LO DIJO con claridad Josep Lluís Carod-Rovira, líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), en una entrevista televisada ya en la madrugada del jueves: «Si supiera que iba a terminar así, no nos hubiéramos metido en esta aventura». Se refería, como es obvio, al nuevo Estatuto catalán. Y también a los interminables vaivenes a que se ha visto sometido su partido: primero, partidario de votar sí; después, en blanco; más tarde, nulo y finalmente, no. O no pero sí, porque, como ha demostrado en el Senado con su abstención, ERC pedirá el no con la esperanza de que gane el sí por poco y pueda capitalizar en el futuro ese desapego catalán respecto del nuevo texto estatutario.
Lo fácilmente constatable es que en Cataluña se respira preocupación por el resultado del referéndum previsto para el 18 de junio. Porque ya nadie cree que el nuevo Estatuto pueda igualar el apoyo que tuvo el anterior en las urnas, y también porque los expertos demoscópicos dicen que el texto saldrá adelante, pero advierten de que los partidarios del sí son más abstencionistas que los del no. Ojo al parche, pues. Porque flaco resultado sería un nuevo Estatuto con sólo un tercio de los votos a favor (por poner un ejemplo que ya no suena a disparate entre los que manejan encuestas). Por otra parte, con apoyo tan escaso, los políticos (incluido Carod-Rovira, que así lo ha dicho) son conscientes de que se produciría un deterioro de la imagen de Cataluña.
Lo cierto es que en el referéndum se verán las caras el país político y el país real. El primero le prestó un apoyo abrumador al Estatuto que salió del Parlamento catalán (el 90% de los votos). El segundo, el real, el de los ciudadanos de a pie (no el de sus representantes políticos), no parece estar en la misma onda y puede demostrarlo ese día. Lo cual explica la preocupación de los políticos, la del propio Maragall y su remodelación gubernamental sin ERC, la de CiU y, ¿cómo no?, la de ERC, después de su funambulesca y equívoca trayectoria. Sólo el PP parece tranquilo, pero su parcela es preocupantemente pequeña en Cataluña. Si todos supiesen que las cosas iban a llegar a este punto, es muy probable que no sólo ERC quisiese no haberse metido nunca «en esta aventura».

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