Esas fotos, en los momentos claves, que son la expresión del alma... Vemos el rostro severo de Pasqual Maragall, con el ceño de los días fruncidos, quizá cansado de tanto cansancio ambiental. Es una cara marcada por la trascendencia de un momento antipático y doloroso. Al otro lado de la noticia, Artur Mas pasea su acicalado cuerpo con alegría desenvuelta, libre de otra carga que no sea ver pasar el cadáver del enemigo ante la tienda. Sabe que lo ha hecho bien, pero que, sobre todo, los otros lo han hecho tan mal que solo ha necesitado salir al balcón y contemplar el desastre. Ha crecido no solo por méritos propios, que los ha tenido, sino porque sus adversarios naturales han protagonizado el circo de los hombres menguantes. Notable perseverancia la del Govern en su vocación suicida. Y notable suerte la del líder de la oposición, cuya primera legislatura como tal le ha permitido parecer gobierno sin serlo y no sufrir el desgaste que toda oposición acarrea.

Pero, entre esos dos hombres de primera fila que hoy contemplan el campo de batalla con desigual ánimo, hay un tercero que esconde, detrás de su persistente bigote, una hermética tesitura facial. ¿Está Carod-Rovira triste? ¿Está el buen hombre contento? Creo que a Carod le gusta el tango, pero como tanguea mucho, Corazón loco debe ser su bolero preferido. Porque esa cara, detrás de un bigote escondida, nos dice mucho de la doble alma de Esquerra, de sus dos amores compartidos y a la vez incompatibles, de su complicada esquizofrenia. Ayer se iban del Govern y una parte del alma se quedaba en los despachos, en los proyectos rotos, en los equipos forjados, en el trabajo a medio hacer, a medio querer. Esa era el alma triste, el sueño quebrado. Pero, cual extraño fenómeno de la naturaleza, la otra alma crecía con inusitada fuerza, se engordaba, palpitaba exultante en el cadáver del tripartito. Y así, llorando con el ojo de su vocación de gobierno, el otro ojo, el activista, el que se alimenta del victimismo épico, el que está a punto de cometer la locura de intentar cargarse el mejor Estatut de la historia de Catalunya, ese otro ojo reía como poseso. ¿Cuál de los dos miraban al paisaje a través de la cara gélida de Carod? Los dos a la vez, corazón loco.

PARA EXPLICAR en la medida de lo posible el gran caos en que se ha convertido la política catalana, es necesario hablar de Esquerra. Ha sido Esquerra la que ha significado, a través de un pacto sólido e histórico, la garantía de una forma distinta de gobernar Catalunya. Sin ella, el tripartito no habría sido el invento nuevo e ilusionante que parecía ser. Pero también ha sido Esquerra la que ha protagonizado errores de bulto, ha creado situaciones enormemente críticas, no ha asumido ninguna responsabilidad de sus muchas irresponsabilidades cometidas y, en una pirueta más propia de viejos MDT que de un partido maduro, ha provocado la agonía y muerte de su Govern.

Ayer decía Carod que Maragall se había cargado el primer Govern de izquierdas que tenía Catalunya en décadas. Si me permiten, ello me parece una desfachatez: quien se ha cargado este Gobierno ha sido él. O los suyos. O ambos dos, que ambos acarrean lo propio. Se lo han cargado porque lo han llevado al límite, han forzado decisiones imposibles, han impuesto consellers cuyas biografías eran tan pesantes como sus pesados presentes, porque han despreciado la institución que representaban y porque, al final del camino, han tomado el peor de los caminos: intentar destruir la obra histórica de este Govern. Nadie podía dar más para darlo todo en la senda de la destrucción. Y al final, ¿cómo no?, se rompieron los huevos.

Lo peor es que, a partir de ahora, no contemplaremos una serena autocrítica de ERC, sino muy al contrario, un proceso de victimización que nos venderá que ellos son los patriotas, los únicos coherentes, los perseguidos y los mártires. Conocemos el proceso, pero vienen tiempos peores de los conocidos.

ERC no solo tiene el corazón loco, sino que enloquece de gusto cuando está a la contra, cuando saca a pasear su alma extraparlamentaria, cuando vende heroísmo de pancarta y calle, cuando se siente sola entre España y la pared. Y ello no únicamente significa que existen dos almas en ERC, sino que la más loca gana a la más sensata. Esta Esquerra que hoy se marcha porque la echan, ¿es la ERC de Bargalló, de Ridao, de Marta Cid? En absoluto, es la ERC de Vendrell y sus chicos de otros tiempos felices, la que se emociona en la derrota, la que cree, exultante, que cuanto peor, mejor le va. Entre la pancarta y el despacho, ERC ha escogido la pancarta, y no por acto patriótico, sino por naturaleza profunda.

A PARTIR DE aquí, todo vuelve a abrirse y el panorama resulta harto inquietante. Para empezar, este pobre referendo se nos presenta estresado, tan embrutecido por la situación, que nadie irá a votar, el 18 de junio, por el Estatut. Sin duda será la votación más freake de la historia democrática, con el flanco del no auspiciado por militantes ultracatólicos, viejos bufones reconvertidos en intelectuales de caverna, independentistas radicales y los antisistema de turno. Y el flanco del sí, desanimado, más pendiente de salvar a Maragall que de saber de qué habla el Estatut. En el camino, los cansados, los hartos, los que van a quedarse en casa.
¿No sería mejor hacer primero elecciones, y dejar para tiempos más serenos el importante debate estatutario? Lo cierto es que el horizonte es inquietante. Y en él, de las muchas incertidumbres, una certeza. Esta legislatura empezó con un partido, ERC, que era la clave de la gobernabilidad, posible aliado de unos y de otros.
Hoy, unos no quieran saber nada, y los otros los han echado. El balance puede que sea épico, pero corazón loco en mano más bien parece patético.