Turquía, Irán y la Alianza de Zapatero, de Manuel Martorell en El Mundo
El autor acusa a Tayyip Erdogan, primer ministro turco y principal valedor de la iniciativa del jefe del Gobierno español para fomentar el diálogo entre Occidente y el mundo islámico, de violación de los Derechos Humanos en el Kurdistán.
Al hacer balance de estos dos años de Gobierno socialista, hay que reconocer que la Alianza de Civilizaciones ha sido la propuesta más audaz en política exterior, en tanto que alternativa a la guerra preventiva de EEUU en Oriente Próximo. No menos relevante es el apoyo que se ha granjeado de prominentes personalidades de la zona, de forma especial del ex presidente iraní Muhamad Jatami y del actual primer ministro turco, Tayyip Erdogan. Ambas figuras son presentadas como los mayores éxitos de esta iniciativa para reconducir las relaciones con esa convulsa región en los foros internacionales, hasta el punto de que el mandatario turco es, junto a José Luis Rodríguez Zapatero, copresidente de la Alianza.
Por eso causa perplejidad, cuando no indignación, que la Alianza de Civilizaciones haya guardado silencio ante los graves acontecimientos registrados el pasado mes en Turquía, ya que afectan de lleno a su objetivo central: la coexistencia de pueblos y culturas.Nos referimos a la brutal represión desencadenada en todo el país contra manifestaciones que pedían, paradójicamente, el fin de una violencia, que dura ya 20 años, motivada por las reivindicaciones culturales y políticas del pueblo kurdo. En sólo una semana perdieron la vida, por disparos de la policía, una docena de personas, tres de ellas niños.
En total oposición a la filosofía de la Alianza, Tayyip Erdogan justificó tal represión diciendo que la policía seguirá actuando de la misma forma aunque en las manifestaciones haya niños y mujeres, para, después, añadir una advertencia que más bien parecía una amenaza: «¡Que después no se quejen los padres!». Estas declaraciones y los hechos que las acompañan recuerdan las épocas más tenebrosas de la represión contra la minoría kurda en los años 90. Si la situación no fuera tan seria, si el kurdo no fuera el principal problema político y cultural de este país, si Turquía no fuera tan importante para la estabilidad de Oriente Próximo, parecería sólo una broma de mal gusto que, tras estas palabras, Zapatero siguiera presidiendo la Alianza de la mano de Erdogan.
Se podría argumentar que se ha puesto en cuestión el orden público y que el Estado tiene la obligación de hacerle frente. Pero, lamentablemente, esta sangrienta represión no es lo único achacable al líder integrista que apoya la iniciativa del PSOE. Desde hace cinco meses están bloqueados en la Aduana de Estambul 2.000 manuales escolares editados gentilmente por el Ayuntamiento de Santiago de Compostela para que los niños kurdos puedan estudiar en su idioma. ¿El delito?: estar escritos en esta lengua.
Igual de escandalosos son los halagos que en el entorno del Gobierno de Erdogan, incluida su propia esposa, ha cosechado Valle de lobos, una película maniquea contra la invasión de Irak, en la que una especie de Rambo se adentra en el Kurdistán iraquí para vengar la humillación sufrida por un grupo de agentes turcos a manos de soldados norteamericanos. La cinta divide el mundo entre buenos y malos; los buenos son los turcos y los musulmanes; los malos, los estadounidenses, los kurdos, los judíos y los cristianos. La historia se sitúa en el norte de Irak a un judío que se dedica a extraer órganos de las víctimas de los marines para venderlos en Estados Unidos. Por el contrario, los servicios especiales turcos, conocidos por su brutal trato a los detenidos y responsables de una cadena interminable de asesinatos, son presentados casi como los salvadores de la Humanidad.
Este hecho tampoco sería relevante si comparamos este subproducto cinematográfico, como lo ha hecho para justificarlo el ministro de Exteriores turco, Abdulá Gul, con bazofias semejantes salidas de Hollywood. La cosa cambia, sin embargo, recordando la irritación del Gobierno turco durante la crisis de las caricaturas de Mahoma, que motivó una solemne declaración conjunta de Erdogan y Zapatero contra esa agresión al islam.
Valle de lobos no es una cinta cualquiera. Es la mayor producción cinematográfica de Turquía, está apoyada por los sectores más militaristas del país y tiene como objetivo hacer propaganda del más rancio nacionalismo turco a costa de tratar a otras religiones y pueblos como si fueran salvajes. El eurodiputado alemán de origen turco Cem Ozdemir ha considerado que, por estas razones, el Gobierno de Erdogan tendría que haber marcado distancias respecto a la película.
¿Y qué decir de la presencia de Jatami en la cúpula de la Alianza? Encumbrado como paladín de la tolerancia primero por el PP y después por el PSOE, sigue apoyando un régimen totalitario mientras corren ríos de sangre por pueblos y ciudades de Irán y se cuelga de grúas hasta que dejan de existir a decenas de militantes demócratas.También es escandaloso que el ex mandatario, supuestamente reformista, pusiera condiciones durante su visita oficial a España. Es lógico que Jatami obligara a respetar las normas culturales del integrismo, como prohibir el consumo de alcohol o dar la mano a las mujeres en recepciones diplomáticas celebradas en Irán, pero tiene poco que ver con el respeto a otras culturas que forzara a sus anfitriones a hacer lo mismo cuando visitaba Europa.
Pero eso, en estos momentos, no es lo más grave. Si Jatami hubiera gobernado Irán según la filosofía de la Alianza de Civilizaciones, el país sería hoy una democracia, Ahmadineyad no estaría en el poder y la comunidad internacional no sufriría el actual chantaje nuclear de un régimen integrista islámico radical.
Es una contradicción flagrante que al frente de la Alianza estén portavoces de regímenes autoritarios, como el de Turquía e Irán y, sin embargo, no tengan representación pueblos y culturas relevantes en ese mosaico de credos y etnias que es Oriente Próximo.Uno de ellos es el kurdo que, con 30 millones de personas, es el cuarto en importancia de la zona y uno de los más antiguos de Mesopotamia. Es más que significativo que, pese a ser piezas angulares para cualquier proyecto democratizador en Turquía, Irán, Irak o Siria, sus representantes no hayan sido invitados a participar en la Alianza de Civilizaciones. Sería un craso error darles la espalda como hicieron los anteriores gobiernos socialistas. Sin asumir este problema es imposible la estabilidad en esos cuatro países y por lo tanto, tampoco es posible la paz en Oriente Próximo, encomiable, pero difícil objetivo de la Alianza, siempre que no se antepongan los intereses de los Gobiernos a los derechos de los pueblos.
Manuel Martorell es periodista especializado en Oriente Próximo y autor del libro de reciente publicación Kurdistán, viaje al país prohibido.
