Querido J:
Volvía de Madrid, como quien dice, y me fui derecho a buscar algunos libros. La maniobra tenía por objeto encender la carta y el recuerdo de algunas conversaciones que habíamos tenido sobre la ciudad. Pasé un rato formidable. Volví al Madrid que vio Gaziel, aquel Madrid tibetano de sus memorias, que nadie aún ha traducido al español: «Cuando yo llegué a finales de 1908 era un pueblo grande, crecido a la sombra de la monarquía. Había un palacio enorme y medio vacío [ ] Al Tíbet lo llaman el techo del mundo; Madrid, más modestamente, había sido construido en un paraje que era, en realidad, el tejado de España».
Leí otra vez el prólogo del anciano Azorín a su Madrid, escribiendo ya desde el otro mundo, aunque todavía capaz de oír los ruidos de su retiro mediterráneo y de hacerlos oír: «Andreu trabaja en la tierra y Sunsiona trajina por la casa. Cocina a la mañana y cose por la tarde. Los días en que amasa oigo el sonoro golpeteo monótono del cedazo que va y viene sobre la cernedera. Sunsiona cierne, y yo estoy cerniendo también. Cierno yo mis recuerdos de Madrid ». Alcancé de nuevo por la espalda al fulano Gómez Carrillo y La miseria de Madrid, esa gran novela sicalíptica.Tiene un comienzo fenomenal. Gómez Carrillo llega a Madrid con una francesa. La francesa trae un baúl cargado de enaguas, de déshabillés, de medias, de encajes, de dessous. Pronto descubre Gómez y su novia Alice que la patrona de la pensión fisgonea la cómoda y que luego de manosear los cendales se limpia las manos en el delantal, por profilaxis. La categoría son los paisajes.«Era el invierno, en efecto. Los madrileños envueltos en sus capas tomaban en las esquinas interminables baños de luz. Todos los alrededores de la Puerta del Sol estaban literalmente llenos de gente que no se movía, que parecía esperar algo, que soñaba un ensueño tranquilo». Recordé, por supuesto, y allí estaba, siempre flamante, lo que Josep Pla había escrito sobre el café con leche («líquido estatal», lo llama el prodigioso) el 9 de mayo de 1921: «Hay una especie de cursilería profunda, anclada en el corazón de la clase media -que es en todas partes la clase social esencial-, que se explica por una suerte de optimismo desmayado y flojo, por una especie de convencionalismo borroso y desmonetizado que da el café con leche tomado por sistema y sin parar».
En cuanto a González Ruano, que no es demasiado de nuestro gusto, ya sabes que escribió miles de páginas sobre la ciudad. Pero pocas con la precisión de un artículo de 1933, donde disuelve a base de tristeza el mito tricolor. El artículo de Ruano se llama Ex Madrid -título de prosa moderna- y describe las amenazas de las turbas que atemorizan a la ciudad. El contexto son las elecciones. Pero refleja una era. «Si las grandes revoluciones sangrientas permitieron la restauración de la sonrisa, pasado el tiempo del llanto, esta revolución permanente y mediocre, de no dar batida, terminará por asesinar aquello que, una vez perdido, no se recupera».
Ruano se empobrece citando el mutuo respeto y los nobles ideales: pero todo el artículo sabe que lo irrecuperable es Madrid. Casi te podría recitar de memoria lo que viene. El estremecedor comienzo de aquel texto de Corpus Barga, Madrid en guerra: «La bola del reloj del Ministerio de la Gobernación ha dejado de caer. El reloj se ha quedado ciego. Las pupilas de sus esferas han saltado». El último que cogí fue el de un inolvidable madrileño nacido en Barcelona, Luis Carandell. Su librito Madrid cabe en el bolsillo de la chaqueta, a la altura del corazón. Y arranca con aquella estricta observación: «A mí me gusta Madrid por el ambiente, se oye decir con cierta frecuencia».
A mí también. Y voy a ir tan derecho como me fui hasta los libros.El ambiente hoy es mejor que nunca. Madrid es el único lugar de España donde no se oye hablar de nacionalismo. No está en el ambiente. Naturalmente hablo del nacionalismo propio. El nacionalismo de los otros es sometido a una permanente observación, a un sarcasmo obligatorio y a unas conclusiones teñidas por lo general de una cierta gravedad. Pero lo que brilla por su ausencia en este Madrid es la exaltación. Te hablo de la exaltación en términos muy materiales.Las obras en la ciudad, por ejemplo. Son notables y causan grandes trastornos. Pero, a diferencia de otras ciudades, las zanjas siempre son más grandes que los carteles que anuncian quién las paga. Luego hay algo más volátil, que forma parte de las conversaciones de las gentes y de la opinión. La ligereza del pasado. Los recuerdos se ciernen con la simplicidad de la Sunsonia azoriniana. Esto provoca una gran tranquilidad: no es fácil que a cada esquina te asalte el trompeteo del resurgimiento. El discurso de la recuperación, de la restauración, es decir, de la identidad, es inexistente.La exaltación no predomina, siquiera, en un sentido inverso.
Hace 20 años se daba entre los habitantes de Madrid el porte lastimero. La ciudad había adquirido un tono de desaire, victimista.Se decía, con insondable orgullo, que Madrid era la peor ciudad del mundo, e inmediatamente aparecía el sospechoso correlato: «Pero eso sí, no se le pregunta a nadie dónde ha nacido ni de dónde viene». El rompeolas de España. Pues bien: no quedan ni los diques. Lo que pasa es simple: Madrid no se mira ni para propinarse un pellizco de monja.
Un incidente ciudadano de estos días explica bien el aire con que se examinan los asuntos del corazón en Madrid. Tal vez hayas oído algo del proyecto de remodelación del Prado y del peligro que incluye para algunos árboles muy solemnes del bulevar. Se ha entablado un cierto debate. Hay ponderadas opiniones sobre la necesidad de conservar una imagen de la ciudad. El ecologismo advierte sobre la probable mortandad de los plátanos. Los urbanistas insisten en la necesidad de resolver un eje viario muy complejo y hasta inhumano. De acuerdo: una polémica.
Sin embargo, nadie lloriquea sobre el peligro que corre la patria.Y aparece una grácil y oportuna baronesa, que anuncia su propósito de ser trasplantada junto al plátano encadenado. La aparición de la baronesa -que además estuvo casada con un experto botánico- y su actitud heroica introducen un saludable e inmediato efecto de distancia. Quiero decir que en Madrid la oda es coda. Coda cola.
El ciudadano José Domingo, al que conoces, suele contar que, hace años, el presidente Jordi Pujol se asombró ante el presidente Gallardón de la extensión del metro de Madrid y de las continuas obras de la red. Es fama que Gallardón le contestó:
- Es que nosotros, presidente, dado que no tenemos que construir una nación, nos dedicamos a construir el metro.
No hay más que dos túneles. El de la historia y el del metro.La construcción de una nación, como la de la fe, obliga a las mentiras. Tuvieron su momento, se hizo y pasó. De las naciones sólo debe esperarse su disgregación. La dialéctica natural, sin embargo, no impide que algún grupo de anacrónicos sectarios se dedique a fabricar cienciologías. Digo que las mentiras imprescindibles para la construcción de Madrid (sinécdoque) hace ya mucho que fueron contadas y que, por el contrario, la llamada nación catalana está aún segregándolas. Lástima grande que nos haya tocado.
Sigue con salud
A.

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