El colapso del tripartito, coincidiendo con la aprobación parlamentaria del Estatuto, no es sólo el fracaso de un proyecto político o de un gobierno, sino la muestra patente del naufragio de una clase dirigente que piensa demasiado en su propio papel histórico y que olvida, cuando no desprecia, a los ciudadanos.
Ramón María del Valle-Inclán no hubiera encontrado mejor argumento para uno de sus esperpentos. Los dos años y medio del gobierno presidido por Pasqual Maragall no tienen parangón en la España posfranquista e incluso sería difícil encontrar algún precedente en gobiernos anteriores a la oprobiosa.

Pero las baladronadas de Carod-Rovira, la insustancia de Saura o la impostura de Maragall no son una novedad imputable sólo a un gobierno pretendidamente progresista, sino el producto final de una sociedad que ha hecho dejación de sus funciones ante una clase política que actúa como una costra impermeable y corporativista.

Es decir, lo que ocurre ahora en Cataluña no se puede entender sin los 23 años continuados de pujolismo.

La hegemonía nacionalista configuró un modelo de gobierno basado en el victimismo frente a Madrid (una especie de tótem al que se hace responsable de todo lo malo) y en el adoctrinamiento unidireccional de sus ciudadanos (todo lo catalán es intrínsecamente bueno).

En lugar de fomentar los valores que han hecho de Cataluña una de las regiones más dinámicas, ricas y culturalmente avanzadas de Europa, el pujolismo acentuó sus peores vicios: el provincianismo, el sectarismo y el cinismo.

Se ha convertido en normal que reputados empresarios critiquen en privado el Estatuto y pongan de vuelta y media al tripartito, al mismo tiempo que firman manifiestos de apoyo al nuevo texto estatutario o se pirran por hacerse una foto con el molt honorable.

Esa situación no es más que el reflejo de lo que se ha venido transmitiendo desde el poder durante más de 20 años. Mientras Pujol presidía junto a los Reyes de España el acto de inauguración de los Juegos Olímpicos del 92 en el estadio de Barcelona, uno de sus hijos vociferaba en la grada opuesta al palco junto a otros miembros de las juventudes de Convergència: «Freedom for Catalonia».

No es de extrañar pues que esta Cataluña oficial que es capaz de firmar un acuerdo por el que se prohíbe a sus representantes aliarse con el PP, como si sus miembros fueran apestados, acepte de buen grado entre los consellers de la Generalitat a un militante de Terra Lliure que ha confesado haber puesto dos bombas en 1990 y que está acusado de haber ejercido el chantaje a funcionarios para financiar a su partido.

Albert Boadella presentó la semana pasada su partido Ciutadans de Catalunya en Madrid ataviado con una bata blanca para caricaturizar hasta qué punto es seria la enfermedad que sufre la sociedad catalana.

El dramaturgo, al que ninguno de los miembros de la progresía oficial catalana puede cuestionar su pedigrí democrático, sabe bien cómo se ha ido moldeando esa sociedad sumisa a un poder alérgico a las críticas.

Días antes del estreno de la obra La increíble historia del Dr.Floit & Mr. Pla, (15 de septiembre de 1997), su autor fue llamado a capítulo por el entonces conseller de Cultura de la Generalitat, Joan María Pujals.

La trama representa a un empresario que, tras ingerir unas gotas de la loción Floit (Floid con d era un after shave muy utilizado en la España de otro tiempo), se transforma en el escritor Josep Pla. Es decir, la dualidad que Stevenson recreó en el Dr. Jeckyll & Mr. Hyde, Boadella la convierte en una visión de las dos caras de Cataluña en la que, es una obviedad decirlo, el creador de Els Joglars apuesta claramente por sus valores menos mezquinos y más universales.

La obra iba a estrenarse en el Teatro Romea de Barcelona, sede del Centro Dramático de la Generalitat y Pujals quería proponerle a Boadella una, a su modo de ver, ligera modificación en el texto de la obra. «Se trata simplemente de sustituir la marca Floit por... pongamos por caso Williams» (otra conocida loción para después del afeitado). «¿Pero es que tenéis alguna cosa contra la familia Puig (propietaria de Williams)?», interrogó con socarronería el barcelonés, sabedor de dónde le apretaba el zapato al azorado funcionario.

La marca Floit no había sido escogida al azar por Boadella, sino que había sido elegida con toda intención para representar a su propietario, Juan Bautista Cendrós, fundador de la sociedad Omnium Cultural y de la coalición CiU. Desde su estratégica posición, Cendrós siempre se opuso a conceder el premio de las letras de la Generalitat a Pla, escritor mal visto por los nacionalistas y con el que Pujol mantuvo una agria polémica [ver artículo de Arcadi Espada del 29 de abril].

El nacionalismo no puede permitir la sátira contra uno de los suyos. La censura franquista ha sido sustituida en Cataluña por algo mucho más sutil: la sugerencia. Aceptarla implica favores por parte del poder. Rechazarla, sencillamente el desprecio.

Boadella, naturalmente, se negó a modificar la marca de la loción para después del afeitado, lo que hubiera supuesto anestesiar el contenido de su obra. Pero, como no quería poner en un compromiso mayor al funcionario, le ofreció una alternativa: «Puedo estrenar la obra en el teatro Tívoli». «No, no, no, eso no. ¡Qué van a decir si hacemos eso!». Al menos los censores franquistas no se avergonzaban de su cometido.

Lo que le ha ocurrido a Boadella a partir de entonces (y naturalmente no sólo por culpa de Floit, sino por su empeño en desmitificar a Pujol y la mixtificación nacionalista sobre Cataluña) es muy sencillo. Asistir a la representación de sus obras se ha convertido en algo mal visto y «políticamente incorrecto». Desde el poder se inspiran artículos en los que no sólo se pone en duda su trayectoria política, sino que, de forma mezquina, se cuestiona su calidad como dramaturgo.

Una pintada en la que se le calificaba de «feixista» [«fascista»] permaneció durante meses en los muros del nuevo teatro de Figueras ante la pasividad de su alcalde.

Lo más terrible es que el gobierno tripartito heredó todas las taras que engendró el gobierno nacionalista, con el añadido de que no ha sabido mantener alguna de sus virtudes, como la apariencia de seriedad.

La forma que tiene Maragall de deslegitimar los argumentos de Boadella es sencilla: «Ya se sabe, Boadella tiene inclinaciones hacia la derecha». Lo malo es que algunos le ríen la gracia.

La breve historia del tripartito ha acabado como el rosario de la aurora, entre otras cosas, porque no se ha dedicado a gobernar, sino a poner en marcha un proyecto de Constitución (así ha definido Maragall al nuevo Estatuto) para el que los ciudadanos no veían ninguna necesidad.

Este proyecto, tan artificial e impostado, no sólo ha hecho saltar por los aires al tripartito, sino que ha supuesto un oneroso desgaste para el Gobierno de Zapatero, ha abierto la espita para otros dislates parecidos en otras comunidades y, finalmente, acabará engullendo a su propio patrocinador.

Utilizando la alegoría de Boadella, podríamos equiparar a Maragall con el doctor Floit y a su loción con el Estatuto. Lamentablemente para Cataluña, la ingestión del bebedizo no da como resultado la transmutación en Pla, sino en un bigotudo con barretina llamado Mr. Carod.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es