Cuando un pobre indígena, poco instruido (no estudió en ningún colegio privado), campesino cocalero, que no cocainómano, eso lo dejamos para la DEA y el imperio, llamado Evo Morales, que ganó en Bolivia en unas elecciones por mayoría absoluta, la derecha neofascista del Estado español y sus medios afines (diarios escritos, cadenas de radio y televisión de la Conferencia Episcopal, y contertulios varios) despreciaron olímpicamente al nuevo presidente boliviano, precisamente por esto, el pobre indígena ni era ingeniero de caminos, ni notario, ni inspector de Hacienda, ni ninguna de estas profesiones muy honorables, sin lugar a dudas, ni tan siquiera era un técnico o un gestor a los cuales la ideología neofascista que aún subyace en algunos atribuyen una capacidad de superar la política y la ideología, como si gestionar no fuese un hecho político, como si la gestión pública no llevase en sí misma toda la carga ideológica posible, pero, en fin, estos devaneos que profundizan en las teorías de la superación de la lucha de clases, como justificación para que sólo los potentados económicos puedan participar en política, como las listas abiertas y cosas así, se demuestran una y otra vez falsas, el bueno de Evo ha demostrado que la «clase obrera va al paraíso», ha demostrado cómo se comporta un estadista: marcando los tiempos políticos permitiendo actuar a la fiscalía contra los ejecutivos de Repsol YPF, Julio Gavito (no olvidemos a este señor, uno de los artífices del desmantelamiento industrial de Asturias), y el argentino Pedro Sánchez; cerrando un acuerdo crucial con Cuba y Venezuela impulsando el ALBA, verdadero motor de los pueblos latinoamericanos, como alternativa al proyecto imperialista del ALCA, motor del modelo neoliberal e imperialista en la zona, y como colofón, el 1.º de Mayo, Día mundial de los Trabajadores, nacionaliza los hidrocarburos respondiendo a un clamor del pueblo boliviano, y a una defensa de la Constitución boliviana, que especifica que las reservas del suelo corresponden al pueblo de Bolivia (la trampa de las petroleras multinacionales y la oligarquía narcotraficante boliviana consistía en asumir el concepto nacional del suelo, pero privatizándolo desde la boca de las refinerías, es decir, que el subsuelo pertenece al Estado, pero en la boca del pozo ya es privado), es decir, su actuación y la de su Gobierno han seguido todos los pasos necesarios, han marcado los tiempos y han demostrado su capacidad de estadista.

A pesar de los mugidos de los bueyes, no en el sentido de castrado, capón o castrón, sino en el sentido que le dio Miguel Hernández («los bueyes doblan la frente impotentemente mansa»), a pesar de los ofrecimientos de algún neofascista, como el señor Aznar, para solucionar el avance del «populismo», que en realidad quiere decir cortar el avance de las masas populares, éstas siguen avanzando en Latinoamérica. Las propuestas de los trabajadores en la lucha contra el imperialismo de los mercados, en el combate frontal contra las políticas neoliberales avanzan en Latinoamérica de una forma absoluta. Los proyectos de la izquierda «plural» en sus dos vertientes, la de los proyectos de unidad política en los distintos estados y la de la enorme pluralidad de la izquierda en sus distintas versiones, no es lo mismo Chávez que Bachelet, ni Evo Morales o Lula, no son lo mismo, sobre todo en cuanto a la velocidad de las acciones transformadoras, pero sí coinciden en abrir un frente en el continente sudamericano contra el modelo que viene de los Estados Unidos y de la oligarquía claudicante que aún tiene el poder en la zona. Estas realidades políticas demuestran una vez más el poder de los pueblos para elegir su destino, el derecho que tienen, que tenemos todos, a conquistar el futuro, y a la cabeza de esta lucha está Evo Morales, está el pueblo boliviano.

También existen los estadistas del pueblo, también la clase trabajadora y las masas populares tienen la enorme capacidad de gestar líderes íntimamente unidos al pueblo, líderes que son el resultado de las luchas populares y que sólo responden a sus necesidades y no al interés de las multinacionales, que sólo tienen como objetivo la usurpación de las riquezas de los pueblos, que sólo pretenden extraer el máximo de plusvalías, que luego no revierten la riqueza de estos pueblos, sino que estas plusvalías van directamente a sus centros neurálgicos, muy lejos de donde se generan, y como ejemplo la zona del Alto de Bolivia, donde por un lado se dan los movimientos antiimperialistas, también existe un acuerdo preferencial con EE UU, allí se fabrican prendas de vestir, que luego son exportadas al imperio. El triunfo de Evo Morales suponía para estos oligarcas el peligro de que los Estados Unidos rompieran el acuerdo y, como decían ellos, si no exportaban, su producción no podría ser asumida por el mercado interior, porque sus precios, a pesar de sus salarios de miseria, no podían servir para Bolivia, teniendo en cuenta que la tercera parte del pueblo boliviano vive por debajo del umbral de la pobreza, por tanto, si los inversores extranjeros retiraban su capital, o rompían el acuerdo preferencial, en esa zona sólo quedaban las fábricas como arqueología industrial y nada más, ni tejido industrial ni nada parecido, al final siempre queda la soledad de la pobreza; ésa es la política de las multinacionales, ésa es la realidad del imperialismo de los mercados; ése es el expolio al que están sometidos los pueblos, y ante esto, la lucha de los trabajadores, de los campesinos pobres, de los indígenas explotados y exterminados hasta la saciedad levanta la bandera de la libertad, de la igualdad y la solidaridad. Ése es el camino y en ello están, mejor dicho, estamos, porque también los asturianos deberíamos sacar conclusiones.

José Ángel del Valle Lavandera es miembro del consejo político de Izquierda Unida.