Senador y edil Sopeña. Don Regino Canteli, ciudadano la mar de emprendedor. Gentes de la FSA que llevan retazos de conversaciones grabadas a los medios y a las instancias judiciales. Contraataques del representante político afectado, que también está en posesión de coloquios que prometen escándalo y que comprometen a sus protagonistas. Como trasfondo de todo esto, especulación, nada metafísica, que lleva a pensar en cosas poco edificantes si de moral pública hablamos.

¿Qué hace un representante político en semejantes conciliábulos? ¿Qué objetivos persiguen quienes le denuncian? ¿Qué piensa la ciudadanía de todo esto? ¿Hasta dónde es posible llegar en este ambiente que tanto y tanto apesta? No son éstas las primeras grabaciones que suscitan escándalo político en las Asturias. Ahí está el caso de otro ciudadano ejemplar, el señor Campelo, aficionado al golf, del que últimamente poco se sabe.

Asomarse a los eventos consuetudinarios que acontecen en la vida pública equivale muchas veces a lo que se experimenta abriendo la ventanilla del coche cuando se atraviesa un paraje en el que una cuba acaba de vomitar orines muy, pero que muy concentrados. Nos invade un olor apestoso. Y tardamos en vernos libres de ese aroma que impregna todo el vehículo.

Bien se sabe que todo está en «veremos». Es decir, que cuanto se viene hablando acerca del asunto no son más que presunciones, a la espera de que las instancias judiciales se pronuncien al respecto. Pero no es menos cierto que la mera presunción es grave e inquietante.

Cabría preguntarse hasta qué extremo puede ser consciente el senador Sopeña de que un político está obligado a muchas cosas, entre ellas a guardar infinitas distancias con respecto a ciertos ámbitos. Para que el interés particular no colisione con el interés público hace falta guardar ciertas normas, como en la conducción por una carretera.

Y en reuniones donde lo que se dilucida es el interés de un señor en sus especulaciones inmobiliarias nunca debe estar un político, por mucho que se limite tan sólo a aconsejar desinteresadamente a un amigo.

De otro lado, siguiendo la trama de lo que se nos está informando, no es de ningún modo lícito denunciar cambalaches sirviéndose de ofrecimientos que van en esa misma línea de favoritismos.

Vidas y comportamientos ejemplares.

Mucho tiempo libre debe de quedarles a los representantes políticos para participar en reuniones en las que en el mejor de los casos lo que se ventila no es el interés general.

De otro lado, si lo que insinuó el señor Sopeña es cierto, no parecen estar muy condicionados por los escrúpulos quienes presuntamente se ofrecen a gestionar asuntos fuera de los cauces reglamentarios a cambio de una información que, según sus cábalas, les resulte beneficiosa políticamente.

¿Somos conscientes todos, empezando por quienes protagonizan tan admirables episodios, del daño que supone pisotear las formas -ya no digo las normas- democráticas?
Y, hablando de formas, el uso que se hace del idioma en tan sublimes diálogos es un dolor.
Lo dicho. Vidas ejemplares.

Y, con perdón para Plutarco, paralelas.