Cultura, sociedad y consumo de masas, de Xavier Marce en El Mundo de Cataluña
Hay lugares del mundo donde la vida cultural es indisociable de la realidad social. Alguien me dirá que eso es así en todas partes, cierto, pero yo me refiero a aquellos países donde el arte no se puede concebir sin una finalidad social. Lugares donde el teatro es reivindicación y a la vez consuelo social, donde las artes visuales son creación y a la vez fotografía social, donde el cine (si lo hay) es imaginación y a la vez crónica cotidiana, donde la música es industria y a la vez banda sonora real.
En esos países, la problemática de la cultura y del arte raramente se plantea en términos económicos sino políticos, quizá porque a la cultura se le otorga un valor telúrico, una especie de aura medicinal con la cual se pueden combatir los males de la sociedad.En los países ricos, en cambio, el recorrido de la cultura es inverso, centra su debate en aspectos económicos y casi nunca realza su función política.
Anthony Davies, analista de la cultura y profundo conocedor de los vaivenes a los que se ha visto sometida en los últimos años, habla de ello en un reciente artículo publicado en la revista británica Mute (agenciacritica.net/archivo/2006/04.instinto_basico.phb), en el que escribe acerca del receso al que se han visto sometidos los movimientos más alternativos de la cultura anglosajona, tremendamente condicionada por la evolución de los grandes patrocinios y la infiltración de ideologías ultraderechistas. Davies se refiere a una cuestión poco debatida en España pero de gran vigencia europea: los riesgos y la fragilidad del trabajo en red y de las construcciones culturales basadas esencialmente en el ejercicio de las formas y en la aparatosidad de las estéticas.
Visto a nivel global, el posicionamiento de los movimientos antiglobalización comporta tesis que se asemejan por exclusión a las defendidas por grupos de extrema derecha o filo nazis. Centralizando el discurso en los peligros de mercado global, se abandonan las tesis que deberían marcar la pauta del pensamiento progresista: racismo, inmigración, sexismo, exclusión.
La eclosión de los planteamientos culturales alternativos ha sido durante los últimos años de los 90 y principios del 2000, un terreno abonado para el desarrollo de tales ambigüedades conceptuales y políticas hasta el punto que la configuración del panorama cultural internacional se ha visto sometido a un cambio de paradigma: el denominado back to basics es decir, regreso a los orígenes o a los valores originales.
En función de esta tesis, la cultura tiende a recuperar la formalidad esencial de los contenidos artísticos con el objetivo de reestablecer un marco de confianza estable entre el artista y su potencial consumidor, lo que en términos económicos significa reconstruir un mercado cultural alterado, en el que se valora de nuevo la asociación artista- emprendedor y ciudadano- comprador, y en términos políticos un regreso a tesis más conservadoras pero a la vez más seguras. Las sacudidas que remueven los cimientos de la cultura europea son constantes, en buena parte porque ya hace años que se liberó de la institucionalización que todavía nos afecta en España. A pesar de ello, quizá del análisis de Davies podamos aprender algo: la construcción de entornos sólidos en la relación entre cultura, política y sociedad sigue siendo un elemento estratégico esencial para el funcionamiento de la cultura y las artes.
A eso nos referimos cuando le otorgamos a la cultura un valor fundacional y le pedimos a los Gobiernos que la coloquen en el epicentro mismo de sus políticas.
