Casi todos los seguidores del FC Barcelona estarían dispuestos a asegurar que el suyo es más que un club, porque, dirían, va más allá de lo corriente en cuanto a tradición histórica, valores, capacidad de proyección hacia el futuro, influencia mediática, materialización jurídica, espíritu de grupo, y poder de condicionar las decisiones del entorno futbolístico. También se añade, por supuesto, una cierta autocompasión ventilada cuantas más veces mejor, por el omnipresente recuerdo de todas aquellas circunstancias en las que ha sido tratado injustamente por los reguladores externos del juego (árbitros, comités jurisdiccionales, poder político...). Nadie negará que un club con esos rasgos devendría singular.
En el centenario del Barça, su Fundación patrocinó la publicación de un libro en el que participé. Aventuré allí que el fútbol ha acabado generando, al estilo de las organizaciones mafiosas, una jurisdicción que escapa a las institucionalizadas por el Estado, aun con la connivencia de éste. Las decisiones tomadas en la regulación de las conductas deportivas escapan a la justicia ordinaria; si alguien apela al criterio de terceros teóricamente capaces de modificarlas, el recurrente es castigado con la exclusión del grupo, de forma temporal o definitiva, según la gravedad de la traición. Quienes conozcan las reglas inexplícitas del juego sabrán que es así, aunque la teoría o los portavoces lo desmientan. Los miembros del pseudo tribunal interno que los juzga son también forofos, aunque su integridad corta su pasión.

En la galaxia extraña del fútbol, clubes, jugadores, árbitros, o la seguridad privada que guarda sus lugares (verdaderas catedrales del milenio), son cuerpos celestes de condición diversa. En ese espacio cósmico no es lo mismo ser planeta opaco que fulgente estrella en torno a la cual se orienten otras masas en atracción perversa. Un conocido mío, al preguntarle si sentiría lo mismo tras cambios sustanciales del club de sus amores (bandera, himno, estadio, Junta, jugadores, o el criterio adoptado para seleccionar los socios ) me decía que sí, que menuda pregunta, el Barça intangible estaba antes que todo, incluso que su novia. Tenía clara la fidelidad debida a cada cosa.

Quien comparta todo lo anterior convendrá conmigo que el Barça es más que un club. Una nación, diría, sin que deba sentirse ofendido ni el que naciones políticas pretenda, ni el que organiza su vida para seguir al equipo donde vaya. En la etimología de la palabra nación, mucho más antigua y más consistente que el fenómeno decimonónico de los nacionalismos, sus integrantes no se definen en torno a un territorio, sino a una sangre que al final es simbólica. ¡Cuántas ciudades del mundo tienen un grupo de entregados forofos que reciben al Barça como si fuese suyo! ¡Qué poco relacionado con genéticas está el aluvión de gentes diversas que siempre y por fortuna ha sido Cataluña! Falaz el discurso sobre diferencias esenciales con el resto de España, cualquier futbolero de bien tiene que jalear al Barça el 17 de mayo. Ahora, eso sí, si hablamos de fútbol, el Barça y el Madrid (no es casual que sean fundaciones sólo ellos) van más allá de los clubes, y más allá del deporte han hecho de su enfrentamiento un símbolo que sólo un rato ha relevado el Estatut. Más de un culé vendería su voto en el referéndum por la victoria en París, no hay más que comparar la mani de antesdeayer con la del 18 de febrero. Si a eso añadimos que durante los años de Franco fue refugio de resistencias junto a la sardana, los castellers o el excursionismo, podremos afirmar que por las venas de muchos, catalanes o no, corre sang blaugrana.