LO VENIMOS anunciando: el PP ha encontrado una fantástica pieza de caza en el ministro José Antonio Alonso, y le dispara con fruición. Lo ocurrido ayer en el Congreso y en la Asamblea de Madrid merece un pintor que lo plasme en un lienzo que se titule justamente así: La cacería . Las escenas de persecución del zorro en el Reino Unido, con los aullidos de perros, jinetes a caballo y cargas de escopeta, no son más ruidosas que las contempladas ayer en esos dos santuarios de la democracia. El grito de partida de las mesnadas es «Alonso, dimisión». El reclamo utilizado, poner las manos como ante los guardias y dirigirse al banco azul, con Alonso presente o ausente, que eso es lo de menos: «Que me detengan». Y el símbolo de pueblo oprimido, para provocar las fotos, es esposarse, no en sentido marital, sino de ponerse grilletes en las muñecas.
Apasionante. El mayor y mejor espectáculo que se ha visto en sede parlamentaria. ¡Una cacería política! ¿Qué es? ¿Traslación al Parlamento de la práctica cinegética, o teatro? Un poco de todo. Como esto siga así, ríanse ustedes de las colas que se organizan en las jornadas de puertas abiertas que el Congreso organiza cada año por diciembre. Habrá multitudes que quieran presenciarlo en directo, por si la televisión manipula o regatea imágenes y griterío. Habrá gente que solicite acudir a la tribuna de invitados, habrá overbooking y reventa de localidades, pues no hay en la capital de esta nación de naciones una representación más original. «A la par que realista», que diría algún crítico teatral. Y, visto que la representación ha saltado también a la Asamblea de Madrid, es de suponer que ha comenzado la gira por provincias, de tan señera tradición entre los cómicos.
Ayer se volvió a revelar una figura que el director de escena del PP nunca manda callar, porque es quien mejor agita y provoca: el diputado señor Martínez Pujalte, un auténtico maestro en las artes de la insolencia. Para él no existe reglamento ni llamadas al orden de la presidencia. No es que tenga razón o deje de tenerla. Es que convierte el hemiciclo en una anarquía. Es que parece un perro de Inglaterra ante la imagen del zorro, quizá disfrazado de ministro. Es que se ha convertido en el repelente niño Vicente que no deja hablar al profesor. Es que es una figura sacada de las crónicas donde el alumno solivianta a toda la clase. Es que había que echarlo, coño. Con el reglamento y las normas de urbanidad, había que echarlo. Y el presidente, Manuel Marín, lo echó. Y se fue por los pasillos mascullando la tragedia de esta España: «En este país no hay democracia». Quizá no. Con esas formas de practicarla, no. Para algunos, la democracia consiste en una cacería.

Escribe un comentario