Los recuerdos de la Habana inician una semana que rescata, a su fin, la figura de Thomas Hardy
Entre dos mundos
Jueves, 4 de mayo
Una lengua que hemos olvidado
Todo sucede demasiado apresuradamente: cada momento que resuena en la campanilla del día trae una nueva complicación añadida, algo que debemos aplazar o resolver. Mis amigos me dicen que me hace falta una secretaria y yo me río, pero lo cierto es que ya no me gusta esta vida mía en la que planifico, meticulosamente, la improvisación. Javier Almuzara me envía un sms: hoy presenta, con Jesús Santos, su carpeta de poemas, 'Flores de otro mundo', en la Librería Cervantes; yo le he escrito una pequeña nota a modo de introducción y debería asistir, pero a la misma hora, en el Masaveu 55, he quedado ya -me lo recuerdan por teléfono- con Sofía Castañón para presentar a no sé cuántos poetas de la facultad de Filología. La historia es ésta: han invitado a Miguel Rojo, Guillermo del Pozo, Francisco Velasco, Leopoldo Sánchez Torre, Aurelio González Ovies y a mí para que leamos poemas de autores nóveles. Me paso por allí brevemente y leo poemas de Carlos García: intensos y tan encendidos que dan ganas de vivir como esas letras de tango que nos invitan a compartir la pérdida y también la melancolía de lo no vivido. Me gustaría quedarme con ellos en una fiesta que se prevé termine a altas horas de la madrugada: pero a las nueve llega Jon Kortazar, que mañana dictará una conferencia sobre el teatro vasco, y he quedado a cenar con él.
Al final todo se resuelve en algo mucho más sencillo: en la sobremesa hablo con Jon de esas calles de la Habana Vieja en las que el oro del tiempo ha ido depositando, en dosis desmedidas, la ruina y el esplendor. En la calle O'Reilly, una transversal que iba hacia la plaza de Armas, estaba el bar Bilbao. Entré y pedí una Bucanero bien fría mientras miraba la cartelería que tenían allí colgada: junto al escudo del Athletic un póster, muy ajado, que anunciaba, para la tarde del 2 de junio de 1977, un mitin en Lekeitio. Enmarcado, en un sitio de honor, había también un poema en euskera de Joseba Sarrionaindia. La melancolía, a veces, es sólo eso: unos carteles que cuelgan de las paredes de la conciencia y que esperan el remedio que significarán las últimas lluvias salvíficas del olvido; y unas palabras en una lengua que hemos olvidado y que el corazón, en ratos perdidos, se empeña en descifrar.
Viernes, 5 de mayo
Una vida más completa
En la comida, Jon me regala 'Las montañas en la niebla', su nueva antología bilingüe de la poesía vasca publicada por la barcelonesa DVD. Selecciona, en esta ocasión, poetas de los 80: Rikardo Arregi Díaz de Heredia, Karlos Linazasoro, Juanjo Olasagarre, Miren Agur Meabe, Harkaitz Cano y Kirmen Uribe. El trabajo de Sergio Gaspar, su editor, es de los más notables en esta España desconectada: dar noticia, a unos y a otros, de lo más valioso de la poesía hispánica del momento. Me demoro en los poetas que ya conozco, curiosamente los más jóvenes: Miren, Harkaitz y Kirmen. Uno de los traductores de la antología es mi amigo Gerardo Markuleta. Con Kirmen coincidiré en Mallorca, dentro de dos semanas, en el Festival de la Poesía del Mediterráneo. Los buenos poemas, incluso aquellos escritos en una lengua silenciada, son billetes de curso legal en el Banco Internacional de la Eternidad y sirven para comprarse un pasaje a cualquier lugar, pero fuera del mundo, donde la vida es más completa.
Sábado, 6 de mayo
Los adjetivos del silencio
Leo, en esta tarde por fin sin demasiado que hacer, el último libro de Pedro Lemebel: 'Adiós mariquita linda'; crónicas, estampas que como el aliento de quien amamos, cuando duerme, llegan casi al beso, digo al cuento. Es muy sutil la frontera que separa la realidad de la ficción, se ha repetido muchas veces; más bien deberíamos decir que la realidad es un subgénero -naturalmente condicionado por las razones subjetivas de quien la cuenta- de la ficción. Me gustan estos relatos de la cotiadianidad: escenas entrevistas en cualquier calle de Santiago de Chile, su viaje a la Habana Vieja, a las ruinas de Chan Chan en el Perú; también cartas de amor, dibujos, fotografías de turista que ha querido detener el instante bello. Cuando salgo de casa, la literatura ejerce su influjo: veo las calles de todos los días de otra manera y tarareo, para mí solo, los adjetivos del silencio. «Aprender a leer esos silencios», dice Lemebel, «es aprender a hablar. Usar lo que omiten, niegan o fabrican las palabras, para saber qué de nosotros se oculta, no se sabe o no se dice. Ese silencio es nuestro, pero no es silencio; habla de una memoria que exorciza las huellas coloniales y reconstruye nuestra dignidad oral destrozada por el alfabeto».
Domingo, 7 de mayo
Una casa donde cobijarse
Julián Ayesta, en su 'Helena o el mar del verano', desarrolló ese tema esencial del alma asturiana: la melancolía de los merenderos. En Xixón la gente acude a los de Deva o Somió; en Uvieo solíamos ir, hasta hace muy poco, a los del Cristo o los de Les Caldes. Esa sensación del atardecer a últimos del verano, vestidos con ropa de entretiempo, es de una delicadeza absoluta. Buscando algo de esto -que como todo ya va siendo de la misma materia de los recuerdos- nos hemos venido al valle de Les Caldes. Andamos tras una casa para realizar ese sueño de vivir en el campo, pero a quince minutos del centro de la ciudad. Les Caldes, Caces, Xones... allí donde el concejo de Uvieo comienza a ser puerto y ya se presienten, con una intensidad no prevista, las Asturias del Occidente. Nos gustó mucho Casielles: un laberinto de pequeñas casas en un altozano. Le pregunto a un señor si venderán alguna casa en el lugar. Hay una, demasiado cara. Queda, cuando nos volvemos, un murmullo de pájaros en la sebe del corazón.
Lunes, 8 de mayo
La amada invencible
Por fin me llega 'La Amada invencible', de Fernando Beltrán, una antología de poemas amorosos. Precisamente hoy Fernando me pone un mail y me dice que ayer ha estado en Uvieo. Era muy temprano, las ocho de la mañana, y temió despertarme. Bueno, en otra ocasión volveremos a hablar de Bretaña, de la Catedral de León, de las calles de Barcelona y de aquel libro, 'Las mujeres y los días', recién descubierto en una librería del Rabal. Ahora escucho esta voz amiga, cordial, que musita los secretos que revela, cuando en mayo canta la luz, el azar y la necesidad: «Amar no es un misterio. / Amar es el final de un enigma. / He aquí su vacío, su plenitud».
Martes, 9 de mayo
Mi querida Eva
Admiro mucho a Gustavo Martín Garzo. Su último trabajo publicado, 'Mi querida Eva', me lleva a mis días de adolescencia. Siempre abrazamos, cuando amamos, el cuerpo que abrazamos por primera vez a los dieciséis años.
En la presentación hablo de la literatura como láudano, de la ficción como un puente sobre los bordes ásperos del abismo. Gustavo, en su turno, se empeña en hablar de mí. Yo digo que estamos allí para hablar de su novela e insisto en su capacidad para añadir a la belleza del mundo más belleza.
Tras la presentación, nos vamos con Federico, Juan Marino y Marián a cenar. Federico le cuenta, con pelos y detalles, su vida a Gustavo. Inteligente, enreda con nosotros. Gustavo, inicialmente perplejo, comienza a divertirse con el humor de mi amigo. También está Eloisa, la hija de Martín Garzo, que ha venido a la ciudad a un congreso que se organiza en la facultad de filología. Todo es divertido y alegre como el olor de la tierra mojada.
Le pregunto a Gustavo cuándo publicará un libro de versos. De joven escribió poesía, me dice, pero hace mucho tiempo que lo dejó por las novelas. Me dice, además, que tiene una secreta ambición: ser como Thomas Hardy. Hardy escribió hasta los setenta años excelentes novelas: 'El brazo marchito', 'Tess de Duberville' y muchas otras. A partir de esa edad comenzó a escribir poemas, los que inician la tradición moderna inglesa. «Retirarme a Cornualles y escribir la canción de una vieja vía romana; descubrir, en los antiguos caminos, el rastro de todos los que fueron. Cantar el esplendor de la juventud, como Anacreonte, cuando ya la vejez está cumplida».
Miércoles, 10 de mayo
Del otro lado
Entreabro en la librería Ojaunguren 'La ciudad de los ángeles caídos' de John Berendt y me encuentro con una frase, en italiano, que me conmueve: «Solitudine non è essere soli, è amare gli altri inútilmente».
Soledad no es estar solo sino amar a los otros inútilmente. Es cierto. Me conmueve esta frase porque para todos, en alguna ocasión, esconde una terrible verdad. Me conmueve por estar, felizmente, del otro lado de su significado.

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