UNA de las series de televisión con más éxito de los últimos años es «Sexo en Nueva York», deliciosa comedia en la que cuatro atractivas treintañeras exploran con generosa promiscuidad el universo masculino de la más clásica urbe contemporánea. Sarah Jessica Parker y su «beautiful pack», su pandilla maravillosa, nos han cautivado a todos con esa mezcla tan lograda de humor, ternura, glamour y sex-appeal. Pero... ¿se imagina alguien una teleserie en la que cuatro magnéticos tipos de moda mostrasen con todo lujo de detalles su galería de conquistas femeninas, acompañada de una prolija taxonomía de comportamientos en la cama? Sencillamente no; se trataría de un proyecto inviable que, de llevarse a efecto, daría con sus actores, productores y guionistas ante un pelotón de ejecución mediático, sociológico y cultural que los fusilaría de inmediato con munición políticamente correcta.
En materia de igualdad de sexos, las tornas se han vuelto generalizadamente a favor de un discurso dominante que tiende a penalizar el equilibrio y prima la llamada discriminación positiva, esto es: el predominio circunstancial de la mujer sobre el varón, basado en el afán de contrapesar la larga dominancia histórica de éste. Partiendo de una evidente postergación de siglos, el feminismo rampante se considera legitimado incluso para reproducir algunos de los abusos de poder de los que ha venido considerándose víctima. Y así se da a menudo un sexismo inverso, de doble rasero, que sin embargo goza de notable impunidad social en virtud de una evidente mala conciencia masculina.
Por esta razón, cualquier crítica a la cena «sólo para mujeres» que la vicepresidenta del Gobierno ofreció anoche a la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, será inmediatamente calificada de machista, atávica, rancia y casposa, pese a que la convocatoria reproduce los peores clichés excluyentes y sexistas que las feministas han denunciado siempre en el ámbito masculino. Lo mismo que ha sucedido con la inaceptable cláusula de prioridad introducida por el Ministerio de Educación para los proyectos de investigación universitaria que cuenten con mujeres en sus equipos de trabajo. Es obvio que Teresa Fernández de la Vega -y cualquiera- puede reunirse a cenar con quien le plazca, pero esa cita tenía carácter oficial, se celebraba en dependencias del Gobierno y fue sufragada por el presupuesto público. ¿Discriminación positiva? Así lo denomina el nuevo lenguaje del pensamiento dominante. En todo caso, positiva, pero también gratuita... salvo para el contribuyente.
Volvamos al sano ejercicio de la simetría intelectual. ¿Qué dirá el «lobby» femenino la próxima vez que un dignatario musulmán convoque una recepción sólo para hombres u obligue a las mujeres a acudir cubiertas? ¿Se alzarán las damas del poder en protesta o prevalecerá el generoso concepto del multiculturalismo y la Alianza de Civilizaciones para sepultar una igualdad lábil que se resbale por la pendiente de los prejuicios y la conveniencia? Quizá no falte mucho para saberlo con certeza...

Escribe un comentario