Más bien a peor, pero... ¿a quién le importa?, de Víctor de la Serna en El Mundo
No, no es ninguna sorpresa, pero sí que hace gracia la desaparición generalizada de las críticas a los informativos de TVE desde el cambio de Gobierno: las pancartas y los epítetos dedicados a Alfredo Urdaci se han desvanecido desde que Fran Llorente reina sobre el asunto. ¿Tanto han mejorado las cosas, tan fiables y hasta objetivos son ahora estos espacios antaño denigrados?
Pues francamente, no. Y la diferencia entre las reacciones ante un modelo y el otro se refiere mucho más a la personalidad y a los prejuicios de los que reaccionan que a lo que Urdaci y Llorente hayan hecho o dejado de hacer. Como los ecologistas que clamaban por el Prestige y callan ante el incendio asesino de Guadalajara: está bien claro, cuando la izquierda llega al poder, que una cosa es ser gracioso y otra caer en gracia.
La televisión pública, más conocida desde siempre como la tele del Gobierno, acarrea una inercia y unas servidumbres que la condicionan fatalmente, pese a rimbombantes planes de autonomía informativa, repetidos de vez en cuando. La última, en mayo de 2004 cuando José Luis Rodríguez Zapatero prometió una reforma liberalizadora que le valió la fama hasta en Italia, donde Sabina Guzzanti utilizó aquella maravillosa reforma para meterse con Berlusconi en su película Viva Zapatero...
La reforma se ha quedado en la espuma: en los telediarios se habla mucho más de gays, de bolivianos, de solidaridad o de catalanes que antes, sin duda, pero no es más que un cambio para favorecer, como siempre, las prioridades informativas gubernamentales, con unas oleadas escasamente relacionadas con el interés informativo real y que poco tienen que ver con lo que simultáneamente dan las demás televisiones de España y del mundo. El tono reverencial, el escaparate para los ministros son tan patentes como cuando Urdaci, aunque quizá la abierta minimización -o censura pura y simple, bajo forma de un hermético silencio informativo- de las posturas y hasta de las personas de la oposición se ha acentuado en esta etapa. Vamos, que si algo cambia en TVE, sería más bien a peor. (Lo sentimos, Sabina).
Lo que sucede es que ahora, en medio de ese increíble medio menguante que es la TVE de Carmen Caffarel, ya no le importa a casi nadie.Este Gobierno, mucho más hábil que el anterior en cuestiones de comunicación, se ha asegurado de una cobertura favorable en la gran mayoría de las televisiones privadas y autonómicas, y eso le permite tomarse con filosofía el declive de la suya. ¡Pero si ni la huelga de hace dos meses, con la lamentable interrupción de un espacio informativo por los piquetes de turno, perturbó a nadie ni apenas atrajo la atención! Lo que más importaba en aquellos días era si TVE podría retransmitir o no el partido Barcelona-Benfica de Liga de Campeones. En cuanto la UEFA garantizó la emisión, todos respiraron: lo fundamental estaba asegurado.
