Cayó el tripartito. El presidente Maragall ha expulsado a los consellers de Esquerra Republicana de su gobierno. ¿Los ha expulsado Maragall o los ha expulsado el presidente Zapatero? ¿No estaremos confundiendo el gobierno con el Estatut? Éstas y otras preguntas se formulaban un grupo de amigos la tarde del pasado jueves en una terraza del Eixample. Pero, créanme, esos amigos son una minoría. La mayoría de los catalanes pasa olímpicamente del tema de la desaparición del tripartito. La mayoría de los comentarios que yo escuché el jueves y el viernes eran de puro cachondeo con respecto a la clase política en general. Hacía tiempo, mucho tiempo que no experimentaba un mayor desinterés de los ciudadanos, de la gente de la calle por sus políticos. Un desinterés que se lo han ganado a pulso. Y eso no sólo no es bueno sino que es muy preocupante. ¿Y si el 18 de junio el pueblo de Catalunya castiga a sus políticos con una abstención apabullante? ¿Y si gana el no? Siento una gran curiosidad por ver lo que ocurrirá el 18 de junio. Para mí, ese día es una gran incógnita. No se si, como dice el enfadado, enfadadísimo señor Carod-Rovira, el remedio (la expulsión de Esquerra del gobierno) va a resultar peor que la enfermedad, pero, de momento, permítanme que me muestre, dentro de la gravedad de la situación, un poquitín eufórico. Eufórico, porque todavía no hace una semana que vaticiné que, si bien como todo parece indicar las corridas de toros han de desaparecer un día de las pocas plazas que nos quedan en Catalunya, éstas no lo harán hasta que antes desaparezca el tripartito. Yla realidad, por jodida que esta sea, ha acabado dándome la razón.

Pero, no teman, que no pienso seguir hablándoles de política. Este domingo tenía seleccionados un par de temas para mi terraza.

Uno era el personaje de Jean-François Revel, el gran panfletista (Pourquoi des philosophes?), el gran periodista, hombre de izquierdas, hombre de gauche - "malgré elle, malgré moi", decía-; una izquierda, una gauche muy sui géneris ( "Tant que la gauche - decía Revel- n´aura pas saisi que Winston Churchill était plus à gauche que Jo Staline, elle n´en sortira pas"). El Revel amigo de Buñuel, el gran bebedor, el hombre que mejor cocinaba la bullabesa, el autor de unas sabrosas memorias… Sí, podía haberles hablado del maestro recientemente fallecido, pero el retrato de ese mosquetero (Bernard-Henry Lévy le llama "el Porthos de L´Express")ya lo han realizado otros mucho mejor de lo que a mí me hubiese podido salir y, además, acabó por disuadirme de escribirlo las declaraciones que pillé en Le Figaro (6-7 de mayo) del ex presidente Aznar, en las que éste afirmaba haber alimentado su "coraje político" en los escritos de Jean-François Revel. Eso no es un homenaje; eso es un insulto.

El segundo tema que tenía seleccionado era el del centenario de Roberto Rossellini, el autor de una de las películas más extraordinarias de la historia del cine: Roma, città aperta (Otto Preminger solía decir que la historia del cine se divide en dos épocas: antes y después de Roma,città aperta),y una de las películas que mayor impresión me han causado en mi larga vida de cinéfilo, y sigue causándomela.

La película se rodó en Roma el año 1945. Se empezó a rodar, para ser exacto, el 18 de enero, doce minutos después de la medianoche. Se estrenó en Roma aquel mismo año y yo la vi en París, en el cine Bonaparte, dos años más tarde, en 1947. No era, precisamente, una película para menores, pero en la Francia de aquellos años las autoridades eran infinitamente más tolerantes que en la España del cilicio y la alabarda y, además, mi madre era una señora muy especial en lo que respecta a la educación de los hijos. Así que, a los nueve años, yo ya había visto cómo los nazis asesinaban a la señora Pina (Anna Magnani) y a don Pietro Pellegrini, el cura (Aldo Fabrizzi), y torturaban hasta la muerte al comunista Giorgio Manfredi (Marcello Pagliero). Y había visto morir, asesinados, atados de pies y manos y arrojados vivos a las aguas del Po, a los partisanos italianos en Paisà, otra memorable película de Rossellini. Y había visto los hornos crematorios de los campos de exterminio nazis en un documental sobre el proceso de Nuremberg. Mi madre era así. Y lo curioso del caso es que la imagen que más impresión me hizo de aquella horrible guerra, de aquellos horribles crímenes, no fue ninguna de las de aquellos filmes, sino el rostro, de una gran belleza, de una chica polaca de 22 años, María, que a la sazón me hacía de canguro. ¿Qué tenía de particular ese rostro? Pues que tenía el pelo blanco, completamente blanco. Se le había vuelto blanco, de la noche a la mañana, cuando María tuvo noticia de que su madre y dos hermanas habían muerto en el campo de exterminio de Treblinka, y su padre y dos hermanos, oficiales del ejército polaco, fusilados en el bosque de Katyn por los soviéticos.

He visto Roma, città aperta en muchas ocasiones y en muy distintos lugares. Recuerdo, especialmente una, en un cine de Bergen, en Noruega, junto a una María noruega, pelirroja, pero también con media familia asesinada por los nazis. Pero la Roma, città aperta que mayores recuerdos me trae, fue en la misma Roma, en el estío de 1995. Se celebraba el cincuentenario de la película y las autoridades romanas programaron una visión de la misma en la vía Casilina, donde el fascismo construyó una serie de viviendas para los trabajadores del ferrocarril. Era una noche calurosa de julio. A la vía Casilina llegó un camión con el proyector y la película. Cortaron la calle y al fondo colocaron una gran pantalla. Y las gentes salieron de sus casas, bajaron a la calle y vieron en la pantalla como su antigua vecina, la señora Pina, era ametrallada por los nazis mientras corría como una desesperada, lanzando un grito desgarrador, tras el camión que se llevaba a su querido Francesco, con el que debía casarse al día siguiente. Esa escena se rodó en 1945 en la vía Casilina, y en 1995 los vecinos de vía Casilina revivían, con lágrimas en los ojos, con sus nietos en brazos, chupando helados, la muerte, el asesinato de la señora Pina. Y lo más sorprendente de esa escena es que, mientras los nazis disparaban sus metralletas contra la señora Pina, preñada de cinco meses, tras la gran sábana blanca que hacía las veces de pantalla, cruzaba un tren. El tren de los ferroviarios, de aquel barrio ferroviario.

Aquella noche de julio de 1995 comprendí, viendo las lágrimas en los ojos de los abuelos y abuelas de vía Casilina, lo que ya había intuido en los libros sobre la película y sobre su realizador: que en Roma, città aperta no hay protagonistas, que el protagonista es el pueblo de Roma, un pueblo que lucha, como tal pueblo, desde abajo, por su libertad. Una película fruto de una mirada humilde y atenta. En la que "como en el nacimiento del cine, todo parece como milagrosamente visto por primera vez", como escribió mi querido amigo José Luis Guarner, el que fue crítico cinematográfico de este diario, en su libro sobre Rossellini, un libro publicado en Londres, en inglés, en los años sesenta, y que fue uno de los primeros libros serios sobre Rossellini, como reconoció en el prólogo François Truffaut.

Con motivo del centenario de Rossellini, se anuncia en Italia una edición, en DVD, de Roma, città aperta,muy bien restaurada.

También se anuncia un libro del rosselliniano Stefano Roncoroni (La storia de ´Roma, città aperta´,que llegará a las librerías italianas el próximo mes de junio, en una edición conjunta de la Cineteca de Bolonia y la editorial Le Mani), en el que se publica, por primera vez, el guión de la película, que se creía inexistente. Todos creían que el guión se improvisaba a medida que la película se iba rodando. En ese guión, escrito, al parecer, por Sergio Amidei, se lee que la muerte de la señora Pina y el tiro en la nuca de don Pietro Pellegrini debían ser obra de las camisas negras, de los fascistas italianos, pero, a la postre, se decidió atribuirlos a los nazis. Yes que, igual que ocurrió aquí, durante la Segunda Guerra Mundial en Italia se había vivido una guerra civil, y los responsables de la película se inclinaron por no calentar los ánimos.

Giorgio Napolitano, el viejo comunista, comunista sui géneris, acaba de ser nombrado presidente de la República Italiana. ¡Viva Rossellini!