Tras constatar que la gran coherencia del independentismo henchido de puras convicciones ha conseguido, tras sus idas y venidas, regalar finalmente el Gobierno de la Generalitat al aparato puro y duro del PSC, debemos hablar del futuro cercano. Suponemos que los inteligentes estrategas republicanos consideran un detalle baladí que los socialistas puedan preparar solitos y a sus anchas (ICV nunca molesta) la campaña de las futuras elecciones catalanas con toda la máquina institucional a su entera disposición. Ya no está Enric Marín para cuidar del huerto. Deben de ser los mismos sabios spin doctors que aconsejan a Puigcercós que asegure solemnemente que ERC controlará desde fuera el cumplimiento del programa catalanista i d´esquerres. ¡Angelitos! Toda esta espuma tampoco importa mucho, puesto que, como ya escribimos la semana pasada (y Maragall reiteró ayer en estas páginas), volverá a haber tripartito, no les quepa duda. A menos que Artur Mas rompa la camisa. Fíjense en la rapidez con que el PSC ha pasado del enfado escénico a una exquisita tolerancia paternal hacia los descarriados republicanos que ha expulsado. A esto se le llama profesionalidad. Y eso que Carod-Rovira se ha permitido señalar a sus recientes socios como gestores de oscuros intereses inconfesables, extremo que en un país menos raro justifica querella.
Con un Govern que ya es más de Montilla que de Maragall, nos acercamos al referéndum del Estatut con dos graves incógnitas que el presidente de la Generalitat debería despejar de inmediato, a menos que quiera alimentar el voto negativo y la abstención. La primera es sobre la fecha exacta de los comicios catalanes, que debería conocerse ahora para blindar la especificad del referéndum y evitar confusiones. La segunda, y más sustancial, le atañe personalmente y consiste en saber el nombre del candidato del PSC en los próximos comicios. ¿Repetirá Maragall? El hecho de que el president amague con ello y deje la decisión pendiente a la espera del resultado del referéndum desvirtúa completamente la consulta estatutaria y le da un perfil de plebiscito que, sumado al plebiscito implícito sobre Zapatero y al plebiscito victimista que se ha montado Carod-Rovira, lo complica todo mucho. Nos preguntarán si queremos un Estatut mejor que el de 1979 y pueden agotarnos la paciencia si resulta que, además, nos preguntan, sin decirlo, sobre el futuro de Maragall. Por responsabilidad hacia el nuevo Estatut, el president debe anunciar ya, antes del referéndum, si será o no candidato del PSC en las elecciones. Y los socialistas deben asumir este riesgo como partido, porque el riesgo general, de fracaso del Estatut, es de mayor jerarquía. En interés patriótico (ahora que el conseller Nadal y otros socialistas usan el término profusamente), Maragall debe despejar la incógnita. En buena lógica, CiU no puede aceptar dócilmente esta maniobra que compromete seriamente el Estatut. De lo contrario, ni Mas ni nadie podrá evitar un voto negativo antigubernamental en el referéndum, como forma de castigar y echar a Maragall de la escena política. Recordemos que el actual president genera tantas filias como fobias.
Josep Ramoneda escribió en octubre del 2005 que "no hay partido ni sector donde Maragall no sea visto con desconfianza y desconcierto". Desde entonces, esta percepción ha ido a peor. La desconfianza y el desconcierto maragallianos se han pegado al Estatut y la única forma de asegurar el proyecto ante los ciudadanos es que el president revele sus intenciones futuras. Es cosa de coraje y de generosidad. Sería su mejor campaña a favor del sí.

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