LA AGENCIA Tributaria investiga sobre los ahorros de ciudadanos que recibían un buen interés con la garantía de unos sellos. Realmente la palabra Fórum, aunque sea filatélico, es una palabra gafe.

En las primeras escenas de En busca del arca perdida, Indiana Jones consigue de un templo americano tragado por la jungla una escultura de oro. En la puerta le espera el malvado Bullock, un competidor al servicio de los malos, que le arrebata la estatua, le muestra un reloj y le da un consejo: "¿Ves este reloj, Jones? No vale más que unos cuantos dólares. Pero si lo entierro hoy y lo desentierro dentro de mil años, su valor será incalculable". Se dice que el tiempo, aplicado a los minutos, es oro. Pero cuando verdaderamente el tiempo alcanza su máximo valor es cuando se deposita en las cosas y los siglos hacen el resto.

El valor de uso es muy distinto al valor de cambio. La necesidad hace subir el precio de las cosas prescindiendo de su coste. Un bidón de agua en pleno desierto tiene un valor de uso mucho mayor que el mismo bidón de agua junto a un manantial suizo. Tanto valor tiene aquel bidón del desierto que cualquiera le otorgaría un infinito valor de cambio. Poseer aquel agua en un terreno hostil se convertiría en una joya, en una verdadera maravilla, en una pieza única. Sería algo así como lo que sucede con el arte: "¿Cuánto vale este cuadro?" Si alguien lo compra por un millón de euros vale exactamente un millón de euros. Pero si nadie lo compra no vale nada.

La humanidad ha ido buscando a lo largo de los siglos tesoros ocultos, bienes tangibles o rarezas con las que incrementar la riqueza mediante el paso de unas manos a otras. La tulipamanía, consistente en el comercio y especulación de bulbos de tulipán, hizo verdadero furor en los siglos XVII y XVIII en los Países Bajos. Las especies justificaron la apertura de rutas marítimas, el establecimiento de puertos y colonias y la construcción de navíos más veloces. Hoy se pagan pequeñas fortunas por objetos que ya no son útiles: un mechón del cabello de un beatle, el automóvil de algún dictador caído o colecciones de lo más diverso: de vitolas de habanos o más recientemente de chapas de tapones de cava. Si el tiempo está en las cosas, pues estamos dando la razón al malvado Bullock.

Pero la confusión entre valor de cambio y valor de uso es muy curiosa. Los sellos, por ejemplo. Se pueden pagar fortunas por un sello, pero la carta que franqueáramos con aquel sello no llegaría jamás a su destino. Un vino carísimo conserva y aumenta su precio a condición de que jamás se abra y, naturalmente, que jamás se beba. Como si se tratara del beso de un ángel, si accedemos a su caricia imposible, el ángel desaparecerá.

Eso es lo que les ha sucedido por lo visto a los confiados inversores de un conocido Fórum. Los sellos eran la garantía del capital. Frágil garantía la de un pequeño cuadrado de papel impreso, con ese sabor amargo que por lo visto deja en la lengua del que solo quiere usarlos. Pero nadie retiraba esas estampillas. Lo que sí retiraban eran los réditos de su inversión y los supuestos sellos se quedaban allí llamando al tiempo para que les fecundara con más y más valor. Continuamos como siempre: esperando que la tierra, el tiempo o la ambición pasiva nos den la riqueza del valor de cambio. Por lo visto el valor de uso está en desuso.