Como un viento que sale de la cueva, se ha desencadenado el no. No siendo profeta, pero, eso sí, dotado de una prominente nariz, me arriesgo a pronosticar que no bajará del cuarenta por ciento. Pase lo que pase. Tanto da que el tripartito rompa o no, porque el Govern es ya interino, y el referéndum tendrá, inevitablemente, un efecto de primarias equivalente al de un juicio sobre la continuidad de Maragall, Carod y Saura. Pero eso no es lo importante. Tampoco cuentan mucho las discordias, motines o zafarranchos de abordo. Cuenta la dirección y la fuerza del viento. Es un viento que ha tardado, que ha dudado en instalarse, que los más avezados marineros olisqueaban - pues vienen siempre precedidos de cambios de olor en el aire- sin estar seguros de que sus tímidos y aislados soplos iniciales acabarían trayendo lo que parecían anunciar. No un temporal, pero muchísimo más que una brisa.

Es evidente que sube de intensidad, pero no conocemos su duración ni la magnitud de su ráfaga máxima (si bien no me echaría a temblar ni a prometer exvotos), pero está muy clara la dirección hacia la que empuja nuestra nave colectiva. Si de algo pueden estar seguros, es que proviene del neocentralismo español, poniente o garbinada,que nos va a situar, poco o mucho, más cerca de Europa, más lejos de Madrid. Si pocas o bastantes millas, no lo sé, pero desengáñense quienes echan primero las más gruesas maromas a los norais del muelle, porque el muelle ya no está al alcance. Desengáñense quienes arrojan anclas por la borda, porque garrean. No anuncio ni mucho menos la ruptura de España, pero sí su recomposición. El 18-J pasará a la historia como la otra cara de la moneda del compromiso de Casp. El sí al Estatut no peligra (por ahora), pero la creciente fuerza del no revolcará al recién nacido como hacen las olas rompientes con las barquichuelas. El Estatut de la Moncloa durará lo que dure la respiración artificial que se le aplique. ¿A santo de qué, si gana el sí? Por lo que les decía, que los votantes entusiastas del sí harán el ridículo, ya lo están haciendo, frente a los que estamos por el sí crítico. Después del referéndum, el sí crítico y el no, o la mayor parte del no, van a estar en las mismas, celebrarán el resultado por igual aunque hayan votado lo contrario.

Cuidadito, pues, encuestadores. Suponiendo que lo tengan afinado, el anemómetro de la semana pasada no señala los mismos nudos de viento que hoy, la medición de mañana es inferior a la de pasado mañana. Si algo les recomendaría, puestos a cocinar a su aire con visos de acertar, es que exageren el no. Tal vez de este modo, si ven peligrar el sí, algunos se lo repiensen, por pragmatismo.

Tampoco andaba muy acertada la oyente de RAC1 que razonaba el sí para no oír hablar más del asunto. Muy al contrario, durante los próximos años, casi diría decenios, éste, el del autogobierno, va a ser el tema estrella de los catalanes. Como en Flandes. Como en Quebec. O como ellos o provincia. Con el soberanismo siempre encima de la mesa, y en lugar preferente, o provincia.

¿Qué ocurrirá al día siguiente? Pues depende de las elecciones. El viento sopla hacia donde sopla, pero aun no siendo muy alto el oleaje, el mar está surcado de corrientes que pueden introducir variaciones importantes. Cada cual realizará, al día siguiente, la lectura que más le convenga, no ya atendiendo a su legítimo posicionamiento de partido, sino al corto plazo de la campaña electoral. En fin, ya les digo que los rifirrafes de cubierta pueden ser muy entretenidos y hasta levantar pasiones de película de piratas, pero impiden observar la dirección del viento y el rumbo efectivo de la nave. Como lo que cuenta en democracia son las urnas, podría suceder que al resultado del referéndum, suponiendo un mínimo de votos en contra que ronde el cuarenta por ciento, le siguiera una confirmación del panorama político actual, con pocas variaciones en el reparto de escaños. No digo que vaya a ser así, pero hoy por hoy es lo más previsible. Entonces, la interpretación más certera del referéndum será la de una campanada. Una solemne campanada, pero sin consecuencias inmediatas. Campanada seguida de un descanso, a ver si los partidos catalanes, y los españoles, encuentran la forma de encajarla. De todos modos, será grande la tentación de olvidar el referéndum, de darlo por borrado tras un resultado en las siguientes elecciones como el previsto. Allá los que así piensen.

Recuerden todos que la historia ha ido durante por lo menos tres siglos en contra de las aspiraciones catalanas. Ahora sopla a favor. Si durante este largo periodo hemos perdurado contra viento, algo de veras meritorio, tal vez naveguemos ahora con el velamen hecho jirones, dando guiñadas con el timón. Pero el viento de la historia seguirá a favor, o sea, en contra del centralismo de Madrid. Por si fuera poco, el pueblo catalán está dejando de tener miedo. Ahora, el riesgo está en la cobardía.