La Coctelera

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12 Mayo 2006

Cuando la prensa es noticia, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

1974. Oviedo, calle San Francisco. Un grupo de estudiantes universitarios se hace eco de la «Revolución de los Claveles» que acaba de suceder en Portugal. Oviedo, calle Milicias. En un conocido establecimiento de prensa se amontonan en gruesas pilas dos semanarios de información política. Se trata de «Triunfo» y «Cambio 16». La cita semanal, cuando las autoridades competentes no determinan lo contrario, es infalible.

Hubo un tiempo en que la prensa era espuma, espuma del hervidero político, espuma del oleaje que, imparable y decidido, se estrellaba contra el acantilado del presente que sufría los zarandeos continuos de un tiempo de tambores y clamores de cambio.

Tras la muerte del dictador, en la etapa en que Arias Navarro continuó al frente del primer Gobierno de la Monarquía, la nota predominante, además de las esperanzas y los miedos, era el titubeo. La imagen es inolvidable. Su dedo que matizaba que la democracia que estaba dispuesto a concedernos sería a la española. Tan inolvidable es esa imagen suya durante un discurso en las Cortes franquistas que la revista «Triunfo» la destacó en su portada. Pues bien, fue en esa etapa continuista cuando salió a la calle el diario «El País». Por fin, cada día podíamos llevar bajo el brazo una publicación periódica que se vendía en los quioscos que apostaba sin tibiezas por la democracia. De eso han pasado treinta años y el rotativo al que nos referimos acaba de obsequiar a sus lectores con un amplio suplemento para celebrar tan singular cumpleaños.

La ocasión ha de servirnos también para una mirada hacia lo que fue la prensa en estas tres últimas décadas. Y creo que es obligado empezar por los muchos cadáveres que se quedaron en el camino. Ya no se trata sólo de que los semanarios de información política estén en total decadencia. Tras la salida a la calle del periódico del que venimos hablando, llega a los quioscos «Diario 16», rotativo al que la sociedad española le debe mucho. Frente al carácter supuestamente sesudo de muchas de las secciones del periódico del grupo Prisa, «Diario 16» aportó la frescura del descaro. Su suplemento «Culturas» es de obligado tránsito para conocer lo que fue la literatura de su época. Su desaparición fue una pésima noticia.

Mediada la década de los ochenta, cuando las expectativas de cambio que había suscitado el PSOE en 1982 se empiezan a ver frustradas, sale a la calle un periódico que no oculta su izquierdismo. Se trata del diario «Liberación». Tuvo una vida muy corta. Y, más allá de cuestiones de mercado, su obligado cierre vino a poner de relieve que no parece muy viable la existencia de un periódico verdaderamente de izquierdas en esta nación de naciones.

Al finalizar la década de los ochenta, los medios de comunicación protagonizan la vida pública española. Es cuando empiezan a emitir las televisiones privadas. Es el momento en que se funda el diario «El Mundo», tras la marcha de Pedro J. Ramírez de «Diario 16». Es cuando el semanario «El Independiente», dirigido por Pablo Sebastián se convierte en diario. Es también cuando sale un nuevo periódico, «El Sol», de vida muy efímera, del que tengo muy gratos recuerdos, tanto por su suplemento literario, que dirigió Manuel Longares, como por la iniciativa que tuvo de poner al alcance de todos unos magníficos libros de bolsillo. Sin embargo, tuvo una vida muy exigua.

Dos años después, estallaría la guerra mediática. No es el momento de hablar de vencedores y vencidos. Pero la credibilidad de la prensa en su conjunto salió resentida de aquello.

Cuando la prensa es noticia por conmemoraciones y aniversarios, conviene recordar la criba que fue haciendo el paso del tiempo. Se hablaba de la sopa de letras de tantas siglas de partidos. Bien pocos quedan con presencia en la vida pública, acaso menos de los deseables. Sin embargo, no se habló tanto de la proliferación de periódicos y revistas que fueron en muchos casos muertes repentinas.

Con todos los que han desaparecido, tanto con los proyectos encarnados por muchos partidos como con la llegada a los quioscos de periódicos y revistas, tenemos una deuda importante, una obligación de recordarlos como parte de un montón de ilusiones colectivas con las que nos hemos sentido implicados en mayor o menor medida.

Más allá de la calidad de una publicación periódica, tanto en su contenido como en su forma, está algo tan antiguo como el fin y los medios. Está algo tan de Perogrullo como el respeto a los lectores, como la independencia con respecto a otros grandes poderes.

Lo que en la teoría y en los libros de estilo está tan claro falla a la hora de la realidad. Bien está que cada medio sea muy libre de hacer su apuesta ideológica. Pero no es deseable el sectarismo en los grandes diarios, y que al mismo tiempo sean meros propagandistas de los intereses de los grandes grupos a los que pertenecen. Y negar esto es imposible a la luz de los hechos.

Es bueno que la prensa sea noticia por conmemoraciones. Es como mínimo inquietante que lo sea por vivir horas tan bajas por el descrédito que sufre; descrédito, en la mayor parte de los casos, totalmente merecido.

Por último, un epílogo para esta tierra. El diario «Asturias». Las expectativas que generó y el proyecto fallido que fue. No vendría mal un análisis desapasionado acerca de aquella iniciativa que a la ciudadanía asturiana se nos fue de las manos. Y de los quioscos.

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