La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

11 Mayo 2006

Baronesas encadenadas, empresarios prófugos, de Javier García Sánchez en El Mundo de Cataluña

Desconozco si la baronesa Thyssen (¿se escribe así?), bueno, la Tita de labios mayúsculos y sonrisa aerodinámica y perenne, se encadenó finalmente a ese árbol que está frente a su museo, en el paseo de Recoletos, por la amenaza de talado de un buen puñado de plataneros centenarios, idea del consistorio de Ruiz-Gallardón, hecho al parecer de proporciones cataclísmicas que en el fondo sirvió para que, una vez más, Esperanza Aguirre se apresurase a lanzarle un órdago (no, qué leches, un desafío en toda regla) al osado alcalde.
Parecen como Tom y Jerry o el dúo Pimpinela de sus mejores tiempos, pegándose bocinazos el uno a la otra y viceversa. Lo cierto es que a bastante gente debió impresionar la decisión titácea de encadenarse a su árbol. Tamaño amor por la naturaleza no se conocía en la nobleza, aunque ésta sea adquirida y rezume caspa que es un picor. ¿Hay algún memo o mema que se crea ese súbito arrebato a lo Greenpeace de la baronesa? Ni hablar: ella velaba por sus árboles, o sea, los que lindan a su museo. El resto, ténganlo por seguro, se lo trae al fresco.

Pero volviendo a lo de las baronesas encadenadas a los árboles: oigan, qué quieren que les diga, la cosa me pone cachondo. A fuer de sinceros, y como aún no he acabado de aniquilar el jacobino que late en mí, por preferir, a mí las baronesas, etc, me molan más decapitadas en la guillotina. Bueno, venga, no seamos brutitos: guillotina no, que es muy aparatosa, pero en el exilio de Miami estarían mucho mejor...

El caso es que a veces uno tiene la impresión de que el mundo está cambiando, porque la noticia no deja de ser la que es: «una baronesa está dispuesta a encadenarse a un platanero», no tratándose de perversión sexual alguna, que sabido es que hay muchos vegetales y frutas que en tal sentido dan bastante jugo. Pero no, en realidad lo del encadenamiento ni siquiera obedece a los orígenes plebeyos de la susodicha, sino al feroz instinto de conservación de lo que la aristocracia (aunque sea la casposa) muestra cuando alguien amenaza ya no lo que es, sino aquello otro que consideran suyo.

La noticia, siquiera en un primer momento, me produjo un subidón en toda regla, como esa otra de dos altos ejecutivos de una empresa española, ya no recuerdo si detenidos o considerados «prófugos», en un país latinoamericano. Desde luego, con líderes al estilo de Evo Morales se les acabó el chollo a toda esa panda de ladrones con disfraz de empresarios. ¡Qué gozada, ver en un telediario los caretos de esos mendas, en plan «orden de busca y captura»!

Al final, soy plenamente consciente de ello, no llegará la sangre al río, y los sujetos en cuestión no cumplirán una buena condena de años en prisión, por expoliadores, sino que todo quedará discretamente arreglado entre los respectivos servicios diplomáticos... Ahora, que no te cojan con equis gramos de coca en la maleta, porque entonces sí lo pagarás caro. Más allá del dulce espejismo de imaginar a la nobleza encadenada y a algunos empresarios tratados cual delincuentes, volvemos a la cruda cotidianeidad.

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Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

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