'La gran ilusión', de Jean Renoir, de Quim Monzó en La Vanguardia
Estos días en los que la política despliega su grandioso potencial, me entristece no ser un apasionado de las intrigas de partido, no vivir todo el año pendiente de si el político Fulano ha dicho tal cosa para obligar al político Mengano a dar tal paso o si, precisamente, la ha dicho para que se rebote y así impedir que lo dé. Todos esos tejemanejes, esas estrategias, esos portazos, me aburren. No puedo evitarlo. A otros les aburren otras cosas: la música maquinera, los partidos de voleibol o las películas de juicios, con sus mazos, sus puñetas y sus "¡No ha lugar!".
Me apena no seguir con ardor la política porque, a los amigos que la siguen con ardor, estos días los veo pletóricos, y en los ojos lucen un brillo de felicidad. Pueden decirte que lo que está sucediendo es inaudito, una vergüenza, lo que sea... Pero en el fondo disfrutan como cerdos en el fango. Ni en sus sueños delirantes hubiesen imaginado una situación así. Vivimos horas en las que nada dura cuatro días, lo previsible lo es apenas un rato y de la noche a la mañana remozan el decorado. Que los críticos critiquen lo que quieran, pero nunca la política de este país se había parecido tanto a una película de los hermanos Marx. Recuerdo, de adolescente, oír hablar de la política italiana como del paradigma del caos en forma de gobiernos de coalición. Nosotros vivíamos aún en el franquismo, y los gobiernos democráticos - por italianamente caóticos que fuesen- nos parecían algo envidiable. Por fin estamos en el camino y algún día podremos permitirnos florituras como la de los parlamentarios italianos que esta semana - rendidos al cachondeo- se han dedicado a proponer en sus papeletas de votación, como presidente de Italia, a cantantes, futbolistas, periodistas, marrulleros, presentadores de televisión o venerables capuchinos: Ornella Vanoni, Bruno Vespa, Vasco Rossi, Oriana Fallaci, Luciano Moggi, el padre Pío...
Qué grande es la política. Escribo esto y cuando de aquí a unas horas aparezca publicado, quizá hayan vuelto a cambiar de sitio el armario. Cuánta razón tiene Mrozek. Estas semanas he recordado a menudo un momento de aquella mañana de diciembre del 2003 en la que Maragall tomó posesión de su cargo de president. Estuve en el Palau de la Generalitat tomando notas para escribir en La Vanguardia una crónica, una crónica que acabé con lo que más me había impresionado de aquel ritual de promesas y apretones de manos: la imagen de Macià Alavedra apoyado en una columna de la balconada gótica del primer piso, con aspecto radiante. Mucho antes, al verlo llegar sonriente por la plaza de Sant Jaume, Anna Balletbò me había comentado: "Mira: Alavedra. Viene al funeral de sus enemigos... de partido". Pues ahí estaba Alavedra una vez concluida la toma de posesión, una vez hecho efectivo por fin el Gran Cambio.Igual de sonriente que al entrar y hablando con Joan Puigcercós. Y cuando me acerqué y al cabo Puigcercós se fue, me dijo Alavedra mirando cómo se alejaba: "¡Pobrecitos! ¡Tienen ilusión..! Ahora están felices porque nosotros nos vamos y ellos llegan. Pero cuando de aquí a unos años se vayan, también vendré, si tengo salud, y estaré aquí viendo como se van". Estos días esa frase me viene una y otra vez a la cabeza. Qué grande, que apasionantemente bufa es la política, y qué lástima que me aburra tanto.
