, engullido por el torbellino revolucionario que él mismo ha puesto en marcha. Porque, para ganarlas de otra forma, para ganarlas sin esperar el fallo del contrario, el PP tendría que haber realizado los cambios de mensajes y mensajeros que no ha hecho.
Mientras tanto, otorguemos a Eduardo Zaplana la presunción de inocencia que merece como todo ciudadano, mientras los tribunales no digan lo contrario. Y si esos tribunales llegaran a decir que la denuncia de marras es falsa, entonces que la Justicia proceda contra los dos diputados socialistas valencianos que se han prestado a la operación, porque no sería de recibo que una maquinación de esa calaña quedara impune. Y, ya de entrada, que el señor Moraleda se vaya a su casa, así, sin más, sin que se lo pida nadie, por una simple cuestión de higiene democrática.

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