La paradoja de los referendos políticos es que expresan a la vez la democracia directa y la aclamación plebiscitaria. Desde mi experiencia californiana he vivido la práctica del referéndum como forma directa de hacer llegar a los ciudadanos, y convertir en ley, innumerables iniciativas variopintas que no llegan a ser procesadas por el sistema político. Como en otros países de tradición referendaria, el origen del gobierno por iniciativa popular se encuentra en la desconfianza de los ciudadanos con respecto a sus representantes políticos. Es por tanto un correctivo a la democracia por delegación.

Pero la capacidad de un grupo de interés para llegar a los votantes directamente depende de su incidencia en los canales de comunicación, tanto en los grandes medios como en las diversas formas de difusión del mensaje. Lo cual favorece, por un lado, a aquellos que tienen arraigo militante; por otro lado, a aquellos que disponen de recursos que les permiten la presencia en los medios de comunicación y en la sociedad. Por tanto, el dinero y la ideología prevalecen sobre los partidos y las instituciones políticas. Los resultados del proceso son diversos, pero en general el dinero manda y las emociones del momento deciden.

Pero también existe la tradición referendaria desde el poder, cuando los gobiernos intentan santificar con la legitimidad de un plebiscito popular decisiones importantes, generalmente de ámbito constitucional. Cuando funciona correctamente este mecanismo los textos así aprobados se revisten del manto original de la soberanía popular. En la mayoría de las democracias su uso es excepcional por los riesgos que presenta. Cuanto más importante es el contenido de un referéndum más se arriesga el sistema político a un movimiento de opinión inesperado que eche al traste el complicado encaje de bolillos que suele estar detrás de un texto constituyente. Así, los referendos se plantean para situaciones límite o cuando cuentan con un tal apoyo político organizado que el riesgo parece menor. Es en este último supuesto cuando pueden producirse terremotos políticos. Sin ir más lejos, la derrota del referéndum sobre la Constitución europea en Francia y Holanda obligó a replantearse el proceso de construcción europea. Y el rechazo se produjo pese a contar con el apoyo al sí de los grandes partidos, de las instituciones del Estado y de los medios de comunicación. Sabemos que el no a la Constitución europea fue un rechazo generalizado a la clase política. Y aquí está el quid de la cuestión. La claridad de la consulta referendaria depende de la relación de confianza que exista entre los ciudadanos y sus representantes. Y en particular, con quienes plantean el referéndum. Si esa relación está enturbiada por la sospecha y la decepción, se sabe lo que se pregunta en el referéndum, pero no se sabe lo que se responde. El sí o el no se convierten en expresión de apoyo o rechazo a los proponentes de la pregunta por motivos de muy distinta índole que además varían en distintos sectores del electorado. Si la relación entre política y sociedad es nebulosa, los referendos se celebran en la niebla.

Visto así, el referéndum sobre el Estatut de Catalunya constituye una operación de alto riesgo. En primer lugar, porque (como en España, como en Europa y como en el mundo, con datos parecidos) el escepticismo con respecto al sistema político está extendido entre la ciudadanía. Según encuestas recientes, el 69% de los catalanes declara que la política les interesa "poco o nada", proporción que aumenta entre las mujeres (73%) y entre los jóvenes de 18 a 24 años (74%). Es más: el 58% de los catalanes está de acuerdo con la afirmación "los partidos políticos sólo sirven para dividir a la gente".

Los partidos políticos son la institución menos valorada, por detrás incluso de la banca y de la Iglesia (que también lo tienen mal) y muy por detrás de los Mossos d´Esquadra, que es la institución más valorada. Comparando distintas asociaciones, para el conjunto de España, según el CIS, las asociaciones pro derechos humanos y de protección a los animales son las más valoradas, mientras que los partidos políticos son los menos, incluso por detrás de los grupos antiglobalización. Pero no es que la gente sea cínica. En la encuesta que hicimos desde la UOC hace un tiempo a una muestra representativa de Catalunya, más del 68% pertenece a alguna asociación y sólo un 1% participa en partidos políticos. Y mientras el 59% piensa que "los ciudadanos corrientes no tienen influencia en lo que decide el Gobierno", casi el 70% opina que "la gente puede influir en los acontecimientos mundiales con movilizaciones sociales y políticas". O sea: hay una sociedad civil organizada y susceptible de movilizarse, pero al mismo tiempo escéptica con respecto a los políticos y a la política.

Así las cosas, ante la oportunidad de decir sí o no sin matices a una propuesta desde el poder, existe una fuerte tentación de aprovecharla para airear frustraciones que poco tienen que ver con el pobre Estatut. Afortunadamente para los proponentes del sí, en este caso se mezclan también las opciones políticas. De modo que una amplia movilización del PP por el no puede generar un apoyo al sí por parte del amplio sector que en Catalunya rechaza al PP por la pervivencia del aznarismo. Y lo mismo, en sentido contrario, con quienes se oponen al independentismo movilizado en torno al no. Frente a todos estos sentimientos de rechazo, queda la posibilidad de la explicación tranquila y razonada de los progresos que representa el Estatut.

Pero en el clima actual, extraña mezcla de pasión y escepticismo, sin una movilización política partidista con los líderes nacionales al frente, el voto afirmativo parece incierto. Yes que si los proponentes del no consiguen una plena movilización de su energía crítica, sobre todo entre los jóvenes, pueden llegar a más de un 25% del electorado, lo que según la tasa de abstención podría constituir entre el 40% y el 50% del voto válido. Quienes quieran salvar el sí en condiciones de gobernabilidad del Estatut al día siguiente del voto tendrán que entrar en una campaña electoral en la que defiendan a los suyos contra los otros. La reconstrucción del consenso nacional, para unos y otros, queda para después.