Dormir bien es necesario para poder llevar a cabo de forma adecuada las demandas socioambientales durante el día. El tiempo que hay que dedicar a dormir no puede cuantificarse en horas, ya que existe una gran variabilidad entre individuos. Sin embargo, dormir menos de cuatro horas diarias pone en riesgo la capacidad de poder restaurar el organismo completamente. Cumplir años, en especial a partir de los 50, es un factor que se asocia a cambios del sueño que conllevan que se duerma menos y en menor calidad.

Con el envejecimiento, las personas tardan más en dormirse, aparecen o se intensifican los desvelos nocturnos y se adelanta la hora de levantarse. Esto es paralelo a la disminución en la velocidad o la eficiencia para desarrollar ciertas actividades físicas o cognitivas, pero las quejas relacionadas con los problemas de sueño superan con creces las de otros ámbitos de funcionamiento. En la mayoría de casos, el estudio clínico descarta la presencia de un trastorno del sueño y concluye que tanto la cantidad como la calidad del mismo se adecuan a la edad del individuo. Nos encontramos ante una queja subjetiva, que se concreta en las palabras "ya no duermo como cuando era joven", que hay que atender con una perspectiva psicoterapéutica encaminada a modificar la creencia de cuánto o cómo hay que dormir en función de la edad.

Si valoramos el ciclo sueño-vigilia, constatamos que a los ancianos les cuesta más estar despiertos de día y mantenerse dormidos de noche, puesto que su reloj biológico va perdiendo la capacidad de controlar el tiempo. Como máxima, hay que evitar desarrollar un patrón de sueño polifásico, con diversos episodios de sueño durante el día y de vigilia durante la noche. De día hay que organizar actividades que obliguen a mantenerse activo y entretenido; así se acumulará cansancio para poder dormir más rápidamente y durante más tiempo por la noche. Las siestas diurnas no son aconsejables, ya que resta sueño nocturno, a excepción de la del mediodía, que debe limitarse a no más de media hora.

TAMBIÉN es frecuente que a medida que envejecemos se adelante el horario del episodio de sueño y que nos acostemos y nos levantemos más pronto. Si el patrón es muy acusado se diagnostica el síndrome de fase avanzada del sueño, que puede tratarse con cronoterapia. Poco a poco se retrasa la hora de acostarse hasta situarla en un rango horario socialmente aceptable, planificando alguna actividad estimulante al final del día para evitar dormirse demasiado pronto. Con uno o dos meses de tratamiento a razón de unos 15 minutos a la semana de modificación, puede resolverse el problema.

De día, tanto si se sale a la calle como si se está en un lugar cerrado, es recomendable exponerse a la luz ambiental. La luz es un potente sincronizador rítmico para nuestro organismo y estimula la producción de sustancias químicas que controlan tanto el ritmo de actividad-descanso como el estado de ánimo. Nuestro país disfruta de unas condiciones lumínicas muy favorables que hay que aprovechar, pero a veces los ancianos tienen dificultad para captarlas. La exposición a luz artificial brillante durante media hora al día (OSAL-LUM; www.yanche.com) mejora la calidad del sueño y evita la presencia de sintomatología neuropsiquiátrica como apatía, depresión o agitación y delirios. La luminoterapia está prácticamente exenta de efectos secundarios y se administra por la tarde, además es un tratamiento eficaz para el síndrome de fase avanzada del sueño.

La utilización de fármacos hipnóticos hay que hacerla con mucho más cuidado en la gente mayor y con dosis inferiores a las de los adultos jóvenes. Bajo sus efectos se duerme más, pero no mejor, y a pesar de que son bastante seguros, la medicación puede producir efectos secundarios, como somnolencia diurna o amnesia, y la aparición de interacciones con otros tratamientos farmacológicos. Los hipnóticos más utilizados son las benzodiazepinas, que también tienen una acción relajante muscular que puede generar una sensación de cansancio y debilidad, y también reducir la coordinación motriz. Además, dormir bajo sus efectos puede agravar la presencia de paradas respiratorias nocturnas o apneas, un trastorno bastante frecuente en la gente mayor y que dificulta la recuperación de la respiración.

FINALMENTE, las benzodiazepinas hacen que nos durmamos antes y tengamos un episodio de sueño más continuado o con menos desvelos nocturnos, pero también reducen el tiempo dedicado a dormir con el sueño más profundo o paradójico, durante el que se consolidan y se almacenan las experiencias diurnas; es decir, hay que dormir en este estado para preservar la actividad cognitiva y la capacidad memorística. En todos los procesos de demencia se constata una reducción patológica del tiempo de sueño paradójico, que a pesar de no ser la causa de la patología, sí contribuye a la presencia y magnitud de los déficits cognitivos y conductuales.

ANA Adan. Profesora del Departamento de Psiquiatria y Psicobiología Clínica (UB).