Jacques Chirac, Georges Bush y Tony Blair viven momentos políticos muy difíciles. Por boca de uno de los protagonistas del escándalo Cleamstream, la edición vespertina de LE MONDE de ayer confirmaba lo que muchos sospechaban desde hacía días: que el presidente francés estaba en el centro, y, hasta pudiera que fuera su primer responsable, de la trama que ha pretendido involucrar a Nicolás Sarkozy en un sucio asunto de comisiones ilegales destinado a frenar su fulgurante carrera política, cuyo éxito no conviene a Chirac ni a sus más próximos. "Un presidente aislado, un Gobierno enfermo y una izquierda emboscada: el 'asunto Clearstream' sacude los últimos meses de una presidencia en plena delicuescencia", ha dicho LE NOUVEL OBSERVATEUR.
Otras escandalosas revelaciones --las de que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) ha tenido intervenidos los teléfonos de millones de norteamericanos-- han puesto contra las cuerdas a un Bush más débil que nunca. El último sondeo de THE WASHINGTON POST colocaba su índice de popularidad en el récord negativo del 30%, con dos tercios de ciudadanos criticando con distintos grados de intensidad su gestión en todos los capítulos. El asunto ha provocado hasta duras reacciones críticas por parte de significativos parlamentarios republicanos. Eugene Robinson ha resumido la trascendencia de la cuestión en un artículo en The Washington Post: "Bush y su gente han tratado de ridiculizar y de convertir en virtuales aquella leyes que no les convenían. Y han tratado de cambiar nuestro concepto de privacidad. Ahora sabemos que la NSA controlaba las llamadas telefónicas. Pero ¿qué gran tanto se marcaba con ello? El gran tanto es que ahora sabemos que el Gobierno --aunque ha dicho 'al parecer', si las revelaciones no hubieran sido ciertas, creo que el presidente Bush las habría negado-- está interviniendo las llamadas telefónicas de millones de ciudadanos que nada tienen que ver con el terrorismo. Bush ha tratado de convencernos de que la aplastante mayoría de los norteamericanos no están afectados por la vigilancia interna. Pero ahora sabemos que la verdad es exactamente lo contrario. Que la aplastante mayoría lo está". Y si un impeachment, posibilidad remotísima, no lo impide, Bush seguirá otros dos años y medio mandando.
¿Cuánto tiempo lo seguirá haciendo Tony Blair? En torno a esa pregunta gira desde hace semanas la actualidad política y el debate periodístico del Reino Unido. Ayer, buena parte de los editoriales ingleses se dedicaban a mostrar la consternación, o la indignación, que les habían producido las acongojantes conclusiones del informe parlamentario sobre los fallos detectados en los servicios secretos en la lucha contra el terrorismo islamista. Y Philip Stephens subrayaba en el FINANCIAL TIMES lo mal que lo tiene en estos momentos Blair: "El laborismo parece encaminado hacia el desierto de la oposición. ... Para bastantes en su partido, mañana es demasiado tarde para la marcha de Blair. ... Gordon Brown ha canalizado a los descontentos hacia su causa. Una porción significativa de parlamentarios laboristas nunca ha olvidado lo que Blair hizo con todo el asunto de la guerra de Irak. Empiezan a ser más los decepcionados que los que siguen creyendo. ... Al igual que le ocurrió al final a Margaret Thatcher, Tony Blair es un extraño en su propio partido".

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